JULIA RODRÍGUEZ
—¿Señora? —preguntó la sirvienta viéndome con preocupación—. Disculpe que me entrometa, pero… es que… su teléfono no ha parado de sonar.
Entonces levantó mi celular, el cual había dejado en la habitación con el resto de mi ropa. Lo tomé para ver la pantalla más de cerca y palidecí.
—¡Es de la escuela de Mateo! —exclamé horrorizada y de un brinco bajé de la mesa. La maestra me había estado llamando y al ver la hora lo comprendí—. ¡Ya se me hizo super tarde para ir por él!
Salí del comedor casi corriendo, sin intenciones de dar más explicaciones. ¡¿Cómo se me había olvidado mi pequeño?! ¡La culpa me estaba corrompiendo!
¡Por un momento de calentura se me habían sacudido las prioridades!
—¡Julia! ¡Espera! —escuché a Matt gritar detrás de mí, pero no me detuve hasta que llegué a la puerta principal y posó la mano sobre la madera, evitando que la abriera—. Detente… No puedes salir corriendo así. Te recuerdo que no llegaste en tu auto. Yo te llevaré.
Levanté mi atención hacia él y entorné los ojos con desconfianza.
—¿Piensas que será así de fácil? ¿Crees que llegaremos juntos como si fuéramos pareja? —pregunté con los dientes apretados—. Aquí tú no eres nadie. Aquí quien te vea metiéndote con la esposa del patrón, te hará pagar.
»No tienes idea de quién es Santiago.
—La tengo. Sé perfectamente quién es él y quién es su padre —agregó de inmediato, con media sonrisa—. No tengo miedo.
Entonces abrió la puerta, pero yo me quedé un momento viéndolo directamente a los ojos. Matt era valiente, no lo negaba, pero… en estas circunstancias, me parecía que más que valiente, era temerario, por no decir tonto. Estaba poniendo su vida en peligro.
—¿Vamos? —preguntó sacándome de mis pensamientos. Entonces vi el auto negro que nos esperaba—. Prometo portarme bien.
»Quiero ver a Mateo, déjame… estar cerca de él. Prometo no decir que soy su padre, no insistiré, pero tú necesitas llegar rápido y yo… —Suspiró apesadumbrado. No le gustaba suplicar—. Yo necesito pasar más tiempo al lado de ambos, todo el que pueda obtener, hasta que aceptes que tu lugar está a mi lado.
—Pues deberás de esperar sentado —contesté con la mayor dignidad posible antes de salir de la casa con Matthew pisándome los talones.
Abrió la puerta del auto y pude sentir como aprovechaba esos momentos de cercanía, inhalando mi perfume, dándome caricias furtivas y disimuladas, pequeños roces en mis manos o brazos que me estremecían.
Al quedar encerrada dentro del auto, percibí el aroma de cuero de los asientos mezclado con su loción tan varonil. De nuevo me estaba enamorando de él como al principio. De nuevo estaba cayendo. ¿En verdad estábamos condenados a reencontrarnos? ¿De esa misma manera estábamos condenados a lastimarnos?
En cuanto entró, me ofreció su teléfono con el GPS activo.
—Necesito la dirección de la escuela de Mateo —dijo con tranquilidad disimulada.
Apreté los labios, desconfiada, sintiendo que perdía mucho tiempo entre más dudaba.
—Solo quiero que sepas que es una escuela muy especial y no hay manera de que alguien que no sea yo o Santiago puedan entrar por él —contesté mientras apuntaba la dirección, como si eso fuera suficiente para ahuyentarlo.
—¿Perdón? —pregunté casi sin aliento—. Eso es imposible. Lleva cinco años vigente.
—Todo es posible con el dinero suficiente —contestó encogiéndose de brazos y sus ojos azules se clavaron en mi rostro, desconcertándome—. Te dije que esto podía ser por las buenas o por las malas.
Antes de que pudiéramos seguir discutiendo, el semáforo cambió de color al mismo tiempo que un auto aceleraba hacia nosotros, rechinando llanta.
—¿Qué carajos? —preguntó Matt levantando la mirada hacia el retrovisor al mismo tiempo que yo me asomaba entre los asientos.
El auto avanzó, pero no lo suficientemente rápido. El carro de atrás chocó con la defensa, empujándonos hacia delante.
—Sujétate —dijo Matt moviendo la palanca de velocidades. El motor rugió con ferocidad y el auto que nos perseguía se hacía cada vez más lejano—. ¿Son los hombres de tu esposo?
Aunque había preguntado con una sonrisa, el resto de su rostro permanecía tenso.
—No, imposible —respondí exprimiendo mi cabeza, pensando en esos hombres que me dispararon en medio de la noche. Algo andaba mal. Alguien estaba intentando dominar este territorio y retar a los Castañeda.
Entonces otro auto salió de la avenida frente a nosotros, golpeándonos de lado y atrás haciéndonos girar como trompo. Matt intentó controlar el volante, pero el auto no se detenía hasta que se recargó en la valla de contención que nos detuvo de caer directo a un barranco que daba al mar.
La vista era hermosa, pero no bajo esas circunstancias.

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