JULIA RODRÍGUEZ
—¿Duele? —preguntó Santiago asomándose, queriendo ver mi rostro, mientras yo mantenía la mirada fija al frente—. ¿Duele negar lo que sientes y minimizar lo que quieres? ¿Puedes sentir como te carcome las entrañas lentamente como si estuvieras llena de polillas?
Retrocedí con los dientes apretados y viéndolo con odio mientras su sonrisa se hacía cada vez más grande, parecía divertido, con sus manos dentro de los bolsillos mientras sus hombres se acercaban a la cafetería en un auto con vidrios polarizados.
—Te quema el alma no poder conseguir lo que quieres —susurró antes de soltar un suspiro—. Estás rota por esperar demasiado de él. Por rogar cada noche que te vea como tú deseas que lo hagas. Dos años suena a que has sufrido mucho.
Me tomó por el mentón, obligándome a levantar el rostro hacia él, mientras yo desviaba la mirada. No quería llorar, pero me estaba rompiendo.
—Tenía mis dudas sobre ti, Julia Rodríguez —susurró mientras limpiaba mis lágrimas suavemente de mis mejillas. Su tacto dolía, se sentía como una burla—. Esperaba encontrarme a una niña triste y perdida, temblorosa y patética, pero encontré algo mejor. Un alma rota, como me gustan.
»Eres perfecta para mí y yo lo soy para ti.
»Intentaré darte el tiempo que quieres —agregó soltando mi rostro y retrocediendo mientras las lágrimas seguían cayendo sin detenerse—, pero toma en cuenta que no soy un hombre que tenga mucha paciencia, así que date prisa si no quieres que termine lo que empezamos en esta cafetería y le corte la cabeza al hombre que dices que no amas.
Mi cuerpo tembló de manera inconsciente, sin que tuviera control sobre él, y mis ojos se abrieron tanto que una sonrisa se pintó en la cara de Santiago.
—Puedes mentirte a ti misma lo que quieras, pero a mí no me engañas, bonita —agregó pellizcándome el mentón con actitud victoriosa—. Sé la mujer capaz de cerrarle la boca a mi padre y dejaré que me uses para olvidarte de ese patán que te rompió el corazón.
»Si me preguntas… es un «ganar, ganar». —Me guiñó un ojo antes de abrir la puerta del auto para mí, con un movimiento de cabeza me indicó el interior—. Anda, te llevo de regreso a tu jaula de oro.
Negué con la cabeza al mismo tiempo que me abracé a mí misma y retrocedí.
—Regresaré sola… Quiero caminar, quiero… pensar —susurré con la mirada clavada en el pavimento.
Unos segundos de silencio pasaron antes de que Santiago se encogiera de hombros y entrara al auto.
—Como quieras, solo mantente viva —dijo después de bajar la ventanilla y verme de pies a cabeza—. Te busco después, bonita.
Me guiñó un ojo antes de desaparecer en su auto, dejándome sola en la acera, con todo el peso de nuestro futuro matrimonio en los hombros. Caminé de regreso a la mansión Grayson, sin sollozar ni lamentarme, solo llorando en silencio, frustrada, cansada, con ganas de solo desaparecer y dejar a ese par de hombres atrás, queriendo correr y esconderme, pero sabiendo que, si se lo proponían, podrían encontrarme muy fácil cualquiera de los dos.


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