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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 179

LILIANA CASTILLO

Estaba lista desde antes que comenzara la reunión, pude ver como uno a uno llegaban con sus sonrisas amplias. Unos parecían incómodos y otros simplemente se derretían halagando a Carmen y a Rafael, felicitándolos como si los pobrecitos hubieran sufrido tanto y ahora por fin podían ser felices.

Todos estaban del lado de Carmen, les gustara o no, porque inclinaban la balanza hacia quien tenía poder y esa era ella. Comencé a vagar por la casa, fingiendo nerviosismo, escabulléndome por la cocina y saliendo al jardín. Todos estaban vueltos locos para que la reunión fuera un éxito y no me notaban y si lo hacían no me daban importancia. Solo era la atarantada prometida del hijo que Rafael siempre quiso y no encontró en Santiago.

Entonces llegué a la bodega donde guardaban todo lo respectivo a la jardinería. Pasé la mirada nerviosa por cada herramienta y químico, buscando algo en específico hasta que lo encontré: un frasco viejo con etiqueta amarillenta que parecía a punto de caer.

—Estricnina… —susurré mientras leía la etiqueta con un dibujo de una rata patas arriba—. Curioso, ¿qué no se supone que esto ya no se usa desde los 80s?

—No hay mejor raticida que ese —dijo Patricio detrás de mí, entornando los ojos, recargado en el marco de la bodega—. Lo han estado usando para acabar con esa molesta plaga. El jardinero es un hombre chapado a la antigua que no confía en las nuevas tecnologías.

»¿A quién planeas matar? —preguntó cruzándose de brazos.

—¿En verdad te importa? —respondí mientras le daba vueltas al frasco—. ¿Por qué no sigues con tu búsqueda de aliados y me dejas trabajar?

Apretó los labios y suspiró.

—Tu prometido capturó a esa mujer que siempre acompaña a los gringos —agregó—. Pensé que deberías de saberlo.

—¿Dónde? —pregunté deteniéndolo antes de que se fuera—. ¿Dónde la tiene?

—En el calabozo… —respondió arqueando una ceja—. La está torturando.

—Libérala… ¿Puedes hacerlo? —pregunté con media sonrisa—. La dejarán sola durante la fiesta. Ese es el momento indicado.

—¿Liberarla? —inquirió confundido.

—Sí, corta sus ataduras y deja que tome un arma. —Me encogí de hombros mientras metía en una pequeña bolsa de plástico algunas cápsulas del veneno, entonces me detuve con una entre mis dedos y se la entregué a Patricio—. Ponla dentro de sus ropas sin que se dé cuenta. Después sal de aquí y no vuelvas. Quédate al lado de Santiago.

Dejé caer la cápsula en la palma de su mano y él parecía confundido.

—¿Qué planeas? —preguntó entornando los ojos casi hasta cerrarlos.

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