SANTIAGO CASTAÑEDA
Mis pasos me llevaron al club de siempre. Los guardias me dejaron entrar de inmediato y llegué hasta el privado que siempre estaba apartado para mí. Uno a uno mis amantes fueron llegando. El cantinero sabía que en cuanto me sentaba sobre el sofá en forma de semicírculo, tenía la obligación de llamarlos para complacerme.
Me escudé en la música fuerte para no tener que hablar con ninguno, mientras ellos compartían tragos y se servían de botellas costosas, divirtiéndose por mí. Sus caricias no hacían que el ardor de mi alma disminuyera.
Parecía hipnotizado por las luces del lugar, pero en realidad me estaba ahogando con todo lo que había dicho Lily, con cada pedrada que me dolió porque sabía que era cierta. Tomé uno de los vasos y me lo bebí de una sola intención, causando euforia en los hombres y mujeres que me rodeaban.
Por primera vez no había nada en ellos que pudiera cambiar mi manera de verlos. Me parecían sacos de piel vacíos. Su tacto me quemaba la piel, pero no de manera agradable. Sus voces me taladraban los oídos. De pronto tenerlos tan cerca me dio la sensación de claustrofobia. Quería gritar. Quería que el mundo se quedara en silencio por un momento para poder pensar.
Cuando estaba a punto de caer en el abismo de la desesperación, algo me intentó cegar, un destello insistente que apuntaba hacia mis ojos. Tuve que levantar una mano frente a mi rostro y entonces la vi, arrogante e insoportable, en la barra, jugando con el collar de diamantes de Julia, dirigiendo su brillo hacia mi rostro como si fuera un espejo.
Se dio cuenta de que había conseguido lo que quería y por fin dejó de atormentarme. Sin perder la sonrisa, levantó su trago hacia mí, brindando, antes de darle un sorbo.
—Casado, con un hijo y una joven amante, y aun así vienes a este lugar a encontrarte con más… —dijo en cuanto me acerqué. No supe en qué momento había bajado las escaleras, atravesado la pista de baile y llegado a su lado, pero ahí estaba, bufando con molestia mientras Alex solo permanecía recargado en la barra con su habitual actitud desinteresada—. Eres un maldito mentiroso de m****a. ¿Papi sabe que te gusta la papaya y el plátano?
Su risita solo me hizo enojar más y le arrebaté el vaso de la mano.
—¡Oye! —exclamó indignada.
—¿Me llamas mentiroso? ¿Es en serio? ¿Tú la cosa que ni siquiera sé si tiene papaya o plátano? —pregunté indignado y de nuevo su rostro se volvió un gesto de diversión. Arqueó una ceja y sonrió de manera adorable, como si verme enojado fuera lo más estúpidamente divertido que le pudo pasar en su día.
—¡Por favor! Como si eso te importara mucho —respondió señalando a mis amantes y su fiesta personal en el privado, que, para ese punto, ya no era tan privado.
—No tendría que estar tratando con un ladrón de tan poca monta —sentencié y estiré la mano hacia… ella, él… ¡lo que fuera!—. Dame el collar de mi esposa o te lo saco a puños.
—Tranquilo, no tan brusco que me prendo —agregó con burla y guiñándome un ojo—. Llámame como quieras, no me importa ser un ladrón de poca monta, por lo menos no soy un hijo de puta como tú.
—¿Es en serio? ¿Te crees mejor que yo? —pregunté sorprendido, con una sonrisa burlona.
—Lo soy, no te estoy preguntando —contestó encogiéndose de hombros—. ¿Quieres saber por qué?
Solo guardé silencio y esperé, entornando los ojos, pensando seriamente en arrastrarlo a algún lugar más solitario y descubrir yo mismo si era una mujer o un hombre. Sabía que sería divertido hacerlo y posiblemente tardaría toda la noche averiguándolo. No pararía hasta estar completamente seguro.
—Yo robo cosas materiales, que pueden ser repuestas, pero tú… tú robas tiempo y el tiempo no vuelve, no hay cantidad de dinero suficiente para compensarlo —dijo con firmeza y algo de rencor en la voz—. Tu esposa pierde su tiempo contigo, cada uno de tus amantes, incluso ese niño que te llama padre. Esperan algo que nunca les darás de verdad y que otra persona sí podría hacerlo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!