JULIA RODRÍGUEZ
Abrí los ojos lentamente, el sol se colaba entre las cortinas, despertándome con una calma que se me hacía extraña. Me senté sobre la cama y me encontré con el lado de Matthew vacío. No sabía si se levantaba antes para darme privacidad y no hacerme sentir presionada. Los primeros días lo agradecí, entre menos momentos a solas con él, era más fácil tolerar estos días que precedían a la inminente separación, pero ahora solo sentía un vacío.
Saqué los pies de la cama y me quedé por largos segundos así, con la mirada perdida. Tomé mi celular de la mesita de noche y vi la fecha. En un abrir y cerrar de ojos el tiempo había pasado y solo faltaban 10 días para que todo acabara.
Conforme nos acercábamos a la fecha límite peor me sentía, tal vez por las hormonas del embarazo, tal vez por los intentos de Matthew por recuperar el amor que le profesé durante dos años, tal vez porque me dolía perder todo lo que había conseguido en ese tiempo, como la admiración de los chicos en el departamento de informática.
Resoplé cansada, arrastrando mi tristeza hacia el baño. Dejando que el silencio se acentuara y sobre pensando las cosas.
Por fin vestida me vi al espejo, intentando motivarme a mí misma para tomar un día a la vez. Era como caer de un edificio de diez pisos. La caída no era lo que te mataba, sino chocar con el asfalto a tanta velocidad. Así me sentía, cayendo precipitadamente, con miedo, pero al mismo tiempo liviana, sabiendo que era cuestión de tiempo para estrellarme contra el final de lo que conocía.
Me giré y me percaté de algo curioso. La ropa nueva que tenía en el clóset era más holgada, como si de alguna manera Matthew supiera que necesitaba más espacio a la altura del vientre. No es que fuera muy notorio, no aún, pero… no pasaba desapercibido ese detalle.
Como si el destino no quisiera que se me olvidara, mi teléfono sonó. Era un número desconocido, pero el mensaje era claro.
«Me estoy aburriendo. No se te olvide que sigo pendiente de ti y ansioso por nuestra boda». Era Santiago. No tenía que preguntarme cómo había conseguido mi teléfono, simplemente era la clase de hombre que siempre conseguía lo que quería y esto era una pequeñez.
Borré el mensaje antes de que mis hombros se sacudieran por el escalofrío de lo que se avecinaba.
Llegué hasta el comedor sin poder alejar la imagen de Santiago de mi mente, y como todos los días ahí estaba Matthew, revisando el periódico, alternándolo con su celular. Parecía una estatua fría y finamente esculpida.
—¿Por qué estás tan lejos? —preguntó cuando me iba a sentar a su lado en el comedor. Fruncí el ceño, confundida antes de que me tomara de la muñeca, tirando de mí, haciendo que me sentara en su regazo.
—¿Qué haces? —inquirí sorprendida mientras él tomaba un pedazo de fruta y lo metía en mi boca sin apartar la mirada de mí.
—Quería tenerte cerca —contestó acariciando con la punta de su nariz mi mejilla, olfateando sutilmente mi perfume.
Nos vimos a los ojos por un breve momento antes de que bajara su mirada hacia mis labios, besándolos suavemente, mientras su mano descansaba en mi muslo. Nos habíamos acercado cada vez más en esos días, contra mi voluntad, contra mi sentido común e instinto de sobrevivencia.
Aún una parte de mí me decía que era peligroso aceptar todos sus acercamientos, y otra parte de mí me pedía que me dejara llevar, de todas maneras, al final iba a doler, por lo menos valdría la pena si nos llevábamos un lindo recuerdo de él.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!