SANTIAGO CASTAÑEDA
Levanté el puño para tocar, me arrepentí.
Quise empujar la puerta, me arrepentí.
¡Era un maldito mafioso! ¡¿Cómo es que me dignaba a no entrar en ese maldito baño?!
Me ajusté la corbata y cuando estaba dispuesto a entrar, la puerta se volvió a abrir, esta vez era una mujer joven, con una melena negra abundante y ojos esmeralda adornados con sombras y rímel. Abrió los ojos con sorpresa, sus mejillas se sonrojaron, pero de inmediato agachó la mirada y pasó, por un lado.
—Disculpe, señor —susurró por lo bajo mientras yo la dejaba pasar con impaciencia, pero algo, una clase de incertidumbre ya había puncionado mi corazón.
Volví a apoyar mi mano en la puerta, dispuesto a entrar, cuando mis músculos se tensaron, congelándome. Mi mente rebobinó el momento, sus ojos, sus rasgos, su voz. Volteé hacia el pasillo que llevaba hacia la reunión para ver esa figura esbelta contoneándose con seguridad. Antes de incorporarse al resto del festejo, volteó hacia atrás, como si aún sintiera mi mirada clavada en su espalda.
Era una mujer de curvas sutiles, pechos pequeños, pero redondos, cintura diminuta y caderas no tan acentuadas. De nuevo sus ojos se encontraron con mis ojos y me sonrió de manera coqueta y al mismo tiempo tímida antes de alejarse.
Sacudí mi cabeza, confundido. Cuando entré al baño este estaba vacío. Revisé cada cubículo y lo único que encontré fueron las ropas de mesero enredadas dentro de uno de los botes de basura. Entonces volví a pensar en esa mujer de ojos tan intensos y mi corazón se aceleró.
Salí corriendo del baño creyendo que aún la encontraría al final del pasillo esperándome, pero no estaba, había desaparecido.
Me integré a la reunión, saludando de manera superficial a todos mientras mis ojos buscaban con desesperación a esa chica, mientras que su imagen se empalmaba a la perfección con la del chico del bar. Ambos con los mismos rasgos, con la misma sonrisa arrogante.
¡¿Esa mujer era Alex?!
Sacudí de nuevo la cabeza. Eso no podía ser cierto.
Cada vez estaba más desesperado, más ansioso, casi con ganas de gritar su nombre, hasta que por fin la vi, cruzada de brazos, recargada sobre una de las columnas, con esa maldita sonrisa que quería quitarle a besos, dejando colgar de su índice el costoso collar de Julia.
Me quedé paralizado, quería acercarme, pero mis pies parecían clavados al piso. Después de inhalar profundamente y recuperar algo de fuerza de voluntad, avancé hacia ella y noté como arqueó su ceja, burlándose.
—¡Santiago! —exclamó mi madre interponiéndose—. Ahí estás. ¿Por fin hablaste con tu padre? ¿Qué te dijo?
—Mamá… —No quería apartar la mirada de Alex, pero mi señora madre era muy insistente. Apenas la vi y cuando regresé mi atención a donde había estado Alex, ya no estaba. No pude evitar resoplar con molestia. Estaba tan cerca de la puerta que de seguro había escapado.
—¿Lo puedes creer? —preguntó mi madre recuperando mi atención mientras lidiaba con la frustración de no haber atrapado a ese ladrón… o… ¿ladrona?
Estaba cada vez más confundido.
—¿Qué ocurre? —pregunté con los dientes apretados y negando con la cabeza. Tomé una de las copas de la charola del mesero que pasó cerca y me la acabé antes de que se alejara lo suficiente, para regresársela vacía.
—Vine porque tu esposo, mi querido Rafael me invitó —susurró con una sonrisa torcida que se hizo cada vez más grande—. Él fue quien me buscó, y mira que yo me escondí bastante bien, pero su necesidad de verme fue más fuerte.
—¿Rafael? —preguntó mi madre herida, retrocediendo con una mano en el pecho. A mí no me sorprendía.
—Nuestro Rafael todavía no me olvida, Alondra, y nunca lo hará —contestó Carmen encogiéndose de hombros—. De todas las mujeres que han pasado por su vida, solo yo le pude dar lo que él siempre ansió, y no me refiero a amor.
—Deja de decir tonterías y lárgate de mi casa —sentenció mi madre apretando con tanta fuerza sus puños que me dio pendiente que se fuera a encajar las uñas y lastimarse.
—Javier, te quiero presentar a una vieja amiga —dijo Carmen sin apartar la mirada de mi madre, entonces ambos vimos algo que, en lo personal, me horrorizó.
Javier era un hombre casi de mi edad, con un parecido impresionante a mi padre y no tuve que quebrarme mucho la cabeza para saber quién era.
—Javier Castañeda —se presentó con una cordialidad afilada que me heló la sangre—. Mucho gusto.
Y con esa sonrisa insoportable me dejó en claro de que era mi medio hermano, un bastado que mi padre había escondido por quien sabe cuántos años.
¿Qué hacía aquí? ¿Qué quería?

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