JULIA RODRÍGUEZ
Cuando abrí los ojos me di cuenta de que mágicamente estaba en mi habitación. Sonreí, porque sabía que esa magia provenía de Santiago, el mismo que me estaba asfixiando. Su torso estaba encima de mí, evitando que pudiera respirar, mientras que su cabeza colgaba de un lado y sus pies del otro.
—¡Despierta! —grité y le di una nalgada que sonó por toda la habitación. De inmediato se arqueó con ambas manos en el trasero y los ojos aún cerrados mientras yo no podía dejar de reír.
—Malagradecida, tuve que dejarte en tu cueva —refunfuñó con voz pastosa, mientras se levantaba. Al ver que no dejaba de reír, me empujó hacia la orilla, haciéndome caer al piso, enredada con las sábanas—. Para que se te quite.
Como dos niños reímos a carcajadas, hasta que de pronto sentí una presencia en la puerta. Ahí estaba Lily, con una sonrisa que ocultaba sus celos, mientras su miraba quería ser gentil.
—Buenos días —dijo con sus dientes apretados. Su mueca gentil parecía doler—. Me tomé el atrevimiento de hacer el desayuno, espero que no les moleste.
—Ah… gracias, Lily —contestó Santiago no muy convencido mientras las risas se disolvían.
Entonces apareció la última pieza del rompecabezas. Mateo se plantó al lado de Lily, sosteniendo su osito entre sus manos y tirando de su vestido, haciendo que por fin ella bajara la mirada hasta verlo.
—Señora, ¿me da permiso? —preguntó con voz adormilada. En cuanto Lily dio un paso hacia un lado, Mateo avanzó arrastrando los piecitos, aún con sueño, se subió a la cama con lentitud y cuando estuvo lo suficientemente cerca de Santiago se le lanzó a sus brazos—. ¡Buenos días, papito!
Mientras yo sonreía conmovida por la escena, Lily simplemente dio media vuelta y desapareció.
Comencé a dudar de comer ese desayuno. ¿Cómo sabía que no me querría envenenar para quedarse con Santiago?
Sentados a la mesa, no podía probar bocado, solo paseaba la comida por el plato, mientras apretaba la boca.
—¡Se me olvidaron las tortillas! ¡Iré por ellas! —dijo Lily levantándose abruptamente de su asiento y corriendo hacia la cocina con emoción—. Las hice a mano.
Mantuve mi sonrisa hasta que desapareció de nuestra vista. Antes de que mi bebé se metiera la primera cuchara de comida a la boca, se la arrebaté y se la acerqué a Santiago.
—Come, si en cinco minutos no echas espuma por la boca, convulsionando en el piso, entonces dejaré que Mateo coma esto —dije con firmeza, mientras Santiago torcía los ojos y cambiaba de plato con nuestro hijo.
—No es para tanto… —refunfuñó quitándome la cuchara de la mano y comenzando a comer con tranquilidad—. Si a alguien quisiera envenenar Lily, sería a ti, no al niño, mucho menos a mí.
—¡Lo dices tan tranquilo! —exclamé indignada.
—Yo no fui quién la aceptó en la casa con bastante calidez —sentenció golpeando suavemente la punta de mi nariz con la cuchara.
—Puedo ignorar que metas a tu… «amiga» a la casa —dije con cuidado, sabiendo que Mateo estaba escuchándome con atención, aunque fingiera interés en su comida—, pero no pondré mi vida en riesgo.
—Señorita Rodríguez, ¿cree prudente presentarse de esa manera a una reunión como esta? —preguntó Matthew con desagrado mientras yo abría mi mochila sobre la mesa—. ¿Esta es la imagen que su empresa promueve?
—No vendo apariencias, «señor Grayson», vendo resultados, trabajo duro y eficiente. Un vestido no me hace más inteligente o apta —sentencié con coraje. ¡Cómo odiaba su maldita actitud! Ese jueguito de no recordarme comenzaba a cansarme.
—Pues espero que su oferta se vea mejor que usted —refunfuñó mientras hacía girar su bastón, como si quisiera que la punta dejara un hueco en la fina alfombra.
Entorné los ojos, dedicándole una mirada asesina antes de que le ofreciera el folder con mi proyecto para restaurar su sistema de cobranzas. Lo tomó con apatía y comenzó a hojearlo mientras me sentaba frente a él.
—Encontré que el error está…
—Está en su proyecto —me interrumpió dejando caer el folder delante de mí, con molestia. Con el pecho cargado de indignación lo tomé y comencé a revisarlo, mientras sentía que ardía en rabia, entonces me di cuenta de lo que hablaba—. ¿Cree que eso es lo que quería? ¿Un trabajo de kínder?
Tragué saliva y mis manos temblaron. Eran los dibujos de Mateo. Trazos temblorosos con crayolas de colores. Por un momento temí que hubiera cambiado la mochila con la de mi bebé, pero cuando eché un vistazo al interior supe que no me había equivocado, más bien alguien había intercambiado mi proyecto con los dibujos de mi hijo.
Torcí los ojos mientras lidiaba con un dolor en el pecho, no era buen momento para que me diera un infarto.
—¿Y bien? ¿Dónde está su profesionalidad de la que tanto se regodea? —preguntó Matthew con firmeza, golpeando la mesa con el dedo.

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