SANTIAGO CASTAÑEDA
Durante todo el camino intenté contactar a Julia, pero no contestaba. Podía apostar a que estaba con Matthew por lo que me había dicho Liliana, y eso me hacía rabiar. ¡¿Cómo podía volver a caer de esa manera?! Me sentía frustrado, ansioso, con ganas de desviar mi camino y buscar a ese hijo de puta para meterle un par de balazos en la cabeza.
Ya estaba harto de comportarme comprensivo con todo esto.
Llegué a la escuela y toqué con firmeza en la puerta. En cuestión de segundos el encargado me abrió.
—Señor Castañeda —me saludó con cordialidad y respeto, haciéndose a un lado para dejarme pasar.
—¿Dónde está mi hijo? —pregunté sin siquiera voltearlo a ver.
—¡Señor Castañeda! —exclamó la maestra que momentos antes se había comunicado conmigo. Se acercó con mucha familiaridad y cuando notó que no compartía su alegría mantuvo la distancia y se sonrojó—. Me alegra que haya llegado. He seguido intentando comunicarme con su esposa, pero ella no responde. Estoy preocupada…
—¿Preocupada? —pregunté con sorna—. No sabía que eran amigas.
Odiaba el falso interés. Odiaba que la gente fingiera empatía solo para agradar.
—¿Dónde está mi hijo? —pregunté una vez más, conteniendo la amenaza justo en mi paladar, pero si seguía haciéndome perder el tiempo, entonces tendría que ser más rudo.
—Por aquí… —dijo con una sonrisa tímida antes de dar media vuelta y comenzar a trotar hacia el patio de recreo.
Me troné el cuello y ajusté mi saco antes de seguirla. Tenía el estómago revuelto.
No me costó encontrar a Mateo con la mirada. Estaba sentadito en una banca, balanceando sus pies de manera adorable mientras comía lo último del abundante desayuno que Julia siempre le mandaba, era como si pensara que no lo volveríamos a ver en toda la semana, aunque en el fondo ella hacía tanto porque sabía que a Mateo le encantaba compartir.
Había heredado la bondad de su madre.
A su lado identifiqué a una monja, o más bien una novicia por el color y sencillez de su ropa. Una blusa blanca abotonada hasta el cuello. Un chaleco gris y una falda larga del mismo color. Una ropa aburrida, sin color, pero curiosamente en esa mujer se veía bien, su figura era delgada y estilizada, sus tobillos finos y lo poco que podía ver de sus pantorrillas prometía unas piernas de tentación.
Su cabello aún no estaba cubierto por ese velo que acostumbran las monjas consagradas. Solo tenía una pequeña diadema blanca que sostenía su melena negra y abundante. Conforme nos acercábamos sentí algo extraño en el pecho que aún no sabía cómo describir.
—¡Mateo! ¡Mateo! ¡Tu papá ya llegó por ti! —exclamó la maestra sacudiendo la mano en alto. Entonces la novicia levantó la mirada hacia nosotros mientras le mordía la cabeza a un dinosaurio hecho con manzana.
Sus hermosos ojos verdes se clavaron en los míos y todo se fue a la m****a. Mi cuerpo colapsó. Aunque mis pasos eran firmes, las piernas me estaban temblando. ¿Era Alex? ¡Alex! ¡Carajo!
Primero disfrazada de hombre y ahora de monja. ¿A qué jugaba esta mujer? Aunque… bueno, ese fetiche por los disfraces era algo que podíamos explotar a mi favor.
—¡Papito! —gritó Mateo en cuanto me vio y de un brinco bajó de la banca y corrió hacia mí, con todas sus fuerzas. Me incliné para recibirlo en mis brazos y estrecharlo—. Pensé que se habían olvidado de mí.
Sus ojitos se llenaron de lágrimas y su boquita se torció en un puchero. Como me dolía hasta el alma que él estuviera triste.
—Jamás nos olvidaríamos de ti —respondí acariciando sus cabellos con ternura mientras lo refugiaba contra mi pecho. Mi pequeño, todo chiquito y todo pachoncito. ¡¿Cómo no iba a adorarlo, aunque no fuera mi hijo?!
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!