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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 23

JULIA RODRÍGUEZ

—¿Duele? —preguntó Santiago asomándose, queriendo ver mi rostro, mientras yo mantenía la mirada fija al frente—. ¿Duele negar lo que sientes y minimizar lo que quieres? ¿Puedes sentir como te carcome las entrañas lentamente como si estuvieras llena de polillas?

Retrocedí con los dientes apretados y viéndolo con odio mientras su sonrisa se hacía cada vez más grande, parecía divertido, con sus manos dentro de los bolsillos mientras sus hombres se acercaban a la cafetería en un auto con vidrios polarizados.

—Te quema el alma no poder conseguir lo que quieres —susurró antes de soltar un suspiro—. Estás rota por esperar demasiado de él. Por rogar cada noche que te vea como tú deseas que lo hagas. Dos años suena a que has sufrido mucho.

Me tomó por el mentón, obligándome a levantar el rostro hacia él, mientras yo desviaba la mirada. No quería llorar, pero me estaba rompiendo.

—Tenía mis dudas sobre ti, Julia Rodríguez —susurró mientras limpiaba mis lágrimas suavemente de mis mejillas. Su tacto dolía, se sentía como una burla—. Esperaba encontrarme a una niña triste y perdida, temblorosa y patética, pero encontré algo mejor. Un alma rota, como me gustan.

»Eres perfecta para mí y yo lo soy para ti.

»Intentaré darte el tiempo que quieres —agregó soltando mi rostro y retrocediendo mientras las lágrimas seguían cayendo sin detenerse—, pero toma en cuenta que no soy un hombre que tenga mucha paciencia, así que date prisa si no quieres que termine lo que empezamos en esta cafetería y le corte la cabeza al hombre que dices que no amas.

Mi cuerpo tembló de manera inconsciente, sin que tuviera control sobre él, y mis ojos se abrieron tanto que una sonrisa se pintó en la cara de Santiago.

—Puedes mentirte a ti misma lo que quieras, pero a mí no me engañas, bonita —agregó pellizcándome el mentón con actitud victoriosa—. Sé la mujer capaz de cerrarle la boca a mi padre y dejaré que me uses para olvidarte de ese patán que te rompió el corazón.

»Si me preguntas… es un «ganar, ganar». —Me guiñó un ojo antes de abrir la puerta del auto para mí, con un movimiento de cabeza me indicó el interior—. Anda, te llevo de regreso a tu jaula de oro.

Negué con la cabeza al mismo tiempo que me abracé a mí misma y retrocedí.

—Regresaré sola… Quiero caminar, quiero… pensar —susurré con la mirada clavada en el pavimento.

Unos segundos de silencio pasaron antes de que Santiago se encogiera de hombros y entrara al auto.

—Como quieras, solo mantente viva —dijo después de bajar la ventanilla y verme de pies a cabeza—. Te busco después, bonita.

Me guiñó un ojo antes de desaparecer en su auto, dejándome sola en la acera, con todo el peso de nuestro futuro matrimonio en los hombros. Caminé de regreso a la mansión Grayson, sin sollozar ni lamentarme, solo llorando en silencio, frustrada, cansada, con ganas de solo desaparecer y dejar a ese par de hombres atrás, queriendo correr y esconderme, pero sabiendo que, si se lo proponían, podrían encontrarme muy fácil cualquiera de los dos.

—20 días, Julia —susurré mientras me acercaba a ella—. Durante 20 días más estarás casada conmigo. Solo dame eso, 20 días sin rencores y sin venganzas.

—¿Me pides 20 días después de lo que viviste en esa cafetería? —Por un momento dejó caer sus hombros. Parecía cansada de este estira y afloja que nunca nos llevaba a nada, mientras el peso del anillo que le había comprado, aumentaba en mi bolsillo—. ¿Para que me quieres a tu lado 20 días más si sabes que quiero estar con otro?

Nuestros ojos se encontraron y sentí que mi alma se doblegó. Me acerqué en silencio, porque no había mucho que pudiera decir. Por qué no había nada que la convenciera de quedarse y esos 20 días parecían mi último respiro antes de perderla para siempre.

—Entonces es cierto… —Volteé hacia la entrada para ver a madre, quitándose los guantes y luciendo una enorme sonrisa. Dejando su abrigo en los brazos de mi mayordomo sin siquiera verlo a los ojos—. Se van a divorciar.

Para ella era un logro, motivo de festejo, su sonrisa no le cabía en el rostro.

—Mamá, ¿qué haces aquí? —pregunté con amargura, escondiendo a Julia detrás de mí.

—La noticia corrió como pólvora —contestó rebuscando en su bolso hasta sacar su celular—. Sharon y tú buscando un anillo de compromiso.

Levantó la pantalla hacia mí, se trataba de una foto que parecía tomada fuera del local, a través de los ventanales. En verdad parecíamos una pareja escogiendo joyería.

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