SANTIAGO CASTAÑEDA
No me gustaban esta clase de eventos. Sentía que estaban por debajo de mi nivel. Aunque era un criminal, también era cínico. Me gustaba pavonearme enfrente de las autoridades y sonreírles, mostrarme como un empresario, un visionario, un hombre que sabe jugar en las sombras sin quemarse al salir a la luz. Sentirme intocable, pero esta clase de subastas clandestinas no solo eran una trampa mortal si había una redada, sino que la gente que asistía eran criminales novatos, que no sabían mezclar lo mejor de ambos mundos, ratas de alcantarilla que se asustaban al ver la luz del sol. Incluso me sentía sucio, aunque me sorprendía, habían adaptado una bodega subterránea, haciéndola parecer un palacio.
—¡Bienvenidos a nuestra subasta! ¡Tomen sus asientos y recuerden que estos fondos servirán para ayudar a los más necesitados! —exclamó el tipo del micrófono sobre el escenario—. Hablo de nosotros.
Señaló a sus compañeros y soltó una risita que todos compartieron como si fuera el mejor chiste del mundo, mientras a mí me daba urticaria. Quería convencerme de que quería recuperar el collar de Julia, aunque ni siquiera tenía un buen motivo. No era una reliquia, tampoco un regalo bien pensado y emotivo de mi parte, aun así, aquí estaba, sentado entre toda esta gente que me veía con asombro, porque no era mi lugar, un león no se mezcla con ratas.
—¡Hoy tenemos un invitado especial! —agregó el presentador y cerré los ojos, rogándole al cielo que no se refiriera a mí—. ¡El señor Santiago Castañeda está con nosotros!
Apreté los dientes y sonreí tensando los labios mientras me señalaba con la mano estirada hacia mí y el sonido de los murmullos aumentaba, haciendo más incómodo el momento.
—Espero que hoy encuentre algo de su agrado —terminó de decir el presentador antes de hacerse a un lado—. La primera pieza se trata de una joya muy especial…
Las cortinas de terciopelo se abrieron mientras el hombre describía dónde y a quién habían robado la joya, como si eso aumentara su valor. Una mujer hermosa, curvilínea y de ojos profundos salió modelando la pieza que en poco tiempo encontró nuevo dueño. Lo curioso fue que el comprador no solo se llevó la joya, sino también a la chica, hacia un cuarto privado, mientras todos exclamaban divertidos.
¿Vendían solo las joyas o también a las mujeres?
El corazón me dio un vuelco. ¡¿Yo para qué quería una vieja más?! Suficiente con el par de monjas que tenía en casa.
—La siguiente pieza la reconocerá nuestro admirado señor Castañeda —dijo el presentador en cuanto levantó la mirada de su guión—. Un collar de diamantes, robado directo del cuello de la hermosa señora Castañeda, dentro de la hacienda de la familia Castañeda, y sin derramar una sola gota de sangre.
»Algunos creerán que sin sangre ya no tiene valor, pero hay que pensar en la habilidad del ladrón al tomarlo y salir de ahí. Fue como meter la mano en un estanque con pirañas y no recibir una sola mordida.
»¿Qué les parece si empezamos por el precio original de mercado del collar? ¡¿Quién da más de 150 mil pesos?! —exclamó el hombre y se me retorció el estómago. ¡¿Eso costaba el maldito collar en realidad?! ¡¿Qué le pasaba a Julia?! ¡¿Creía que sangraba dinero?!
Entonces salió de entre las cortinas… ¿Alex?
Parpadeé un par de veces, escéptico. Usaba un vestido del mismo tono de azul que Julia y Liliana llevaban el día de la fiesta, pero en Alex resaltaba de manera diferente. Su piel se veía más clara, su cabello más negro, sus ojos adoptaron un verde azulado que lucía más que el collar de diamantes colgando en su cuello, muy cerca del escote en forma de corazón que adornaba un par de pechos pequeños pero redondos.
Mi corazón latía con tanta fuerza que resultaba doloroso. Como si mis costillas lo oprimieran cruelmente, hasta que los ojos de Alex, que se habían movido entre los rostros de cada persona sentada ante ella, se posaron en mí. Su rostro pasó de la frustración y la melancolía, a tener una chispa de esperanza, como si esperara algo de mí.
Sus labios se entreabrieron, ansiosos por decirme algo que no pudo en voz alta.
—200 mil —dijo una voz con firmeza cuando parecía que nadie quería adquirir el collar, tal vez porque sabían bien que yo estaba ahí, que ese collar le pertenecía a mi esposa, y que adquirirlo frente a mis narices era como retarme de frente. Volteé lentamente, cada persona parecía hacerse a un lado conforme mi mirada buscaba al único que había decidido comprar la pieza, entonces lo vi, con su aura prepotente y una sonrisa de zorro.



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