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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 25

JULIA RODRÍGUEZ

Abrí los ojos lentamente, sintiendo que me costaba más que otros días despertar. Eran de esos momentos en los que respirar se volvía un ingrato deber. Me senté en el borde de la cama, sin esperar nada del día ni de mí misma. Alcancé mi teléfono y vi la fecha.

—Solo 19 días más… —susurré como si estuviera en medio de una prueba de resistencia. Volteé hacia la puerta, esperando que en cualquier momento entrara como un remolino alguna de las sirvientas, pero los segundos dilataron y nadie me interrumpía. Me tallé la cara y recorrí las cortinas yo misma, disfrutando de mi privacidad.

Por un momento recibí los rayos del sol en mi rostro, entonces un olor dulce llegó hasta mi nariz. Me quedé quieta, disfrutando del perfume que me hacía recordar tiempos mejores, en la casa de mi abuela, jugando en su jardín, entre las mariposas y los colibríes. Giré lentamente hacia el tocador, ahí estaba, no un ramo, sino una pequeña maceta con lo que parecían dalias. Miles de pétalos empalmados formando borlas de tamaño considerable, esponjosas y de un color violeta intenso.

«¿Sabías que las dalias son patrimonio de México?», le había dicho hacía tiempo a Matthew un día que había encontrado de casualidad unas en una florería de camino a la oficina. Tenía pensado dejar un lindo detalle en su escritorio, una parte de mí en lo que para él era cotidiano. «Las de color violeta son mis favoritas», había dicho antes de poner una pequeña maceta en una esquina, lejos de sus papeles y donde no pudiera estorbar.

«Si arrancas la flor, te durará un par de días, pero si la mantienes en una maceta y la riegas, tendrás flores por más tiempo. Esa es la recompensa por cuidar de ellas».

Por muchos meses se lo repetí, pero… fue como gritar al vacío, nunca hubo señal de que me escuchara o siquiera le interesara. Como resultado, no las regó, ni siquiera le importaron. Cuando me di cuenta las flores se habían marchitado y terminaron en la basura con todo y maceta.

Y ahora, cuando ya estaba rota y no quería verlo nunca, tenía este detalle. ¿Se había acordado? Mi estómago se hizo pequeño, no de dicha, sino de coraje. ¿Por qué ahora que tenía que abandonarlo parecía que sí le importaba?

Inhalé profundamente, llenándome de su aroma, tomándome unos segundos para reflexionar y asentar mis pensamientos.

—De seguro le atinó —refunfuñé con molestia. No creía que de pronto recordara. Era demasiado egoísta para escuchar algo que no tuviera que ver con él.

Me tomé un baño, tratando de no pensar en nada, solo concentrarme de nuevo en existir. Cuando salí envuelta en una toalla ahí estaba. Me acerqué a la cama con la cautela de quien teme que un perro de pronto se levante y lo muerda.

Sobre las sábanas había un hermoso traje sastre color rojo. Era sexy, era elegante, ropa ejecutiva femenina y con presencia, lejos de esos atuendos sosos que llevaba a la oficina, que no me hacían ver como… nada.

Lo levanté y paseé mis ojos con sorpresa y curiosidad por cada detalle.

—Hoy necesito que vayas a la empresa… —escuché la voz de Matthew desde la entrada de la habitación, estaba recargado en el marco, viéndome fijamente. De pronto tuve miedo de que se me cayera la toalla.

Entró con calma, usando uno de sus costosos trajes hechos a la medida, dejando una estela de su loción en el ambiente, esa que tanto me encantaba olfatear y que tenía que disimular que no me interesaba. Me quedé ahí de pie, viéndolo abrir cajones.

—Surgió un problema con uno de los programas. El departamento de informática no ha encontrado la solución —soltó tranquilamente, acercándose de regreso a mí, sosteniendo en su mano unas bragas y un brasier. Un conjunto bastante lindo de encaje color borgoña.

—Entonces… ¿quieres que lo solucione? —pregunté tragando saliva. Estaba tan cerca que resultaba imponente, y al estar sin zapatos se veía aún más alto. Acercó sus manos hacia el borde de mi toalla, dispuesto a quitármela, pero lo atajé sosteniendo los bordes, evitando que me descubriera.

—He visto tu cuerpo tantas veces que me sorprende que te avergüence que lo quiera ver una vez más —susurró cerca de mi oído, arrancándome el aliento y haciendo que mis piernas temblaran. Se acercó un poco más y terminé cayendo de sentón en la orilla de la cama.

Capítulo 25: Se volvió loco 1

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