MATTHEW GRAYSON
Esperé y esperé, los días pasaron uno tras otro y cada vez que escuchaba a alguien en la puerta, pensaba que era ella, sabía que no para pedir volver, pero tal vez para recoger todo lo que dejó atrás, dándome así una oportunidad para hablar, para escucharla, para… razonar con ella, pero ese momento nunca llegó.
Su ausencia no solo pesaba en el trabajo, cuando escuchaba que hablaban de ella, sino que la casa se veía cada vez más oscura, más vacía, y yo… yo me sentía cada vez más miserable, por mucho que quisiera mantenerme digno con la frente en alto.
Las botellas de alcohol comenzaban a acumularse en los rincones. La cava cada vez estaba más vacía, y mis ausencias en eventos sociales se hacían cada vez más notorias. No contestaba las llamadas de mis padres, mucho menos las de Sharon. Era como si torturarme con la soledad y el dolor que me generaba su ausencia fuera lo que necesitaba, como si eso fuera una clase de justicia.
El cuarto que alguna vez compartimos estaba intacto. Me había rehusado a dormir en él, como si mi presencia constante pudiera cambiar algo, como borrar sus recuerdos, su esencia. Había mandado a conseguir su perfume, el cual rociaban con regularidad para que su aroma no se perdiera con el paso del tiempo. Cuando más melancólico me sentía, me refugiaba ahí, pues aún podía verla, caminando de un lado a otro, con su sonrisa moderada, con sus enormes ojos atentos, con sus mejillas ruborizadas cada vez que descubría que la estaba viendo.
Después de un par de horas de beber, incluso podía sentir que ella aún seguía aquí, conmigo. Que me veía con piedad y me ofrecía de nuevo esa hermosa sonrisa que siempre quise volver a ver y que no pude recuperar.
—No puedes seguir así… —dijo Sharon en el marco de la puerta, mientras yo me mantenía sentado en el borde de la cama, con una vieja bufanda entre mis manos, la había tejido Julia para mí al principio de nuestro matrimonio. Nunca me la puse.
Sentía el tejido entre mis dedos mientras mis ojos estaban clavados en el piso, recordando cada oportunidad que tuve para hacer las cosas bien, para convertir ese matrimonio por conveniencia en uno de verdad. Solo necesitaba el mínimo de interés, solo… tenía que ver a Julia a los ojos y dejar que ella me guiara, pero la ignoré y eso cómo pesaba en el pecho.
—Matthew… —susurró Sharon, entonces por fin fui consciente de ella cuando quiso poner un pie dentro de la habitación. Intentaba acercarse, pero yo lo veía como una invasión.
De inmediato me puse de pie y la empujé fuera de lo que se había convertido en mi santuario.
—¡No te atrevas a poner un pie dentro! —grité furioso, tomándola de los hombros. Al ver su sorpresa y miedo intenté calmarme—. A este lugar solo yo puedo entrar, ¿entendido?
La solté y decidí que buscaría otra botella, si es que quedaba alguna en la cava.
—Matthew… —Escuché a Sharon detrás de mí, pero no me detuve—. Por favor, esto tiene que parar. Tus padres están muy preocupados, yo lo estoy. ¡No puedes hacer esto! ¡No puedes dejar que todo se derrumbe por culpa de ella!
Giré sobre mis talones, iracundo, viendo a Sharon con odio.
—Por tu culpa la perdí —solté entre dientes, rechinándolos del coraje—. Si nunca te hubiera hecho esa promesa, si simplemente hubiera seguido con mi vida, si no te tuviera que proteger como si fueras una niña de cinco años, Julia seguiría aquí.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!