SANTIAGO CASTAÑEDA
—Ya te dije, no es que no te quiera ver ahorita, es que no puedo —refunfuñé por teléfono mientras caminaba de un lado para otro, ajustándome las mangas de la camisa. La exposición de Julia no tardaba en empezar y había prometido preparar a Mateo y llevarlo, alcanzándola allá—. Carlos, te recuerdo que lo único que te puedo ofrecer es una amistad. No pienso atarme a una relación, no aún, así que gobiérnate.
Colgué y solté un suspiro apesadumbrado. Desde que mi padre me había amenazado con conseguirme a una amante, ni siquiera tenía ganas de tener intimidad. La incertidumbre me estaba matando.
De pronto los pasitos arrastrados de Mateo me hicieron salir de mis pensamientos. Parecía confundido, reflexivo, tan atormentado como yo.
—¿Estás bien, «pidaña»? —pregunté mientras acariciaba su cabello. Tenía los hombros caídos y la mirada clavada en el piso antes de comenzar a negar con la cabeza.
—Papi… ¿por qué tú y yo no nos parecemos? —inquirió por fin levantando su mirada hacia mí. Parecía decidido a encontrar la verdad, y aunque ya lo habíamos hablado Julia y yo, no me sentía listo para explicárselo a Mateo.
—¿No nos parecemos? ¿Por qué dices eso? —Me hinqué ante él y le sonreír—. Ambos tenemos dos ojos, una nariz, una boca…
Pellizqué su nariz, jugueteé con sus labios y apachurré sus cachetes, haciéndolo reír mientras retrocedía.
—Pero no es lo mismo —dijo recuperando la seriedad con la que había llegado—. ¡Mírame!
Giró sobre su eje, con los bracitos estirados y sus ojos azules llenos de dudas.
—No somos iguales… —susurró y de nuevo agachó la mirada de esa manera que te rompe el corazón—. ¿No eres mi papá?
—¿Qué crees que se necesita para ser el papá de un niño como tú? —pregunté mientras me acomodaba en el piso, sentándome con las piernas estiradas y las manos apoyadas en el piso.
—¿Qué se necesita? —inquirió confundido y yo asentí—. Bueno… que vaya por mí a la escuela, que me ayude a hacer la tarea, que juegue conmigo en el jardín, que me compre helado, que me cuente cuentos antes de dormir y que quiera mucho, mucho, mucho a mi mamá.
—¿No hago ya eso? —agregué con media sonrisa mientras Mateo parecía cada vez más confundido—. Eres mi hijo. Te amo. ¿Si no tengo los ojos azules como tú, entonces no puedo ser tu padre? ¿No puedo quererte como te quiero?
Negó con la cabeza, soltando algunas lágrimas en el proceso.
—Entonces… ¿Cuál es el problema? —insistí queriendo descubrir de dónde venía esa nueva inseguridad.
—Si no fueras mi papá, ¿me dejarías de querer? —Entonces su fuerza se quebró y comenzó a llorar con fuerza, apretando sus puñitos, pegando uno a su boca, como si quisiera contener de esa forma su llanto, y otro sosteniéndolo contra su corazón, queriendo controlar sus latidos.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!