JULIA RODRÍGUEZ
Fingir que mi hijo había nacido de siete meses y no de nueve fue difícil, mi suegro se la creyó, más por todo el circo que Santiago obligó que hicieran los doctores, como las incubadoras y los falsos suplementos, pero mi suegra no era tonta, había tenido hijos, sabía que mi bebé no era uno de siete meses, aún así no dijo nada y con el paso de los días su comportamiento volvió a ser el de siempre.
—¿Por qué no quieres que se llame Santiago? —preguntó Santiago molesto mientras mecía a mi bebé.
—¿Y por qué sí? —insistí molesta mientras abría la puerta de la finca.
—Pues… si no es mi hijo, por lo menos que sea mi tocayo, ¿no? —contestó como un niño al borde del berrinche.
Suspiré y acaricié el cabellito castaño y esponjoso de mi bebé antes de tomarlo de sus brazos. Su carita auguraba que con el tiempo se parecería a su padre. No sabía si era bueno o malo, pero eso no cambiaría mi amor por él.
—Y… ¿Qué tal Mateo? —preguntó Santiago detrás de mí, congelándome y al mismo tiempo haciendo que mi corazón se acelerara.
—¿Mateo? ¿Estás intentando burlarte? —inquirí nerviosa, volteando hacia él.
—Creo que suena mejor que… «Matthew» —Se encogió de hombros y me sonrió. Bajé la mirada de nuevo hacia mi bebé y… supe que había encontrado el nombre indicado.
—Mateo Castañeda Rodríguez —dije en voz baja, con ternura—. No suena mal.
—Bien, ahora solo queda pensar en cómo convenceremos a mis padres de que ese niño es mío, porque es obvio que cuando crezca, ni de chiste se va a parecer a mí —sentenció Santiago angustiado, dejando las maletas en la sala y dejándose caer sobre el sillón—. ¿Qué es peor? ¿Qué descubran que tengo amantes hombres o que me pusieron los cuernos con un gringo?
—Encontraremos la manera… —susurré sentándome a su lado, posando mi mano sobre la suya—. Aún tenemos tiempo.
***
SANTIAGO CASTAÑEDA
Cinco años parece mucho tiempo, pero pasan volando. Parecía ayer cuando recién tuve a Mateo entre mis brazos y aunque sabía que no era mi hijo biológico, comenzaba a quererlo como si lo fuera.
Mi hermosa y amada esposa era mi mejor amiga. No solo había hecho crecer su negocio de manera impresionante, sino que era un orgullo acompañarla en sus exposiciones artísticas y ver como sus obras se vendían como pan caliente. Había vertido sobre el lienzo toda su soledad y tristeza, si a alguien debíamos de elogiar era a Matthew, pues gracias al dolor que le generó, ella creó pinturas que conmovían. Me preocupa que ahora que tiene una vida feliz a mi lado, pierda su talento artístico.
—Mateo ya es todo un niño grande —dijo mi padre mientras veía por la ventana, con las manos detrás de su espalda, a mi hijo jugar en el jardín con su abuela.
—Sí… ya… creció… —contesté fingiendo que no estaba nervioso.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!