JULIA RODRÍGUEZ
Cerré la puerta de la habitación con suavidad, sin intenciones de despertar a Mateo. Me giré para verlo dormir en la enorme cama, ajeno a todo lo que acechaba como un cazador silencioso.
Había tantos peligros alrededor que amenazaban con tocarlo que la piel se me erizó. ¿Cómo tomaría el hecho de que Liliana estuviera embarazada de Santiago? De por sí su identidad estaba recibiendo suficientes golpes para poder comprender lo que significaba que el hombre al que quería como padre tuviera un hijo con una mujer que no era su madre.
Me acurruqué a su lado y acaricié sus cabellos. Se parecía tanto a su padre, más cuando dormía. Me hacía recordar esos momentos de paz donde Matthew soltaba su gesto cruel y frío y parecía incluso vulnerable cuando estaba dormido a mi lado.
Acomodé el osito entre sus brazos, lo estrechó con fuerza, reconociéndolo entre sueños, mientras yo me acomodaba a su lado y lo veía dormir en paz, pero no podía simplemente ignorar como la vida tranquila que había conseguido al regresar parecía hacerse pedazos en cuanto el pasado se hizo presente.
Me levanté de la cama con insomnio, esforzándome por no escuchar lo que estaba pasando en la habitación de Liliana. Abrí el clóset y cambié el lujoso vestido por unos pantalones de mezclilla y una playera gris, los tacones por unos tenis y mi falta de sueño por una caminata nocturna.
Necesitaba despejar la mente. Quería que el viento nocturno enfriara mis ideas y sobre todo mis miedos.
Caminé entre las calles con las manos dentro de mis bolsillos. Era una idea peligrosa, casi suicida, pues vivíamos en una zona caliente, donde el narcotráfico y la delincuencia dominaban con creces a la policía y la milicia cada vez que avanzaba por las calles terminaba envuelta en una redada mortal de plomo y sangre, pero yo no tenía nada que temer, porque no era cualquier mujer.
Hasta el más ciego me reconocía. Era la esposa de Santiago Castañeda. Nuera de Rafael Castañeda. Eso me volvía intocable, o eso fue lo que creí.
—¡Ey! ¡Bonita! —exclamó alguien a mis espaldas. Cuando volteé se trataba de un par de hombres de apariencia común, pero cierta malicia en sus ojos, como si sus planes malvados pudieran relumbrar en sus pupilas—. ¿Por qué tan solita y de noche?
Guardé silencio y mantuve distancia, mientras mi mano se aferraba a mi celular dentro de mi bolsillo. ¿En verdad llamaría a Santiago e interrumpiría su momento de pasión con Liliana? Bueno, podían tener un bebé en cualquier momento, pero no me podría revivir si algo me pasaba.
—¿Saben quién soy? —pregunté faroleando. Mi primera carta antes de echar toda la leña al fuego—. Si mi esposo se entera…
—¿Tu esposo? —preguntó el que parecía encabezarlos, viendo a sus amigos con una confusión burlona, como si estuviera dejando en claro que, aunque supieran quién era Santiago, no les importaba—. Lo siento, somos nuevos. Entenderás que no conocemos a las celebridades de la región.
—¿Nuevos? —inquirí viéndolos con más intensidad, como si quisiera reconocerlos.
—Sí, pensamos que tal vez nos darías un «tour» por la ciudad —agregó el tipo mientras tiraba de su corbata y sus ojos se resbalaban por mi cuerpo.
—Sí, uno con final feliz —insistió otro divertido, codeando a su compañero como si estuviera compartiendo un chiste muy gracioso.
—No lo repetiré… —dijo el tipo sosteniendo el arma, caminando hacía mi mientras sus compañeros reían—. ¿En pedazos o entera? Tú decides.
Tenía la boca seca y mi respiración, así como mi corazón, estaba agitada. Apenas abrí la boca cuando unas luces nos cegaron a los cuatro. El tipo tuvo que sostener su brazo pegado a su frente para mitigarla un poco mientras se esforzaba por ver qué generaba esa luz tan intensa, hasta que el rugido de un auto lo reveló.
—Ahora, este payaso, ¿qué quiere? —preguntó molesto y levantó su arma contra el auto—. ¡Largo de aquí si no quieres una pinche bala en el culo!
El motor contestó a nombre del conductor, rugiendo con ferocidad antes de que las llantas chirriaran y el auto se abalanzara contra mis atacantes, sin detenerse, sin temer a las balas, las cuales se impactaron contra su parabrisas y cofre, apenas causando rayones. El auto estaba blindado.
Ni siquiera pudieron hacerse a un lado, mis atacantes fueron embestidos de manera violenta, uno incluso giró por encima de la carrocería antes de por fin caer al piso.
Me quedé con la espalda contra la pared, respirando agitada, mi herida en el brazo empezaba a palpitar mientras veía en cámara lenta como los tres hombres yacían en el pavimento, aún vivos, pero con dificultad para levantarse y el miedo en mi pecho de que lo hicieran.
Entonces la puerta del copiloto se abrió, como una invitación que claramente no iba a desperdiciar.

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