JULIA RODRÍGUEZ
«¡Chicas, nuestro magnate codiciado está a punto de dejar la soltería! ¡Es una noticia triste para más de medio país!», agregó la reportera con risas estridentes que compartió con los del foro, mientras yo veía como Matthew se mantenía sereno, con ese gesto frío, mientras que Sharon no dejaba de tocarlo de alguna manera, ya fuera tomándolo de la mano, colgándose de su brazo o incluso abrazándolo.
Las imágenes los mostraban sentados uno frente al otro y pese a las palabras de la reportera yo tenía fe en que no había nada de malo, en que todo debía de ser un malentendido. Matt se veía molesto pero contenido, mientras que Sharon exageraba su alegría.
Posé la mano sobre mi estómago, como si pudiera contener las náuseas que me embargaban. Entonces las fotos dieron paso a un breve video donde se les veía salir del restaurante, era como el final, una manera en la que me convencí de que no había pasado nada entre ellos, de que solo había sido una reunión amistosa. ¿No la había mantenido lejos de nosotros todo este tiempo? ¿No tenía motivos para creer en él?
De pronto, como si Sharon no solo supiera que estaba siendo grabada, sino que incluso intuyera que yo la estaba viendo, volteó hacia el paparazzi, sonrió con una malicia que le duró una fracción de segundo, pero que se encajó en mi pecho como un puñal, y tomó del rostro a Matt, plantándole un beso en la boca hasta que este la apartó.
Apagué el televisor sin querer saber qué más pasaba. Simplemente me sentía nauseabunda, herida y tonta.
Mi cerebro comenzaba a perdonarlo, como si el hecho de que acabara con ese beso pudiera hacer que olvidara que aceptó ir a comer con Sharon mintiéndome al decir que en realidad iría a la oficina. Era como si el mínimo rechazo que pudiera hacer hacia Sharon pudiera compensar todo el dolor, humillación y mentiras que había dicho antes. ¿Cómo sabía que no había pasado lo mismo en ocasiones anteriores?
Ese reencuentro entre nosotros, entonces, ¿qué había sido? ¿Solo una burla? ¿Una manera de demostrar que aún tenía poder sobre mí? Las palabras de Santiago se agolpaban en mi cabeza como una cascada de verdad. Ahora que estaba dispuesta a aceptarlo de vuelta, ¿volvería a tratarme como antes?
Me escurrí en el sofá, con el corazón en la garganta, sintiéndome miserable. Era como si estuviera al borde de un infarto. Me dolía el pecho. Me sentía morir, y aun así seguía existiendo. Terminé acurrucada en el sofá, abrazándome a mí misma, pensando en todo y sin encontrar respuestas.
Entonces me permití llorar por volver a caer en la misma trampa, por tropezar con la misma piedra por más de dos años, por no ver sus verdaderos colores y aferrarme a la idea equivocada.
***
MATTHEW GRAYSON
—Lo lamento… —susurró Sharon en cuanto puse distancia entre los dos. Aún sentía el brillo labial en mi boca—. Yo pensé…
—Pensaste mal —contesté sin dejarla seguir—. Que me mostraras la infidelidad de mi esposa no significa que las cosas entre tú y yo hayan cambiado mucho.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!