MATTHEW GRAYSON
—Claro que es hijo de mi esposo, ¿cree que fui infiel o algo así? —preguntó Julia aferrándose a su celular, luchando con ambas manos para quitármelo, hasta que por fin cedí.
La imagen de ese niño ya la tenía grabada a fuego en mi memoria. Sus ojos azules, que ni su esposo ni ella tenían, pero que yo veía cada mañana al verme al espejo. Mi corazón dio un latido doloroso y controlé mis ganas de llevarme la mano al pecho.
—¿Está bien? —inquirió al notar mi semblante y se inclinó hacia mí.
Al verla más de cerca de nuevo mi mente jugó con mis recuerdos o tal vez mis más bajos deseos. Podía imaginármela en lencería, con actitud tímida, en el centro de mi habitación, dejando que me acercara, dejando que la tocara. Deslizando cada prenda por su cuerpo y arrojándola a la cama.
Podía verla acorralada contra mi escritorio, aferrándose a mi cuerpo mientras la tomaba, susurrando mi nombre cuando mis manos se aferraban a sus muslos. Tuve que cerrar mis ojos y sacudir un poco la cabeza para espantar todas esas imágenes que no sabía de dónde había sacado, pero que habían acelerado mi corazón y aumentado la temperatura.
Me levanté de la mesa, evitando hacer contacto visual con ella, manteniéndome tan frío como había llegado.
—Quiero ese plan para mañana temprano en mi correo. Ponte de acuerdo con Carl para el pago por tus servicios —dicté y antes de dar el primer paso lejos de ella, sentí su mano posada sobre la mía, impidiéndome que moviera el bastón.
—Solo… quiero saber si estás bien, te ves raro —dijo con voz suave y cuando volteé hacia ella sus ojos me arrancaron el aliento. Alzó la mano hacia mi frente, tocándola con el dorso, acelerando los latidos de mi corazón—. Parece que tienes fiebre.
—Estoy bien —respondí con voz firme, autoritaria. La temperatura de mi cuerpo no estaba elevada por enfermedad, más bien por deseo. Si Julia se mantenía tan cerca de mí, no podría controlarme y terminaría tomándola encima de esa maldita mesa sin importarme quien nos viera.
—El señor Grayson está bien, no te preocupes —dijo Carl, entrometiéndose antes de que arrastrara a Julia hacia mi habitación de hotel—. Me comunico contigo mañana temprano, ¿está bien?
Julia retrocedió un par de pasos sin quitarme la mirada de encima. Para llevar tan poco tiempo conociéndonos, me sorprendía que se preocupara por mí de esa forma.
—Gracias… —susurró entornando los ojos—, por ignorar mis errores de principiante.
Sonrió de medio lado antes de dar media vuelta, lista para desaparecer. La seguí con la mirada hasta que salió del restaurante, mientras mi corazón acelerado quería que gritara su nombre, que la detuviera… pero no lo hice.
—¿Todo bien, jefe? —preguntó Carl con media sonrisa, sin apartar la mirada de mí.
—Hay espacios en mi mente que creí que nunca recuperaría. Un vacío oscuro al que me estaba acostumbrado desde el accidente, pero… —Me quedé sin aliento, con la mirada perdida y el pecho oprimido.
—¿Pero…? —insistió para que continuara. Entonces volteé hacia él.
—¿Quién es Julia? Tú sabes más de lo que quieres aceptar y te juro que si no hablas… —Como odiaba cuando los demás sabían algo que yo no, y eso pasaba con Carl.
—No lo sé… —Negó con la cabeza y retrocedió—. A los otros los despidieron por menos. Sinceramente, yo necesito el trabajo y…
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!