MATTHEW GRAYSON
—No sabes lo feliz que me siento de saber que por fin las cosas son como deben de ser, tú y Sharon, juntos después de tanto tiempo —agregó mi madre con emoción, como la de una adolescente a la que dejan ir de fiesta.
Mientras tanto podía sentir la tensión detrás de mí. A través del reflejo del espejo colgado cerca de la puerta, vi a Julia, de pie, con el rostro agachado, con la mirada perdida. Rota, pequeña, pero silenciosa.
—¡¿Quién te hizo eso?! —exclamó mi madre, acercándose para ver mejor mi rostro—. ¡Matthew! ¡Quién te pegó! ¡¿Fue culpa de Julia?! ¡¿Ahora en qué problema te metió?!
Tuve que apartar mi rostro en cuanto quiso tomarme por la barbilla.
—Esto me lo hice defendiendo lo que es mío —respondí altanero, retrocediendo—. Defendiendo a mi esposa.
Una vez más, a través del reflejo, vi como Julia levantó la mirada, confundida, clavándola en mi nuca.
—Y esa foto está fuera de contexto —agregué con firmeza antes de sacar la pequeña caja de terciopelo negro de mi bolsillo—. ¿No le preguntaste a Sharon? El anillo que compré, sí es de compromiso, pero no para ella, sino para mi esposa.
Volteé hacia Julia, que retrocedía frunciendo el ceño como un animal acorralado. Abrí la caja ante ella, mostrándole el hermoso anillo que brilló en cuanto la luz lo acarició.
—Nunca te di uno —susurré queriendo hacer de ese momento algo personal. Tomé su mano, temiendo que la fuera a retirar, pero la mantuvo sobre la mía, se sentía fría y suave—. No soy el monstruo que crees que soy…
Deslice el anillo por su dedo, le quedaba a la perfección.
—Entonces… ¿Qué eres? —Levantó sus ojos llorosos hacia mí. Era un punto vulnerable donde parecía dispuesta a escuchar y yo estaba ansioso por explicarme, pero había un problema:
—Matthew, ¿podemos hablar? —preguntó mi madre a mis espaldas, tajante, fría, pero manteniendo la cordialidad. Era una mujer que nunca perdía el control de nada, menos de sí misma.
—Espérame en mi despacho —dije sin apartar la mirada de Julia, con miedo de que el momento entre nosotros terminara y no pudiera ganarme un poco de su comprensión—. Tengo que llevar a mi esposa a la habitación, necesita descansar.
Antes de que mi madre se opusiera o hiciera preguntas. Tomé en brazos a Julia, está vez ella lo permitió, su cuerpo no se tensó y sus brazos rodearon mi cuello al mismo tiempo que su frente se pegaba al ángulo de mi mandíbula. Su aliento cosquilleaba en mi piel y creí que en cualquier momento se me doblarían las piernas. Aun así, subí cada escalón con cuidado y la llevé hasta nuestra habitación donde la deposité sobre las sábanas.
Me senté en el borde, sin poder despegar mi atención de ella, mientras el silencio comenzaba a pesar sobre todas las palabras que nunca le pude decir. Por primera vez desde que nos casamos, la vi con dedicación y minuciosidad. Sus ojos grandes y castaños, sus pestañas negras, sus mejillas tersas, esa nariz afilada y esos labios carnosos. Era una criatura hermosa y herida.
»Sabes a lo que me refiero. Ambas familias hemos esperado que Sharon y tú se comprometan y se casen. Además, es lo mínimo que puedes hacer. Después de todo tienes una promesa que cumplir.
—Una promesa que tú y mi padre me impusieron como obligación —refunfuñé entornando los ojos—. He cumplido mi palabra, he cuidado de Sharon todos estos años. La he procurado y llenado de comodidades, cumplido sus gustos más excéntricos. ¡No les daré también mi libertad!
Crecí con una responsabilidad sobre mis hombros. Tenía que cuidar de Sharon, tenía que hacerla feliz, y todos pensaron que parte de mi trabajo sería casarme con ella y formar una familia a su lado. Era una orden impuesta en silencio. Ellos fingían que estaban seguros de que lo haría cuando fuera el momento. Yo fingía no estar enterado del plan.
Tal vez suene egoísta, pero creí que casarme con Julia haría que ese plan se esfumara. Me daba cuenta de que no.
—Esa… «trepamuros» no está a tu nivel, Matthew, pensé que con el tiempo te darías cuenta. Ya veo que no. —Suspiró con decepción—. Es tu obligación nunca tratar mejor a otra mujer que no sea Sharon, y lo sabes. Nuestra familia tiene una deuda con la suya y ahora que está de vuelta, debes tratarla bien.
—Claro, después de irse a divertir a Europa y meterse con cuantos hombres quiso, ahora tengo que aceptarla y llenarla de elogios y aplausos solo por una deuda que ni siquiera es mía —siseé negando con la cabeza.
—Sharon es joven, tiene derecho a divertirse, tanto como tú te has divertido —soltó mi madre con insolencia y esa confianza de quien cree que no hay manera de debatir sus argumentos—. Confío en que harás lo correcto, hijo mío.
Y con la frente en alto, salió de mi despacho, ignorando toda mi frustración que se iba juntando a cuentagotas en mi corazón.

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