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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 68

MATTHEW GRAYSON

Julia movió su mirada desde la sábana enroscada en el cuerpo de Sharon, hasta mi torso desnudo y la cama revuelta. Una sonrisa rígida se dibujó en su rostro antes de golpear mi pecho con los papeles que sostenía.

—Lo siento… solo quería entregar esto. —Retrocedió viendo todo de nuevo—. No los interrumpo más.

De esa manera dio media vuelta y salió de la habitación.

—¡Julia! —grité su nombre y me asomé por el pasillo, sin entender muy bien lo que había pasado. Dejé caer al piso el proyecto e ir tras ella, pero Sharon me sostuvo del brazo, haciendo que mi atención regresara hacia ella.

—¿A dónde vas? —preguntó sorprendida, casi sin voz—. Matt…

—Cada pista que apunta hacia mi pasado, también apunta hacia ella y me queda claro que tú nunca me dirás nada que me sirva —sentencié furioso mientras tomaba mi camisa del piso—. Cuando regrese espero que ya te hayas tomado esa maldita pastilla y de regreso a Estado Unidos.

—¡Matt! ¡¿Por qué me haces esto?! ¡Pensé que habíamos tenido un momento especial! ¡No es justo! —la escuché gritar, pero no retrocedí.

—¿A dónde se fue? —pregunté en cuanto la presencia de Carl se hizo evidente—. ¡¿Dónde está Julia?!

—Salió del hotel… lo más seguro es que haya regresado a su empresa —dijo tranquilamente, más de lo que yo estaba.

—Bien, entonces llévame ahí —ordené con firmeza a lo que él solo asintió.

Durante el camino mi teléfono comenzó a sonar, cada vez que lo revisaba había nuevas llamadas perdidas y mensajes de Sharon, terminé apagándolo.

La empresa de Julia no era muy grande, no estaba dentro de un enorme edificio lleno de oficinas, era un lugar más pequeño, una casa de buen tamaño que habían adaptado con bastante éxito.

Conforme avanzaba noté que los espacios eran más agradables, los jardines estaban ocupados por los empleados, se les podía ver relajados, platicando entre ellos, tomando café. Las paredes tenían no solo diagramas y notas importantes llenas de código, sino también dibujos, algunos cuadros hechos por Julia que le daban vida al lugar. Nada que ver con las paredes grises que rodeaban a mis empleados. El ambiente que se respiraba ahí era muy diferente. Más armonioso.

—¡Mateo! —gritó alguien, una mujer joven y de apariencia torpe que perseguía a un pequeño. Podía ver sus cabellos alborotados moviéndose entre los escritorios.

—¡No quiero! —gritó el niño con firmeza hasta que de pronto chocó conmigo, cayendo al suelo de sentón. Cuando estaba a punto de comenzar a llorar, levantó su mirada, recorriéndome hasta llegar a mi rostro, entonces su llanto se cortó de inmediato y ambos compartimos un gesto de asombro.

—¿Estás bien? —pregunté hincándome ante él. Lo reconocí de inmediato. Era el hijo de Julia, el niño de su fondo de pantalla. El pequeño asintió mientras sus ojos se hacían cada vez más grandes.

—Eres tú —susurró casi para sí mismo, mientras se levantaba y se sacudía los pantalones. Dio un par de pasos hacia mí y tomó mi rostro entre sus pequeñas manitas—. Sí, sí lo eres.

—¿Nos conocemos? —pregunté confundido.

—Yo soy Mateo… —respondió posando ambas manos en su pecho. Su mirada era intensa, como si no me creyera capaz de entenderle—, y tú eres el hombre que dibuja mi mamá.

De pronto frunció el ceño, de la misma manera en la que yo lo hacía. Era como ver esas fotografías de mi infancia que mi madre aún atesoraba en el ático. Mateo era idéntico a mí cuando era niño.

—¿Qué ocurre? —pregunté cuando parecía no querer hablar más. Entonces sus ojos se levantaron rápidamente, parecían brillosos, llenos de curiosidad, pero también de tristeza.

—Lily dijo que yo no soy hijo de mi papá. —En cuanto soltó esas palabras, su labio inferior eclipsó al superior y las lágrimas empezaron a formarse en sus párpados—. Lo quiero mucho, pero si no es mi papá, ¿quién lo es?

Me hinqué ante él, resintiendo su tristeza. Me rompía el alma verlo llorar.

—Quiero saber quien es mi papá… —insistió y se aferró a mi camisa—. ¿Tú eres mi papá? Si eres mi papá… ¿por qué no estás con mi mamá? ¿No la quieres? ¿No me quieres a mí?

Posé mi mano en su mejilla, cubría casi la mitad de su pequeña carita. Mateo comenzó a llorar desconsolado.

—¿Por qué nos abandonaste? —su pregunta me partió por la mitad.

Entonces mi propia voz comenzó a resonar dentro de mi cabeza como un eco del pasado: «¡Carajo! ¡Julia! ¡Dime algo! ¡Pídeme perdón! ¡Dime que te acepte de regreso con el niño! ¡Dime que dejarás de ver a ese tal Santiago! ¡Júrame que serás solo mía!» Mis gritos eran desesperados y por un momento pude sentir una angustia tan profunda que parecía consumir mi corazón.

—¿Mateo? —La voz de Julia me sacó del trance, apenas volteé hacia ella y noté el terror en su mirada. Claramente no quería verme cerca de su hijo.

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