CARL ROGERS
Alguien había tocado con firmeza en la puerta, poniéndonos a todos alerta. Cuando me asomé con sigilo por la ventana, había una tanqueta del ejército aparcada y un grupo armado, pero en posición de descanso fuera de la casa.
—¿Qué ocurre? —preguntó Matt con voz firme.
—Militares… —susurré sintiendo como el estómago se me encogía y buscando el arma en mi pretina. No había manera de enfrentarlos y estaba seguro de que preguntarían por Santiago. Después de lo que vi en las noticias solo quedarían dos opciones, confesar o esconderlo muy bien.
—¡¿Militares?! —preguntó Rita, pero no parecía angustiada, por el contrario, el rostro se le iluminó de la emoción—. ¡Justo a tiempo!
Corrió hacia la puerta ante mi mirada cargada de escepticismo. Matt intentó alcanzarla, yo ni siquiera me pude mover, estaba congelado. Apenas Matt puso una mano en su hombro cuando ella abrió la puerta, dejándonos ver a un hombre con un uniforme táctico en color negro, por el escudo que lucía era de las fuerzas especiales y por la estrella plateada, era un general brigadier, de los rangos más altos en la milicia, él ya no era parte de misiones prácticas, él dirigía las misiones, tenía miles de soldados a su disposición, esta visita no era común, no mandan a alguien tan poderoso solo por un grupo de mercenarios o un mafioso.
—¿Está aquí por ese criminal, verdad? —preguntó Rita con emoción y brillo en la mirada, logrando que el hombre dirigiera su atención hacia ella—. Santiago Castañeda, está aquí, escondido.
—Rita… —susurré su nombre mientras Matt ya me estaba dedicando una mirada asesina, conteniendo sus ganas de arrastrar a mi hermana lejos.
Me sentía como un padre irresponsable, siendo juzgado por el berrinche de su hijo maleducado.
—Santiago Castañeda, sí, efectivamente vengo por él —contestó el hombre de tez bronceada por el sol y cabello canoso.
La sonrisa de Rita se agrandó y me lamenté, me desesperaba que ella no fuera prudente, que no se diera cuenta de lo egoísta que era, o que no le importara.
—¡¿Guillermo?! —preguntó Santiago desde el primer piso, asomado por el barandal, entornando los ojos para ver mejor al militar—. ¡¿Eres tú?!
No solo el rostro de Rita se desencajó, tanto Matt como yo nos vimos a los ojos, confundidos, mientras que Santiago bajaba los escalones, apresurado, y con una sonrisa.
—¡Memo! —exclamó con los brazos abiertos. Se dieron un abrazo fraternal acompañado de un par de palmadas.
—Vine en cuanto me llegó tu mensaje —contestó el hombre y echó un vistazo hacia nosotros, deteniendo su mirada en Rita—. ¿Seguro que estás rodeado de cómplices? A mí me parece que alguien aquí se quiere deshacer de ti. Deberías de comenzar a cortar cabezas y si necesitas ayuda, traje a los muchachos.
El rostro de Rita palideció y pude notar como tragaba saliva.
—Nah… asuntos de faldas —respondió Santiago poniéndose al lado de Matt y pasando su brazo por encima de sus hombros, como si pensara que el general hablaba de Grayson y no de mi hermana—. Su esposa lo dejó por mí, ahora mi esposa me deja por él… ya sabes, es confuso, pero ahora somos amigos.

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