JULIA RODRÍGUEZ
Llegué a la oficina y vi las más de 40 llamadas perdidas de Santiago. Mientras mi cerebro buscaba buenas razones para regresarle la llamada, hasta que volvió a llamar.
—Me acosté con una mujer… —fue lo primero que dijo. No un: buenos días, esposa amada. No un: déjame explicarte por qué no llegué a la casa a dormir.
—Ajá… ¿con cual de todas? Te recuerdo que tienes un amplio historial —pregunté con un resoplido, mientras avanzaba entre los escritorios.
—¡Fue diferente! —exclamó desesperado y frustrado.
—¿Diferente? ¡Déjame adivinar! ¡Ella fue la que te dio y tú recibiste! —exclamé como si fuera algo muy emocionante, cuando recibí las miradas de mis empleados todas llenas de sorpresa y desconcierto, me arrepentí—. Mira… no creo que sea sano que me hables de esas cosas y más cuando estoy a punto de iniciar mi día laboral.
—¿Julia? Alguien te busca —dijo Liliana asomándose por la puerta apenas dejé mi mochila en el escritorio. Entonces se hizo a un lado y vi a mi suegro, el papá de Santiago.
—¡No fue diferente de esa manera! —gritó Santiago antes de que le colgara.
—¿Papá? —pregunté escondiendo mi desconcierto. Esperando que el señor Rafael no hubiera escuchado la plática que tuve con su hijo.
—¡Mi niña! —exclamó él con los brazos abiertos, dándome un abrazo cálido, pero… no me pasó desapercibido el cambio que había en el ambiente, como si algo estuviera mal—. Siempre tan madrugadora y trabajadora. Ojalá y Santiago fuera así de responsable.
Sonreí con la boca tiesa y me encogí de hombros.
—¿Qué lo trae por aquí? —pregunté ofreciéndome uno de los asientos—. ¿Quiere una taza de café?
Me acerqué a la cafetera, era la mejor manera de recibir cualquier noticia o pregunta de ese hombre, ocupada en algo. Me ayudaba a pensar.
—Supe que ese gringo quería trabajar contigo —dijo una vez que se dejó caer en el asiento. Su voz sonaba gentil, pero en el fondo algo había cambiado.
—Sí, un problema con su programa de finanzas —contesté ofreciéndole la taza de café caliente antes de dar media vuelta y buscar el pequeño tarro de azúcar. Entonces me tomó de la muñeca, haciendo que me detuviera—, pero ya no trabajaré para él.
Respondí de inmediato en cuanto nuestros ojos se encontraron. Era como ver de frente a una cobra a punto de atacar. Hipnotizante y peligroso.
—Mira, Julia —agregó mi suegro posando su mano en mi hombro, haciéndome temblar—. Las cosas de familia se quedan en familia, y para mí, tú eres mi familia, te lo he dicho, eres la hija que siempre quise. Inteligente, bonita, trabajadora… ¿Qué más puedo pedir para Santiago?
»Has demostrado ser excepcional y por eso puedo hacerme de la vista gorda cuando se tratan de ciertos detalles. —Se levantó de la silla y se acomodó la corbata—, pero si esos detalles salen a la luz y manchan la reputación de mi hijo y de la familia, entonces tendré que darle prioridad a la sangre. ¿Me entiendes?
Abrí la boca, pero no dije nada. Mi cerebro estaba acelerando, desesperado. El señor Castañeda sabía que Mateo no era hijo de Santiago, y jamás lo admitiría ante nadie, pero si Matthew sacaba todo a la luz, no tendría piedad en hacer lo que tuvo que hacer en un inicio y no lo hizo por piedad: Deshacerse de mí y de cualquier «detalle» que dejara a Santiago como una débil víctima de infidelidad frente a todos.
—Si necesitas que sea yo quien se encargue, con gusto lo haré, pero ya que es un problema que tú trajiste a la familia, espero que lo puedas resolver tú sola —dijo con media sonrisa antes de dirigirse hacia la puerta. Nunca me había tratado de esa manera. ¿Por qué ahora?—. Que tengas un buen día, Julia.
Se despidió sin siquiera voltear. No era el hombre amoroso y comprensivo que conocía. ¿Qué lo había transformado de esa forma? ¿Era su enfermedad? ¿Estar cerca de la muerte lo comprometía a comportarse de esa manera tan molesta?
Salí detrás de él con muchas preguntas que no me animaba a decir, pero lo comprendí de inmediato en cuanto lo vi acercarse a su auto.
La mujer que lo acompañaba no era mi suegra, sino su amante, Carmen. Lo recibió con cariño, tomando su rostro entre sus manos antes de llenarlo de besos y compartir una breve sonrisa. Entonces los ojos de esa arpía se dirigieron hacia mí y su sonrisa se amplió y se afiló.
No me quedaba duda que ella era quien lo había motivado a venir a mí y exigirme que el secreto de Mateo se quedara así, tal vez esperando verme fallar y así poderme quitar del camino.

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