SANTIAGO CASTAÑEDA
—Carl… Solo escúchame, por favor… —susurró Matt, dominado por la melancolía y esa lealtad que te une a tus empleados que han estado contigo desde el inicio.
—¿Los escoges a ellos? —preguntó Carl con una sonrisa de medio lado. Entonces por fin levantó la mirada y clavó su atención en Julia, que retrocedió un paso como si le hubiera aventado un cuchillo—. Yo te traje aquí. Yo te llevé a Julia. Yo… Yo defendí su relación, aunque todos estaban en contra. ¿Así me pagas? ¿Con indiferencia?
—Carl, lo que tú no estás entendiendo, es que Rita es aparte, no está en el mismo paquete que tú —soltó Matt intentando acercarse hasta que Carl se levantó ofendido, viéndolo con rencor—. Ella cometió errores. Viste lo psicótica que se puso, movida por los celos.
—¡Tú le diste alas! —gritó Carl frustrado—. ¡Tú le dijiste que no estabas con Julia! ¡¿Por qué?! ¡Ella pensó…!
—Que no estuviera con Julia no significaba que la dejaría entrar a mi vida —siseó Matt comenzando a perder la paciencia. Aún no se daba por vencido, pero Carl era un caso perdido—. ¡Siempre la vi como una hermana menor y me duele no solo su muerte, sino cómo se fue perdiendo a ella misma! Siempre le faltaron límites, siempre le faltó percepción. Se sentía indestructible y cometió errores. No siempre íbamos a poder protegerla de ella misma.
»Por favor, tienes que comprender también… —En cuanto su mano se posó en el brazo de Carl, este se sacudió, como si su tacto le ardiera.
—Lo comprendo mejor de lo que crees —soltó con rencor dedicándonos una mirada herida y decepcionada, antes de salir de la mansión.
***
LILIANA CASTILLO
El salón se convirtió en un completo caos. Algunos fueron atendidos por médicos mandados a traer a nombre de Carmen, otras personas fueron llevadas en ambulancia al hospital, pero de algo estaba segura, ninguna sobrevivió.
—Javier, tienen que revisarte esa herida —escuché a Carmen. Cuando volteé estaba revoloteando alrededor de su hijo, viendo la lesión en su pecho con preocupación, mientras él sostenía mi mirada con intensidad, haciéndome sentir vulnerable y descubierta.
Tomó con gentileza las manos de su madre antes de apartarlas y acercarse a mí. No sabía lo que haría, así que me mantuve alerta, casi pego un brinco cuando extendió su mano hacia mí, esperando que la tomara. No dijo ni una palabra, pero recordé lo que había dicho momentos antes, si yo era fiel a él, él sería fiel a mí.
¿Eso era posible? ¿Cómo podíamos jurarnos lealtad si estábamos en bandos contrarios? Él jamás se pondría entre su madre y yo, entre sus intereses y yo. Ni siquiera me conocía lo suficiente para ofrecerme algo así.
Suspiré apesadumbrada y posé mi mano sobre la de él. Sin cambiar esa expresión fría y contenida, me llevó aparte. Mi mano se perdía envuelta en la suya, mientras que su mano libre se posó en mi cintura, apenas haciendo una leve presión, se sentía cálida.
Me llevó hasta la biblioteca y justo en la puerta nos detuvimos. Con esos ojos apáticos y fríos recorrió mi rostro antes de besar el dorso de mi mano. Aunque no quisiera, me sonrojé. Podía ser un monstruo, pero era uno muy guapo y alto.

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