SANTIAGO CASTAÑEDA
Salí de esa locura antes de que alguien comenzara a acusarme por envenenar a todos. En el auto no solo me esperaba Emilio, sino también Patricio que parecía nervioso.
—Fue Liliana… —susurró con la mirada confundida, entrecerrando los ojos repetidas veces mientras estos seguían las luces de los autos en la oscuridad.
—¿Liliana? —pregunté casi sin voz.
—Ella los envenenó a todos —contestó rascándose la barbilla—. Me pidió que liberara a Rita y dejara una cápsula de veneno en sus ropas.
—Para incriminarla —agregué sorprendido de que esa pequeña e inocente criaturita, carita de ratón travieso con el sentido de supervivencia de un panda tuviera la mentalidad y la frialdad para hacer algo así. Entonces recordé como su mirada careció de alma cuando estuvo ante Rita—. Creo que tenemos un problema.
Me derretí en el asiento trasero del auto y comencé a frotarme las sienes. Sentía una punzada, como si alguien estuviera picándome con una jeringa, metiéndola hasta mi cerebro una y otra vez. ¿Cómo llegaría a casa para decir que Liliana fue quien, no solo pidió la cabeza de Rita, sino que le echó la culpa de todos los envenenados en esa reunión? ¿Cómo podía decirlo viendo a la cara a Carl?
Me quedaba claro que era un motivo de bastante peso para que una relación se fracturara. ¿Más grave que una infidelidad o discutir por quien lava los trastes después de la cena? Posiblemente.
Entré a la casa arrastrando los pies, no sin antes pedirle a Emilio y Patricio que vigilaran los alrededores. Algo me daba ansiedad. Como si el ambiente de pronto se hubiera electrificado.
En cuanto puse el primer pie dentro, algo se abalanzó sobre mí con fuerza, colisionando contra mi cuerpo, envolviéndome, asfixiándome y… ¿llenándome de besos?
—¿Alex? —pregunté mientras sentía sus piernas enredadas alrededor de mi cintura y sus brazos aferrándose a mi cuello. Sus besos eran insistentes y algo húmedos por las lágrimas, había estado llorando—. Tranquila mi princesa, todo está bien.
Susurré mientras la estrechaba con cariño e inhalaba su aroma. Entonces levanté la mirada hacia las escaleras, desde ahí me veía Julia con ternura y detrás de ella mi chiquistriquis que de inmediato me torció sus pispiretos ojos azules.
—No ha parado de llorar… —dijo Julia encogiéndose de hombros—. Tenía mucho miedo por ti, de que no regresaras.
—Algunos lloran, otros tenemos fe… en que no vuelvas —agregó Matt arqueando una ceja.
—Tranquilo, ojitos coquetos, no te pongas celosito, puedes lanzarte a mis brazos en cuanto pase el turno de Alex —contesté con media sonrisa, divirtiéndome con su enojo. Podía verlo echando humo por los oídos. Pinche gringo, era tan divertido.
—No quiero pasar por esto cada vez que salgas —dijo Alex por fin posando los pies en el piso. Tomé su rostro entre mis manos y comencé a limpiar sus lágrimas.
—Lo que pasa es que estás lloroncita porque llevas a mi bebita en tu vientre —susurré con ternura mientras besaba sus mejillas. Me dolía el alma verla llorar, pero no podía negar que también me daba calidez saber que se preocupaba tanto por mí.

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