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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 79

SANTIAGO CASTAÑEDA

Me quedé sentado en el borde de la cama de Liliana, con la mirada perdida en el piso, dándole vueltas a todo lo que había pasado en la fiesta de mi padre. ¿En verdad quería hacer lo mismo? Froté mi rostro con ambas manos y entonces la puerta del baño se abrió.

Liliana salió con una bata de seda y actitud nerviosa. Sus ojos se rehusaban a encontrarse con los míos. Estaba avergonzada y nerviosa. Respiraba profundamente, con la actitud de dejar que yo hiciera todo, incluso recostarla en la cama.

Me levanté y avancé hacia ella, aun así no levantó sus ojos hacia mí. Tiré del cordón de seda y su cuerpo tembló cuando la bata se aflojó. Lentamente tomé el borde de la prenda y la dejé caer por su cuerpo directo al piso.

Liliana era hermosa, no tenía un cuerpo ejercitado, pero si esbelto y curvilíneo. La lencería solo cubría lo necesario, y pude notar como su piel se erizó poco a poco, conforme mi aliento la alcanzaba, pero ella, ella solo cerró los ojos y tragó saliva.

La tomé por los hombros y la aparté, por fin logrando que me viera directo a la cara.

—A ver… viniste a esta casa sabiendo muy bien lo que pasaría —dije con firmeza en la voz y su actitud se convirtió en la de una niña regañada—. Tú misma querías esto. ¿Por qué te comportas así?

»¡¿Qué pasó?! ¿Crees que me dan ganas de tocarte si te comportas de esa manera? ¡Por el contrario! —exclamé abrumado y desesperado—. Todas las mujeres que se me acercan me desean, me suplican que me las folle y tú… tú nada más te quedas así, parada, estática, insensible.

»¿Qué esperas? ¿Qué te tumbe en la cama y te tome de manera mecánica? ¿Solo vas a abrir las piernas y hacerte la muerta como si fueras una zarigüeya en medio de la carretera? ¡No me quiero follar a una zarigüeya muerta!

—¡Es que no es tan fácil! —exclamó recogiendo su bata del piso y envolviéndose con ella, pudorosa.

—¡Claro que lo es! —respondí de inmediato—. Solo déjate llevar. Flojita y cooperando.

—¡Santiago! —reclamó sentándose en medio de la cama, abrazándose a sí misma—. Tu papá me dijo que quería que te diera un hijo, pero… pensé que las cosas serían distintas. Pensé que…

—¿Qué me enamoraría de ti? —pregunté cruzándome de brazos—. ¡¿Por qué les encanta complicarse la existencia?! ¡Solo es sexo! ¡¿Para qué quieres amor cuando te puedo dar más placer del que te puedes imaginar?!

Sus ojos se levantaron hacía mí con sorpresa y una actitud que me desconcertó como si me percibiera como el demonio que le quería arrancar el alma.

Me pasé la mano por el cabello, peinándolo hacia atrás, comenzando a frustrarme.

—Liliana, solo pon de tu parte… ¿entendido? Te juro que no es mi intención lastimarte ni… —Antes de que terminara de hablar se apoyó en sus rodillas y se acercó a mí, entre la penumbra, como si por primera vez me viera con claridad. Posó su mano en mi mejilla mientras entornaba los ojos.

—No es que se me olvidara, es que no pienso dejar que nadie me vuelva a aplastar. Aprendí a amarme a mí mismo antes que amar a alguien que solo va a joderme la vida —dije con odio, entre dientes, sin apartar la mirada de ella—. ¿Para qué jugarme el corazón y terminar con una herida que parece nunca sanar y nunca dejar de sangrar, cuando puedo conseguir placer de otra forma?

—Cambias placer por amor… —susurró pensativa y con una sonrisa que parecía decepcionada—. ¿Te ha funcionado? ¿Esos hombres y mujeres que visitas con frecuencia te dan lo que necesitas? Cuando todo acaba, ¿te sientes satisfecho?

—Muy satisfecho —contesté con firmeza, seguro de defender mi punto.

—¿Qué hay de esa soledad que te invade durante la noche cuando el silencio te deja escuchar tus pensamientos? ¿Nunca te preguntas si hay alguien allá afuera que te pueda dar todo lo que intentas encontrar en toda esa gente que metes a tu cama? —Entornó los ojos y de pronto parecía sentir lástima—. No eres el chico que recordaba. Estás roto, mucho. Alguien te hizo una grieta, pero tú te has encargado durante todos estos años de caerte a pedazos.

»Sanar no es huir. Caer de la bicicleta no significa que dejarás de intentarlo. —Suspiró apesadumbrada y triste—. Yo quiero tener intimidad con alguien que me ame. Nunca he estado con un hombre, pero siempre he creído que hacer el amor debe de ser mil veces mejor que solo coger.

Nos quedamos en silencio, viéndonos fijamente, mientras el peso en mi pecho me hacía difícil respirar. De pronto me sentí resentido con ella, por sus palabras, porque en el fondo tenía razón, pero no pensaba admitirlo, la manera en la que vivía era lo que yo quería y no me iba a venir a decir qué hacer.

—Que ñoña —dije con el rencor de un niño de secundaria y me acerqué a la puerta—. Ahora entiendo porque Julia y tú se llevan tan bien. Son igual de aburridas.

Y de esa manera cerré la puerta, dispuesto a buscar afuera lo que Lily no me quiso dar.

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