JULIA RODRÍGUEZ
—¡Confiesa hija del mal! —exclamó levantando la caja, estirando su brazo por arriba de su cabeza. Era imposible alcanzarla, pero aun así brinqué frente a él—. ¡Dijiste que pasarías la noche en la habitación principal con Mateo! ¡Mentirosa! ¡Te fuiste de loca! ¡¿Con quién?!
—Deberías de dejar de gritarme y preocuparte más por mi herida —sentencié retrocediendo ofendida, como si de esa manera pudiera distraerlo o por lo menos ganar tiempo.
Santiago se inclinó para ver mi brazo herido y amoratado, escondiendo la pastilla de emergencia de manera preventiva en su bolsillo. Con cuidado empezó a revisar la herida, deshaciendo el nudo de la corbata y quitándola con cuidado.
—Auch… —dijo en cuanto logró despegar la tela—. Te gusta el sexo salvaje, ¿eh?
—¡No fue por sexo! —exclamé indignada, intentando arrebatarle mi brazo, pero dolía demasiado y preferí dejarlo en su mano—. Tres tipos me abordaron en la noche y me amenazaron. En cuanto supieron que era tu esposa, todo se complicó. Querían llevarme entera o en pedazos con su líder.
—¿Su líder? —preguntó Santiago con una sonrisa torcida—. Ni que fuera abducción extraterrestre.
—¡Líder, jefe, patrón! ¡Cómo sea! —refunfuñé indignada mientras él mojaba un trapo de cocina y comenzaba a limpiar la sangre seca. La piel estaba amoratada e inflamada.
—¿Corriste en zigzag? —preguntó sin apartar su mirada de mi herida ni borrar su sonrisa del rostro.
—Como me dijiste —contesté con un puchero, tratando de aguantar. El paño con agua fría era refrescante, pero cuando raspaba mi piel dolía como el infierno.
—¡Ja! ¡Qué chistosa te tuviste que ver corriendo en zigzag en una calle oscura con tres tipos apuntándote! —comenzó a reírse sin despegarse de mi herida, abriendo una nueva en mi orgullo. Con un manotazo en su hombro le quité la carcajada de la boca.
—¡Baboso! ¡Tú me dijiste que así lo hiciera y ahora te ríes! —exclamé ofendida.
—Y funcionó. Por algo sigues viva, ¿no? —agregó acercándose a la tarja para lavarse las manos—, pero eso no quita que no sea gracioso.
Torcí los ojos y resoplé, apoyando mi cadera en la encimera.
—Ahora, ¿me puedes explicar por qué tenías la corbata de Matthew amarrada a tu brazo? —preguntó tranquilamente, volteando hacia mí con una calma que me heló la sangre.
—¿Cómo…? —pregunté casi sin aliento. Mi estómago se estaba retorciendo dolorosamente—. ¿Cómo lo supiste? ¿Cómo…?
Entonces arqueó una ceja y su sonrisa se endureció, de seguro por apretar los dientes.
—No lo sabía, no tenía ni puta idea de que era su pinche corbata, solo… «adiviné», dije el primer nombre que se me vino a la mente —contestó queriendo contener su indignación mientras mis ojos se abrían cada vez más y la mandíbula se me caía al piso—, y mira… «acerté».
—Santiago… —susurré asombrada y arrepentida—. Yo…
—Mira, algo se te cayó —dijo señalando el piso a mis pies y como tonta bajé la mirada—. ¡Tu dignidad! ¡Hija del mal! —Me golpeó con el trapo que había usado para limpiarme. Tuve que retroceder de un brinco para que no me alcanzara—. ¡¿Estuviste con Matthew?! ¡¿Con el pasaste la noche?! ¡¿Por eso necesitas la pastilla?! ¡¿Cómo por qué?!


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!