JULIA RODRÍGUEZ
En el edificio el encargado me recibió como si ya me esperara. Terminé subiendo hasta el pent-house, porque Santiago no parecía la clase de hombre que se conformaba con un departamento pequeño, aunque lo fuera a ocupar solo un par de días.
Cuando las puertas del elevador se abrieron, el lugar parecía sospechosamente silencioso. Revisé mi reloj de pulso, había llegado media hora antes. Uno de sus hombres me señaló los sillones de piel negra que estaban cerca del enorme ventanal. Con una sonrisa apenada, caminé dejando que la alfombra silenciara mis pasos y me senté. De entre los cojines saqué un pedazo de tela roja que cuando inspeccioné con más atención me di cuenta de que eran unas bragas.
Las lancé lejos mientras mi cuerpo se sacudía con un escalofrío. Podía imaginarme alguna enfermedad de transmisión sexual caminando por mis dedos. Entonces la puerta de una de las habitaciones se abrió, dejando ver a un par de chicas en lencería, bromeando, con el cabello desordenado y las mejillas sonrojadas.
Torcí la mirada y negué con la cabeza, no me sorprendía, lo que si me sorprendió fue ver salir a un chico joven en boxers y detrás de él, Santiago, con su mano en la cintura de él. Le dio un beso bastante fogoso antes de morder sus labios y dejar que el chico se acercara a las otras dos mujeres.
—¡Mira nada más quien llegó temprano a nuestra cita! ¿Estabas ansiosa por verme otra vez? —dijo Santiago mientras se ponía los pantalones y yo, bueno, se me había desarticulado la mandíbula—. Espero que estés sorprendida por verme semidesnudo.
Sacudí la cabeza tratando de recuperar el control de mis gestos. Sí, Santiago era un hombre con un cuerpo envidiable, trabajado, musculoso, pero sin ser voluptuoso, más del tipo atlético, pero lo que en verdad me sorprendía era que… le gustaran los hombres.
Con los pantalones desabrochados y luciendo su perfecto abdomen, se dejó caer a mi lado, posando su brazo por encima de mis hombros y presumiendo su sonrisa cargada de confianza.
—Te cité más tarde porque tenía asuntos que terminar… —susurró antes de sacudirme el cabello.
—Eres… ¿gay? —pregunté apartándome por un momento y viéndolo con más intensidad. Solo se encogió de hombros sin perder su sonrisa.
—No me gustan las etiquetas… —respondió con un tono relajado mientras se veía las uñas—. Hombres, mujeres… ¿cómo dice el dicho? En tiempos de guerra, cualquier hoyo es trinchera.
Cerré los ojos asqueada por la vulgaridad implícita en ese dicho. Sacudí la cabeza y con un resoplido volví a encararlo.
—¿Por eso quieres que nos casemos, cierto? —Aunque ya me había dejado en claro que nuestra unión solo era para satisfacer a su padre, ahora ya le encontraba más sentido—. No quieres que tu padre sepa que eres de… orientación dudosa.
—¡Ey! ¡¿Cómo que orientación dudosa?! —exclamó con una mano en el pecho—. Yo solo… amo el amor, y este puede venir en diferente piel, no solo la convencional. ¡¿Por qué conformarme con disfrutar el cuerpo de una mujer, si los hombres también tienen su encanto?!
—¡Suficiente! —Me puse de pie, cubriendo mis oídos como si así pudiera detenerlo—. No quiero detalles.
—Vaya, no pensé que fueras tan persignada —agregó con una risa burlona—. Solo te diré que mientras tú sufriste dos años por el mismo hombre al que tienes que dejar en menos de 10 días. Yo disfruté a más de 10 hombres en menos de dos años.
»Y si mis matemáticas no me fallan, eso significa que yo fui 10 veces más feliz que tú en ese mismo tiempo. Eso sin contar a las mujeres que también pasaron por mi cama. ¡Yo no discrimino!


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!