JULIA RODRÍGUEZ
No sabía si quedarme o salir detrás de Matthew, así que hice lo segundo, pues las miradas del resto de hombres en el departamento eran acusatorias y escépticas.
—Matt… —Me quedé con la mitad del nombre atorado en la garganta—. Señor Grayson, por favor, tenemos que hablar.
Nunca le llamaba por su nombre frente a sus empleados. No quería faltarle al respeto, si es que considerábamos como «grosería» pronunciar el nombre que le pusieron al nacer. Matthew avanzó sin voltear atrás, directo a su despacho. Note que cuando supo que lo iba siguiendo, su velocidad aminoró, pero no se detuvo.
—Por favor, señor Grayson… —susurré detrás de él. No era nuevo en la oficina verme suplicando detrás de él, así que nadie se dignó a prestarnos atención.
Matthew abrió la puerta de su despacho y pensé que me la azotaría en la cara como tantas veces lo había hecho antes, pero, por el contrario, se hizo a un lado dándome la oportunidad de entrar primero. Con desconfianza y pasando pegada al marco, como si su cuerpo fuera hecho de lava y cualquier contacto me fuera a incendiar, entré.
Apenas escuché el clic de la puerta, di media vuelta, lista para comenzar a quejarme, pero él se me adelantó.
—Te dije que estando casados no me llamaras señor Grayson —sentenció mientras se quitaba el saco y lo acomodaba en el perchero.
Torcí los ojos y resoplé, intentando encontrar algo de paciencia, la última que me quedaba.
—Matthew… —apenas susurré cuando él pasó frente a mí, directo hacia las persianas para cerrarlas.
—Matt… solo Matt —soltó volteando por fin hacia mí. Suspiré cansada y di un paso hacia él, pero me arrepentí. La intensidad de su mirada me intimidaba.
—Matt… —De pronto noté que tenía la garganta seca, aún así, continué—. No tiene sentido que me hagas jefa del departamento, cuando ni siquiera pasaré un mes aquí. Tampoco tiene sentido que ahora decidas decirles a todos que somos esposos cuando antes te avergonzaba.
—Nunca me avergonzó —dijo con firmeza y sin despegar sus ojos de los míos. Dio un paso más hacia mí e hice un esfuerzo enorme por no retroceder, por mantenerme digna y feroz, pero dolía.
—¿No? Entonces… ¿por qué nadie lo supo? ¿Te gustan los secretos? ¿Tratarme como tu perro era parte de fortalecer nuestro matrimonio? —Le ofrecí una sonrisa llena de coraje, de frustración. Me indignaba que ahora quisiera arreglar todo cuando era tarde. Odiaba que negara nuestro pasado y la manera tan cruel en la que me trató—. Arreglaré el problema, como siempre, pero desde mi escritorio de secretaria. No más.


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