MATTHEW GRAYSON
Tenía que distraer mi mente en algo. No podía dejar de darle vueltas a lo ocurrido con Carl y Rita. Intenté llamarlo cuando salió de la mansión, al principio dejó que mis llamadas sonaran sin contestarlas hasta que por fin me bloqueó. Entendía que estaba desolado por lo que le ocurrió a Rita, pero Santiago tenía razón, Rita nos iba a llevar a nuestra perdición con sus caprichos y exigencias, si fue capaz de secuestrar a Liliana, que nos esperaba a los demás, ¿qué le esperaba a Julia y a mis hijos? Rita no pararía.
—Llevas horas detrás de esa computadora —escuché a Julia desde la puerta del despacho, llevaba un par de cafés y me sonrió con timidez antes de entrar. Por un breve momento recordé cuando éramos jefe y secretaria, cuando trabajábamos juntos y era reconfortante verla del otro lado de mi escritorio, ayudándome con su impresionante inteligencia.
Como en aquellos tiempos, se sentó enfrente y empujó la taza de café hacia mí.
—Negro, sin azúcar… —susurró y sus ojos brillaron de esa manera encantadora. Era una bocanada de aire fresco que la hostilidad hubiera desaparecido entre nosotros—. ¿Qué haces?
—Casi me deshago del virus en tu empresa. De hecho, estoy tratando de hacer una recopilación de toda la información que robó y ver a donde la mandó para recuperarla —contesté con media sonrisa y de nuevo me enfoqué en la pantalla de mi computadora.
Entonces Julia se levantó, rodeó lentamente el escritorio y se asomó por arriba de mi hombro. Tenerla tan cerca, sentir su calor y percibir su aroma me desconcentraba. Su mano acarició mi brazo de manera gentil y cuando levanté mi atención hacia ella, su rostro estaba lo suficientemente cerca para robarme el aliento.
—Lamento lo de Carl… —susurró con pesar, yo solo negué con la cabeza.
—Él nunca vio lo que hacía Rita, no de la misma manera que los demás —contesté reclinándome en mi asiento—. Nunca supo cómo detenerla, yo tampoco. Empezó con pequeñas cosas que consideramos niñerías, pero poco a poco escaló y nosotros disculpamos cada arrebato y berrinche, justificándola de miles de maneras. Lo que pesa es que sabíamos que se dirigía a un precipicio y nunca la detuvimos.
—A veces amamos tanto a las personas que terminamos destruyéndolas —agregó Julia recargándose en el escritorio, a mi lado. De pronto su mano se acercó temerosa hacia mi mejilla, sus yemas se deslizaron por la superficie rasposa de mi barba, mientras yo cerraba los ojos, disfrutando de su tacto.
Cuando volví a abrir los ojos, su rostro estaba más cerca. Pensé que estaba en un sueño. Que debía de estarme imaginando su cercanía hasta que por fin sus labios se posaron sobre los míos. Tuve que controlar mis ganas de tirar todo lo que estaba sobre el escritorio para tomarla ahí mismo.
Mis dedos se enredaron en sus cabellos, manteniendo su boca sobre la mía. Cuando el beso se volvió más profundo y me estaba quedando sin aire, algo empezó a parpadear en la pantalla. Había perdido la conexión con el servidor.
Tecleé al principio con paciencia, pero cada vez me desesperaba más. Había estado tan cerca de solucionar todo que me frustraba tener que empezar de cero.
—De seguro alguien apagó el servidor desde la empresa —susurró Julia a mi lado, tan preocupada como yo. Sacó su teléfono y antes de llamar, Santiago entró al despacho sin siquiera tocar la puerta.
—Ah… pregunta: ¿lo que está haciendo mi chiquistriquis desde su computadora puede provocar un incendio? —inquirió con una sonrisa torcida.
—¿Chiquistriquis? —pregunté con dificultad para pronunciar tan elaborada palabra. Entonces Santiago me guiñó un ojo y me lanzó un beso.
—Así es, eres mi chiquistriquis o mis ojitos coquetos. Son apodos que se dan entre camaradas bien machos pecho peludo, después te acostumbras —contestó con esa maldita sonrisa burlona.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!