JULIA RODRÍGUEZ
Durante el camino de regreso a casa, estuvimos en silencio. Me llegó una notificación al teléfono, era un correo de Carl. No lo abrí, pero supuse que era el informe del problema. Decidí poner boca abajo el celular, la noche sería larga.
—Gracias por ir corriendo… y dejar a Mateo con tus padres —dije en cuanto el auto se detuvo frente a la enorme casa de mis suegros.
—Supuse que no querrías que Mateo y Matthew se vieran —contestó Santiago con media sonrisa y posó su mano en mi hombro—. Creo que… si Mateo es capaz de descubrir que Matt es su padre, con más razón Matt lo iba a deducir.
—¿Cómo? —pregunté, pero Santiago ya había bajado del auto, rodeándolo para abrir mi puerta.
—Lo vio en tu libreta, dibujado —respondió hincándose ante mí en cuanto giré mis caderas y apoyé ambos pies en el piso—, lo vio en la televisión, los reporteros lo enfocaron cuando entró en tu exposición.
»Lo reconoció, Julia —agregó levantando su mirada mientras sus manos descansaban en mis rodillas—. No solo como el tipo que está en los cuadernos de mamá, preguntó si yo era su padre, si lo seguiría amando si no lo era.
»Mateo tuvo una crisis existencial y yo un colapso mental —refunfuñó molesto, como si recordar le resultara indignante. Se levantó, posó ambas manos en su cintura, y su mirada comenzó a moverse errática, como si buscara las respuestas en el jardín de sus padres—. No sé qué tengamos que hacer, si ir a terapia familiar o… no sé, de lo único que estoy consciente es que Mateo no dejará de preguntar.
—Sabíamos que este día llegaría —dije colgándome de su brazo para salir del auto.
—¡Sí! ¡Pero no ahorita cuando apenas tiene cinco! ¡Me imaginaba hablando de sus orígenes en 40 años más! —exclamó Santiago indignado mientras caminábamos tomados de la mano, fingiendo ser la pareja que sus padres esperaban que fuéramos.
—¡Julia! —gritó con emoción mi suegra cuando nos vio entrar, y me abrazó de manera maternal—. Vi en televisión que tu exposición fue todo un éxito y vendiste todo.
»Nuestra futura Remedios Varo —agregó con orgullo, acariciando mi cabello—. Mateo jugó tanto en el jardín que cayó rendido, hay que decirle a Santiago que lo cargue él, ya está bastante pesado.
Aunque su actitud era agradable como siempre, noté que conforme avanzábamos se iba tensando, incluso su brazo, que se había engarzado con el mío, comenzaba a pesar.
Antes de poder hacer alguna pregunta, rebasamos el umbral de la sala y la tensión aumentó, también aumentando la gravedad y haciendo el aire más denso. Mi pequeño bebé dormía sobre el sofá más grande, mi suegro vigilaba su sueño, pero su mirada estaba fija en Santiago, tieso en medio de la sala, con las manos escondidas en los bolsillos y los hombros cuadrados.
Entonces la vi, frente a Santiago, con una apariencia angelical, cabellos castaños cayendo por sus hombros, una belleza juvenil, una mirada aguda que no se separaba de Santiago, y una sonrisa tímida.
—Recuerdas a Liliana, ¿verdad? —preguntó mi suegro entornando los ojos, esperando la reacción de Santiago. Entonces la chica se acercó solo un paso, parecía un perro faldero esperando que le dijeran: buen chico.
—Sí, claro, Liliana —dijo Santiago con sarcasmo antes de voltear hacia su padre y encogerse de hombros—. La verdad, no.

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