MATTHEW GRAYSON
En la soledad de mi habitación de hotel, me senté en el borde de la cama, con ambas manos sosteniendo el bastón, mientras mi mirada se quedaba clavada en la pintura que había comprado.
Mientras me movía por la exposición de JR no pude evitar quedarme prendado de ese cuadro, porque lo reconocía, lo había visto todos los días desde mi oficina. Era la vista perfecta, nítida, idéntica de la ciudad, a través de mi enorme ventanal. No había otro lugar en el mundo desde donde se viera de la misma manera la ciudad.
En la pintura la lluvia caía de manera melancólica, de fondo un cielo oscuro, pero con luces moradas y naranjas pigmentando las pocas nubes sobre los edificios grises. Era un atardecer que pocas veces se veía con ese esplendor.
Fruncí el ceño y me incliné un poco más, admirando cada trazo, la dedicación entre los colores.
«Lo único que puedo ofrecerte es matrimonio», escuché mi propia voz retumbando en mi cabeza, causando eco. «¿No quieres la «green card»?». Cerré los ojos como si eso fuera suficiente para alejarme de mi propia voz, pero fue peor. Mis párpados cerrados sirvieron como la pantalla de un cine donde había fragmentos de algo que no recordaba, pero que se sentía demasiado real para ser un sueño o una alucinación.
Ahí estaba JR, viéndome sonrojada, con los ojos bien abiertos y los labios separados. Dudando, apretando el folder con documentos que sostenía contra el pecho. Pequeña, frágil y hermosa, mientras que yo permanecía con las manos en los bolsillos, cerca del ventanal que mostraba la misma imagen del cuadro.
Cuando abrí los ojos tenía taquicardia y la boca seca, sin mencionar que la cabeza me punzaba de manera dolorosa. La apreté con fuerza entre mis manos, como si quisiera exprimir todas esas imágenes, fragmentos de un pasado que ni siquiera estaba seguro de que existía, y cuando el silencio se hizo más profundo que mi dolor, alguien tocó a la puerta.
—¿Señor? Ya le mandé toda la información a JR e hice una reservación en el restaurante del hotel para la cena —dijo Carl en cuanto abrí, su rostro palideció cuando notó mi semblante mortecino—. ¿Está bien?
—Quiero respuestas… —sentencié tirando de su brazo y haciéndolo entrar a mi habitación—. ¿De dónde conozco a esa mujer? ¡Tú lo sabes! ¡Por eso la escogiste como nuestra primera opción!
»¡¿Quién es ella?! —grité furioso, lidiando con el dolor de cabeza que cada vez se hacía más grande.
—Ella… solo es Julia Rodríguez, mexicana de nacimiento, trabajó en la empresa, en la sede en Nueva York, por tres años… —susurró con cautela mientras mantenía la distancia.
—¿Trabajó para mí? —pregunté con el ceño fruncido.
—Si no lo recuerda, no hay nada que hacer —soltó con una sonrisa decepcionada y encogiéndose de hombros—. Todos los que la recordaban, se fueron. Cada prueba, cada documento, contrato… todo desapareció.
»Y usted sabe muy bien quien se encargó de borrarla —agregó mientras negaba con la cabeza.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!