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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 60

JULIA RODRÍGUEZ

Llegué molida, con la espalda adolorida por cargar con la mochila y con mi pequeño Mateo, quien se había quedado en casa de sus abuelos bajo la premisa de que Santiago tenía algo muy importante que hacer.

«Me voy al «table dance» con mis amigos. Dejé al niño con mis papás», fue el mensaje que me mandó en cuanto salí del hotel, pero mi suegra dijo orgullosa que su hijo estaba haciendo cosas importantes por el negocio, y yo lo acepté porque no pensaba entrar en detalles.

La puerta rechinó en cuanto se abrió. La casa estaba en penumbras, pero el ambiente estaba especiado, como si a alguien se le hubiera ocurrido hacer mole. Entonces cerré los ojos por un momento y recordé que esta casa ya no era un refugio.

Llevé a mi pequeño Mateo directo a su habitación para arroparlo. Besé su frente y tuve que recurrir a mi fuerza de voluntad para no quedarme dormida con él. En cuanto salí de su cuarto, apenas cerrando su puerta, escuché la voz de Liliana que estaba en la sala.

—¡Bienvenida! Qué bueno que ya llegaste —dijo con una alegría fría, cortante e incómoda.

Cruzada de piernas leyendo una revista, con un vestido impecable, el cabello recogido y un maquillaje «natural», parecía fingir que todo estaba bien. Aunque ambas sabíamos que teníamos cuentas pendientes.

—La casa estaba muy sucia y el refrigerador casi vacío. Tuve que hacer las compras —dijo con reproche mientras el cansancio y el fastidio me aplastaban.

—Lily, tuve un día muy pesado… —Santiago era quien debería de estar lidiando con esa loca, no yo.

—¿Entonces eso significa que ni siquiera vas a esperar a tu marido despierta? —preguntó indignada y con una sonrisa cargada de ironía.

—No llegará hasta mañana… —dije como si fuera lo más obvio—. No tiene sentido quedarse despierta.

—Tal vez estando solo contigo prefería llegar hasta el día siguiente para no tener que compartir la cama. —Usó esa voz dulce cargada de veneno y soberbia. Como si creyera que sus palabras eran capaces de lastimarme, y lo disfrutara la maldita—. Ahora que yo estoy en casa, creo que él comenzará a regresar temprano.

—Ándale pues, suerte con eso —dije sin siquiera voltear hacia ella. Arrastré los pies hacia mi cueva, como él la llamaba.

Sabía que ella había vertido café en mi computadora y había cambiado mis documentos por los dibujos de Mateo, pero no tenía la energía para enfrentarla en ese momento, además, no pensaba rebajarme al nivel de ella, yo era la esposa, la señora, tenía que mostrarme elegante y digna… o mejor arrancarle la cabeza y jugar fútbol con ella.

El corazón se me detuvo en cuanto encendí las luces.

—¿Qué chingados pasó…? —pregunté apenas con un hilo de voz. No sabía ni siquiera por dónde comenzar a horrorizarme. Mis pizarrones llenos de ideas y notas estaban limpios. Mis computadoras aún mojadas, como si las hubieran metido a la lavadora, incluso olían a suavizante. Cuando volteé hacia mi pequeño mural me di cuenta de que todas mis pinturas estaban arruinadas. Alguien las había mojado.

¿Alguien?

—¡¡¡LILIANA!!! —grité furiosa con los puños apretados y los dientes castañeando del coraje.

—¿Qué ocurre? —preguntó recargándose en el marco de la puerta, viéndome con apatía y una sonrisa que le iba a arrancar—. Oh… tus cosas, ¿qué les pasó?

Entonces lo vi chocar con uno de los hombres adinerados que veían el espectáculo. El chico se apresuró a disculparse con vergüenza mientras el tipo de traje caro y actitud soberbia lo veía como una cucaracha, hizo el ademán de querer golpearlo, levantando la mano, haciendo que el chico se hiciera más pequeño, esperando el golpe, uno que nunca llegó.

—¡No vales ni el esfuerzo! —exclamó el hombre antes de dar la media vuelta e ignorarlo.

El chico, aparentemente agradecido siguió con su camino, acomodándose la gorra y entonces lo vi, no me sorprendió, ya lo esperaba. Tenía la cartera del hombre adinerado entre sus manos. Era un maldito ladrón, un carterista sigiloso que había entrado a pescar.

La abrió sin siquiera verla, sus ojos estaban en cada persona que se le acercaba, mientras que con sus dedos distinguía los billetes de las tarjetas, sacando un fajo bastante grande y embolsándoselo antes de tirar la cartera disimuladamente.

Su actitud miedosa había cesado y una sonrisa se dibujó en sus labios. Me di cuenta de que no solo admiraba su habilidad al robar, sino que tenía algo que me atraía, su manera de moverse, con seguridad, el misterio de su rostro oculto por la gorra.

Mi corazón se aceleró como hacía mucho tiempo no lo hacía.

—¡Ey! ¡Tú! ¡imbécil! —exclamó el hombre adinerado mientras rebuscaba en sus bolsillos, tanteando su cuerpo, descubriendo que había sido robado.

El chico intentó correr, pero los guardias de la puerta se pusieron como un impenetrable muro con el que chocó y cayó al suelo.

Entonces mi cuerpo se tensó y comencé a preocuparme.

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