SANTIAGO CASTAÑEDA
Me quedé congelado, porque en este negocio había visto a mi padre un sinfín de veces cerca de la muerte, pero esta era la primera que parecía seguro de lo que se avecinaba. Se bebió por completo el contenido de su vaso y por fin volteó hacia mí, con melancolía, con esa angustia de lo que no tienes poder de cambiar. Posó su mano en mi hombro y me sacudió un poco.
—El doctor me diagnosticó cáncer de pulmón en etapa terminal… ¿lo puedes creer? —Negó con la cabeza y se acercó a su escritorio, sacando de su cajón un puro. Irónica manera de rematar su chiste.
—¿Mamá ya lo sabe? —pregunté queriendo sonar firme, esta era una plática de hombre a hombre, pero mi voz se quebró sutilmente al final, si mi padre se dio cuenta, no lo demostró.
—No quiero hacerla sufrir en vano —contestó mientras encendía su puro—. Aún tengo esperanzas de morir como siempre quise, bajo una lluvia de balas, defendiendo lo que es mío.
»No quiero terminar atado a una cama, conectado a monitores y a medicamentos. Esa no es la manera en la que quiero desaparecer de este mundo.
—Eso significa que no planeas tomar ningún tratamiento… —No era pregunta, era afirmación. Así era mi padre, terco, no había manera de hacerlo cambiar de parecer—. Por eso es que…
—Quiero un nieto que lleve tu sangre —contestó levantando su mirada hacia mí, entornando los ojos—. ¿Crees que no me di cuenta? ¿Crees que tu madre y yo somos idiotas? Es claro que Julia te dio gato por liebre, y me queda aún más claro que tú lo sabes y decidiste seguir adelante, creyéndote la mentira, tratando a ese niño como si fuera tuyo. ¿Tanto la amas?
—Ah… ¿Amarla lo que se dice amarla? Pues… mas o menos —respondí mientras buscaba en el techo la respuesta.
—Entiendo que te encariñaras con el niño, yo también lo hice. También entiendo que te quedes con ella, es una chica muy bonita, inteligente y artística. Una buena esposa, responsable, y te ha llevado por el buen camino —aseguró mi padre rellenando su vaso mientras yo me bebía el mío más por angustia que por gusto. Necesitaba algo de alcohol para lidiar con esto—, pero quiero un nieto que sea digno. Esta organización terminará en tus manos el día que yo me vaya, siempre y cuando tengas un hijo biológico y sea comprobable.
»Tienes que asegurarme que mi legado no morirá contigo, Santiago, tienes que demostrarme que todo lo que tardé años en forjar seguirá en manos de un Castañeda real —insistió golpeando en el escritorio con ambos puños—. Embaraza a Liliana cuanto antes y dame un maldito nieto.
El mesero se alejó apenado mientras que Julia ya no tenía el collar de diamantes que se había comprado con «mi» dinero. No, no, no… así no terminaría esto.
Caminé entre la gente, indignado, con el pecho lleno de coraje. Lo seguí hasta un pasillo que iba directo a los baños, entonces lo reconocí, era el mismo chico del club… ¡Alex!
Lo seguí presuroso, queriendo alcanzarlo. En el baño lo acorralaría y… no sé, que pasara lo que tuviera que pasar. Tendría que pagarme con creces haberle robado a mi esposa. Si ya tenía en mente hacerlo uno más de mis amantes y es que ese chico tenía un encanto andrógino que me hipnotizaba. Tenía una mirada feroz, pero sus rasgos afilados me parecían hermosos.
Entonces mis planes cambiaron, Alex no entró al baño de hombres, sino al de mujeres, dejándome confundido y desconcertado, plantado del otro lado de la puerta, sin saber si entrar o esperar. Posé mi mano sobre el borde, cuando la puerta se volvió a abrir, una señora entrada en años me encontró de frente, frunciendo el ceño y dedicándome su mirada cargada de desaprobación.
—El baño de hombres está allá —sentenció antes de seguir su camino. ¿Por qué me había reclamado a mí y no a Alex?

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