MATTHEW GRAYSON
99.98% de coincidencia genética. Mateo era mi hijo, pero en vez de responder preguntas, solo las aumentaba. Caminé por la casa que recién acababa de adquirir, porque no planeaba abandonar el país hasta resolver esos tres años de oscuridad.
—¿Señor? —preguntó Carl acercándose con cautela, como si temiera romper mi silencio—. Tengo el número de su abogado, bueno, exabogado.
Extendió un papel que parecía arrancado de una libreta. Cuando pasé mi mirada por los números lo reconocí, era de él, de Erick. No solo se hacía cargo de todos mis pendientes legales, sino también de algunos asuntos importantes en la empresa.
Saqué mi teléfono y lo llamé sin perder más tiempo. El timbre de llamada se extendió por más tiempo del que esperaba. Era como si del otro lado, Erick estuviera dudando en responder, hasta que por fin la llamada entró, pero no escuché su voz.
—¿Erick? —pregunté confundido y el silencio se alargó por un par de segundos más.
—Vaya… Por fin te dignas a dirigirme la palabra —soltó con molestia.
—¿Hay algún problema? —insistí sintiendo que caminaba sobre arenas movedizas.
—¡No lo sé! Dime tú —exclamó furioso—. Me despediste como si fuera un maldito perro y después no te dignaste a contestar mis llamadas. ¡Tú dime si hay un maldito problema! Después de tantos años salvándote el pellejo me desechaste como basura.
Apreté los dientes y traté de controlar mi enojo con una respiración profunda. Sharon se había encargado de manipular mi vida a su antojo y ahora estaba pagando las consecuencias.
—Sabes que no fui yo… —susurré.
—¡Eso fue lo peor! —insistió—. Si hubieras sido tú, lo hubiera aceptado mejor. Jamás pensé que dejarías todo en manos de esa mujer caprichosa y tonta. ¡¿Cómo es que te volviste tan idiota?! ¡Jurabas que nunca te casarías con ella y…!
—Solo fue un momento de vulnerabilidad que no volverá a pasar —contesté intentando cortar sus reproches—. Necesito saber algo sobre mi pasado. Perdí tres años de mi vida y necesito recuperarlos, empezando por Julia Rodríguez.
De pronto la línea se quedó en silencio, incluso pensé que me había colgado, pero la llamada seguía activa.
—Tú exesposa… —susurró y sus palabras me partieron como un rayo.
—¿Exesposa? —pregunté escéptico.
—Sí, yo oficié el divorcio —contestó y podía imaginármelo encogiéndose de hombros—. Ella se fue con otro hombre, incluso estaba embarazada de él.
—¿Embarazada de él? —Volví a ver el documento en mi mano que corroboraba que yo era el padre.
Me quedé pensando, haciendo memoria. Levanté la mirada hacia el cuadro que había comprado, ese que tenía la firma de Julia en una esquina.
—No recuerdo haber firmado nada, tampoco una ceremonia —contesté con un resoplido—. De hecho, cuando recobré la consciencia en el hospital, me dijeron que estaba casado con ella.
—¡Bien! ¡Puedo trabajar con eso! —exclamó emocionado—. Si no hay ningún documento que avale su unión, eso puede jugar en contra de Sharon. Sobre todo, por cómo dispuso de tus cosas como si fueran suyas. Tenemos todo un caso aquí.
—Empieza por invalidar el divorcio —pedí con firmeza antes de colgar y dirigirme hacia Carl, lo tomé del hombro y lo hice girar hacia mí—. ¿Tú sabías todo eso? ¿Sabías de Julia?
—Bueno, no sabía todos los detalles, pero sí sabía que Julia era tu esposa —contestó encogiéndose de hombros.
—¡¿Por qué carajos no me lo dijiste?! —exclamé furioso. Era una maldita sanguijuela despreciable.
—¡Porque no fuiste suficiente para ella! —gritó de vuelta, empujándome con ambas manos, haciéndome retroceder—. Dejabas que Sharon la maltratara y la humillara. Incluso, si no fuera por que te avisé, Julia hubiera sido llevada por la policía de migración pese a que tenía sus papeles en regla.
»Casados la hiciste pasar por tu secretaria y la trataste con desprecio. Todos lo vimos, nadie dijo nada, porque no era nuestra responsabilidad. —Negó con la cabeza y se apartó—. Sinceramente, nunca estuve muy seguro de que merecieras tenerla de regreso, pero también estaba seguro de que ella era mejor que Sharon y le haría más bien a ti y a la empresa que esa rubia tonta.
»Así que solo te traje a ella y dejé que las cosas se dieran como se tuvieran que dar. Dejé todo a la suerte y, curiosamente, pese a todo, es como si no pudieran estar lejos el uno del otro. No sé si para amarse incondicionalmente o para destruirse entre ustedes, pero siguen encontrándose y buscándose como si fuera parte de su naturaleza.

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