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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 35

MATTHEW GRAYSON

Intenté ser gentil, controlé todas esas ganas de hacerla mía, porque sabía que no podía lastimarla, no iba a arriesgarme a que regresara al hospital, mucho menos a perder a nuestro hijo solo por un momento de pasión, pero la tomé con amor, intentando demostrarle que era alguien diferente, alguien capaz de darle cariño y ser el esposo que ella esperaba.

Supe que estaba funcionando cuando en su rostro no solo vi placer, sino amor recíproco. De nuevo volvía a verme con adoración, con anhelo, se abrazaba a mi cuerpo y sus besos no solo quemaban mi piel sino también curaban algunas grietas en mi alma que se habían hecho profundas.

No quería regresar al pasado, no quería que las cosas fueran como antes, quería que esta vez fueran mejores.

Avanzada la noche Julia dormía sobre mi pecho, sus cabellos se desparramaban sobre mi hombro y su calor me reconfortaba. La estreché con firmeza temiendo perderla, y cuando el sueño era lo suficientemente pesado para cerrarme los ojos susurré un suave: te amo, con la boca escondida en su cabello.

No sabía si lo había escuchado, lo único que me importaba era lo que yo estaba dispuesto a hacer para demostrárselo.

La mañana nos encontró en la cama, enredados entre las sábanas, como siempre tuvo que ser cada uno de nuestros amaneceres. Mientras ella seguía adormilada decidí tomar un baño. Tenía que ir a la oficina para resolver asuntos en una junta, pero después de eso sabía que correría de regreso a casa, para poder estar con ella. Quería que cada segundo de mi tiempo libre estuviera dedicado a Julia.

Me estaba convirtiendo en lo que tantos años rehuí: un hombre enamorado.

—¿No vas a desayunar? —preguntó envuelta entre las sábanas cuando me vio salir del baño, con la camisa aún desabrochada. Sus mejillas se ruborizaron y desvió su mirada avergonzada, como si después de años de estar juntos aún ver mi piel la pusiera nerviosa.

Me incliné sobre ella, apoyándome sobre mis puños en el colchón, a cada lado de ella, pegando mi frente a la suya, sintiendo el calor que expedía su piel, inhalando su aroma. Besé sus mejillas hasta llegar a sus labios.

—Prometo no tardar —susurré contra su boca antes de por fin abrir los ojos, disfrutando de su belleza, de esa calma en su rostro. Parecía haber bajado la guardia, parecía que poco a poco volvía a aceptarme en su vida, que esos nueve días que restaban podían convertirse en una vida eterna a su lado—. Cuando regrese espero que hayas desayunado bien.

Entonces por inercia posé mi mano en su abdomen, sin poder ocultar una sonrisa, imaginándome que mi hijo podía sentir mi calor.

Salí de la mansión con la esperanza y la ilusión de algo nuevo, pero antes de llegar a mi auto mi teléfono vibró con insistencia, era Sharon. Sin mucho agrado, me debatí por unos segundos si contestar o mejor ignorarla.

—¿Matt? —preguntó en cuanto pegué el teléfono a mi oído.

—¿Qué necesitas? —inquirí entrando al auto. Mi voz había sonado más fría que de costumbre.

—Pensé que serías más dulce cuando me volvieras a escuchar —soltó en un susurro apesadumbrado que decidí ignorar—. ¿No has notado que nadie te ha recriminado la forma cruel en la que me apartaste de tu vida?

—No te aparté, solo te pedí respeto para mi esposa —respondí con firmeza, encendiendo el auto—. Te dije que seguiría apoyándote, pero que tenías que aceptar mis condiciones.

—Las acepté… ¿no? —su voz era dócil, pero tenía miedo de lo que escondía—. Quieres que yo respete tu relación con ella, pero… ¿ella respeta la relación que tiene contigo?

Torcí los ojos, identificando perfectamente que quería empezar un conflicto.

***

JULIA RODRÍGUEZ

Estar encerrada en la mansión era agobiante cuando nadie me permitía hacer nada. Sus cuidados, motivados por el miedo que le tenían a Matthew, hacían que no pudiera tener mucha libertad. Mi único consuelo era la lectura y la pereza.

Entonces, sentada en el sofá de la sala, me descubrí a mi misma sonriendo con ilusión, pensando en Matt y en la noche que habíamos pasado juntos. Había algo de melancolía mezclada con esta reconciliación. Ya había aceptado que lo nuestro terminaría, pero disfrutaría los pocos días que tuviéramos.

Compartiría la cama con él sin remordimiento y sin tristeza. Incluso me sentía tentada a hablar abiertamente de nuestro hijo y en un futuro encontrar la manera de que él tuviera la custodia, podía apostar a que tendría una mejor vida aquí con él, que allá conmigo y… Santiago, por mucho que me doliera pensar así.

Inhalé profundamente antes de removerme. Mi mente estaba tan llena de diferentes ideas que tuve que encender el televisor para distraerme, pues la lectura no sería suficiente.

Me arrepentí.

«¡Matthew Grayson ha sido visto acompañado de su prometida! ¡Tratándola como la reina que es!», exclamó la presentadora mientras mostraba un breve video donde se les veía a Matthew y Sharon entrando a un restaurante.

¿Ese era el hombre del que esperaba un milagro?

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