SANTIAGO CASTAÑEDA
Lo tomaron por los hombros, lo levantaron y lo obligaron a encarar al hombre al que había robado.
—¿Te consideras muy inteligente? ¿Te crees muy cabrón? —preguntó el adinerado mientras golpeaba al joven en el estómago, haciendo que se doblara del dolor—. Te daré una merecida lección, para que la pienses dos veces antes de robarle a alguien más.
Consideré quedarme en completo silencio. No era mi problema. No planeaba involucrarme, pero la manera en la que ese hombre lo trataba con desprecio y violencia me hizo hervir la sangre.
Los de seguridad sujetaban al chico de los brazos mientras el hombre seguía golpeándolo. Entonces encontró su dinero y lo sacudió frente a los ojos del ladrón.
—No pensaste que te lo quedarías, ¿verdad? —se burló antes de levantar el puño de nuevo. Cuando me di cuenta, ya estaba ahí, sosteniéndolo de la muñeca, involucrándome en un asunto que no me correspondía.
—¡Suéltame, hijo de tu puta madre! —gritó el hombre furioso hasta que volteó hacia mí y me reconoció—. Señor Castañeda.
—¿Cuántos billetes te robo? ¿Eso te llevará a la bancarrota? ¿Arruinará el resto de tu vida? —pregunté molesto, pero sosteniendo mi sonrisa, mientras mis hombres se acercaban lentamente, curiosos y atemorizantes.
—Señor Castañeda, no se trata de cuánto robó, se trata del acto en sí —respondió queriendo darme lecciones de moralidad que no le quedaban.
—Déjame adivinar… de seguro tú eres el hombre más honesto del país —solté con una carcajada haciendo que se pusiera tenso y cuadrara los hombros—. Has robado más tú. ¿No dicen que ladrón que roba a ladrón tiene 100 años de perdón?, o… ¿eso no aplica porque tú lo haces desde la comodidad de una oficina?
»Quédate con tu dinero y no estés jodiendo —agregué y con un movimiento de cabeza le indiqué que se alejara, sabiendo que, si no lo hacía en tiempo «record», terminaría con un plomazo en la cabeza.
Mientras lo veía irse, tropezándose con sus propios pies, saqué de mi cartera un fajo de billetes aún más grande, volteé hacia el chico y lo vi por fin, más cerca. Tenía unos ojos grandes y verdes y cabello tan negro como mi consciencia. Su mirada estaba cargada de miedo, pero también de determinación y fuerza. Quería fingir que no estaba aterrado al verme frente a él.
Los guardias lo soltaron en cuanto hice una señal con la cabeza. Sacudió los brazos, como si estuviera revisando que sus hombros siguieran en su lugar. Entonces acerqué el dinero, sin desenganchar mi mirada de la suya.
—Ten… solo espero que no sea para drogas —dije con media sonrisa, entornando la mirada.
—¿En verdad me lo dices tú? ¿Qué? ¿No te gusta que compren tu mercancía? —preguntó y su voz sonó extraña. No era profunda ni ronca, pero tampoco del todo femenina. Era un chico de apariencia andrógina. Tomó el dinero sin desviar la mirada, pero yo no lo solté de inmediato.
—¿Cuál es tu nombre? —inquirí. Por primera vez estaba intrigado. Había algo en él que me llamaba mucho la atención.
—¿Para qué lo quieres saber? —soltó con desconfianza y me hizo sonreír.
—¿Quieres el dinero?, dame tu nombre. —Entonces por fin bajó la mirada, dándose cuenta de la gran suma que le ofrecía solo por una palabra.
—Alex… —respondió por fin.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!