JULIA RODRÍGUEZ
Apenas entré al auto y cerré la puerta, este aceleró, el motor rugía y vibraba con desesperación, mientras yo apretaba los dientes y cerraba los ojos, conteniendo el dolor, sujetando mi brazo herido con fuerza. Inhalé profundamente y el aroma a sangre se revolvió con el del cuero de los asientos y algo más, una loción que se me hacía conocida, demasiado familiar, demasiado nostálgica, melancólica, rota.
Abrí los ojos y volteé lo suficiente para ver al hombre que estaba detrás del volante, acelerando como demonio, metiéndose y saliendo de calles. Era Matthew, con las mandíbulas tensas y la mirada al frente. Parecía conocer bien la ciudad, como si siempre hubiera vivido aquí, entrando a recovecos que ni siquiera yo conocía.
—¿Estás bien? —preguntó cambiando de velocidad e incorporándose a una avenida grande.
Me quedé en silencio, sin comprender lo que había pasado. ¿Cómo era posible que él estuviera en el lugar indicado en el momento indicado?
Separé la mano de mi brazo, la sangre se había comenzado a secar. Entonces vi mejor mi herida, la bala apenas había rozado mi piel. Era una herida escandalosa, pero no profunda.
—¡Julia! ¡¿Estás bien?! —exclamó Matt desesperado por mi silencio y yo di un brinco. Estaba demasiado nerviosa por lo ocurrido y cualquier cosa me hacía saltar de mi lugar.
—Lo estoy… solo fue un rasguño… —susurré en cuanto su mirada preocupada se posó en mí. La luz roja del semáforo nos dio un breve momento de silencio compartido.
Llegamos al estacionamiento de su hotel, mientras hablaba con Carl por teléfono, insistiendo en que consiguiera un doctor que fuera prudente. En cuanto puse un pie fuera del auto, toda la adrenalina que me mantenía fuerte se había acabado, mis músculos comenzaron a temblar, me abracé a mí misma, porque pese al tiempo que estuve con Santiago, nunca nadie me había disparado.
Había visto armas, pero jamás había sentido el dolor que generaban.
Cerré los ojos queriendo despertar de esa pesadilla, pero solo logré que las lágrimas se aflojaran y brotaran con fuerza. Antes de que el frío me envolviera cruelmente y me hiciera sentir sola, los brazos de Matt me envolvieron con dulzura y me pegó a su pecho.
—Tranquila… —susurró contra mi cabello—. Todo está bien. ¿Puedes caminar?
Levanté la mirada, sorprendida de su voz tan gentil, encontrándome con la preocupación en sus ojos tiernos. ¿Quién era este hombre? ¿En verdad era Matthew? El que yo conocí… era frío como un témpano, sin sentimientos, sin interés en el bienestar de los demás. Lo único que le importaba era que el trabajo estuviera hecho al final del día, que el dinero siguiera entrando en sus arcas y que sus necesidades fueran resueltas a costa de lo que fuera.
Entonces… ¿quién era este hombre que me miraba con tanta ternura y que parecía sentir mi propio dolor?
—No pasa nada, yo mismo te llevaré —agregó y antes de que pudiera discutir me dio su elegante bastón de fina madera con empuñadura de plata y me tomó en brazos como si no tuviera peso.
—¡Matt! ¡No! —exclamé y me removí.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!