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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 26

JULIA RODRÍGUEZ

No sabía si quedarme o salir detrás de Matthew, así que hice lo segundo, pues las miradas del resto de hombres en el departamento eran acusatorias y escépticas.

—Matt… —Me quedé con la mitad del nombre atorado en la garganta—. Señor Grayson, por favor, tenemos que hablar.

Nunca le llamaba por su nombre frente a sus empleados. No quería faltarle al respeto, si es que considerábamos como «grosería» pronunciar el nombre que le pusieron al nacer. Matthew avanzó sin voltear atrás, directo a su despacho. Note que cuando supo que lo iba siguiendo, su velocidad aminoró, pero no se detuvo.

—Por favor, señor Grayson… —susurré detrás de él. No era nuevo en la oficina verme suplicando detrás de él, así que nadie se dignó a prestarnos atención.

Matthew abrió la puerta de su despacho y pensé que me la azotaría en la cara como tantas veces lo había hecho antes, pero, por el contrario, se hizo a un lado dándome la oportunidad de entrar primero. Con desconfianza y pasando pegada al marco, como si su cuerpo fuera hecho de lava y cualquier contacto me fuera a incendiar, entré.

Apenas escuché el clic de la puerta, di media vuelta, lista para comenzar a quejarme, pero él se me adelantó.

—Te dije que estando casados no me llamaras señor Grayson —sentenció mientras se quitaba el saco y lo acomodaba en el perchero.

Torcí los ojos y resoplé, intentando encontrar algo de paciencia, la última que me quedaba.

—Matthew… —apenas susurré cuando él pasó frente a mí, directo hacia las persianas para cerrarlas.

—Matt… solo Matt —soltó volteando por fin hacia mí. Suspiré cansada y di un paso hacia él, pero me arrepentí. La intensidad de su mirada me intimidaba.

—Matt… —De pronto noté que tenía la garganta seca, aún así, continué—. No tiene sentido que me hagas jefa del departamento, cuando ni siquiera pasaré un mes aquí. Tampoco tiene sentido que ahora decidas decirles a todos que somos esposos cuando antes te avergonzaba.

—Nunca me avergonzó —dijo con firmeza y sin despegar sus ojos de los míos. Dio un paso más hacia mí e hice un esfuerzo enorme por no retroceder, por mantenerme digna y feroz, pero dolía.

—¿No? Entonces… ¿por qué nadie lo supo? ¿Te gustan los secretos? ¿Tratarme como tu perro era parte de fortalecer nuestro matrimonio? —Le ofrecí una sonrisa llena de coraje, de frustración. Me indignaba que ahora quisiera arreglar todo cuando era tarde. Odiaba que negara nuestro pasado y la manera tan cruel en la que me trató—. Arreglaré el problema, como siempre, pero desde mi escritorio de secretaria. No más.

¿El mundo se acaba mañana? ¡Por supuesto!

¿Vas a cambiar y amarme como siempre pensé que lo harías? ¡Confío en ti!

Cerré los ojos y dejé que las lágrimas cayeran. Porque, aunque mi corazón estuviera seguro de que podía soportar más golpes y caídas, yo sabía que no era una opción quedarme. Por mucho que quisiera.

—Déjame creer que esos 19 días se volverán años. Déjame planear como si te fueras a quedar a mi lado para siempre. —Enredó sus dedos entre mis cabellos y me mantuvo cautiva. Sus ojos azules se clavaron en los míos antes de darme un beso más, uno profundo, cargado de desesperación y súplica.

Quisiera decir que lo empujé y lo abofeteé, me encantaría regodearme y presumí que no sentí nada, que lo alejé, que me burlé, que salí de la oficina con la frente en alto y la dignidad intacta, que dejé que se consumiera en su propio dolor y le agregué algo de rechazo para hacerlo sentir más infeliz, pero… no, eso no pasó, tal vez solo en mi cabeza, en los vestigios de rencor que aún habitaban en mi pecho, pero en realidad dejé que me besara y yo lo besé de regreso, correspondí a su desesperación con más desesperación y enredé mis brazos alrededor de su cuello dejado que llegara tan lejos como quisiera.

Si me hubiera querido tomar sobre el escritorio como tantas veces lo había hecho, yo no me hubiera resistido. ¡Llámenme como quieran! Era una mujer profundamente enamorada que se esforzaba por renunciar al hombre que significaba su vida entera, ahora que parecía haber dejado la crueldad olvidada en el clóset. Era una lástima que fuera tan tarde.

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