ALEX GARCÍA
Después de lo ocurrido en la escuela no pude sacarme de la cabeza a Santiago y la manera en la que me veía. Cada vez que estábamos tan cerca era como si el aire se volviera más denso, como si a mi corazón le costara latir y se desesperara.
—¿Hermana, todo bien? —me preguntó la madre superiora arqueando una ceja.
—Sí, todo bien —respondí con una sonrisa de esas que cuestan mantenerlas.
—Interesante, entonces… ¿podría cargar al niño de manera correcta y alimentarlo? —preguntó torciendo los ojos.
Bajé la atención hacia el pequeño que acunaba, efectivamente lo tenía de cabeza. Cuando me asomé, el niño comenzó a reír divertido, ya tenía la cara roja. Lo acomodé en mis brazos y le acerqué el biberón al que de inmediato se prensó.
Al salir de la escuela había acompañado a la madre superiora al área de pediatría en el hospital. Había niños sin hogar que estaban enfermos y necesitaban tratamientos especiales antes de ser enviados al orfanato. Era sorprendente darse cuenta de cuántos niños eran abandonados por sus madres una vez después de parirlos.
¿Cómo tenían el corazón de dejarlos atrás?
¿Cómo tenían la fuerza para escapar después del parto?
¿Era tanta su desesperación por deshacerse de ellos que no importaba el dolor ni el cansancio?
—Eres una buena persona, Alexandra, pero no todas las buenas personas tienen vocación de monja o sacerdote —dijo la madre superiora mientras movía una muñeca de trapo frente a los ojos de una niña, haciéndola reír aún con el suero en su manita y el oxígeno en su nariz—. Tienes un buen corazón, pero tus métodos no van acorde a nuestros preceptos.
—¿No soy una buena novicia? —pregunté con amargura. Ni siquiera entendía porqué me importaba tanto cuando no estaba segura de que ese fuera mi camino. Entonces ella volteó hacia mí, sin enojo, sin reproche, solo viéndome como si tratara de entenderme.
—Robas, mientes, peleas… ¿en qué momento has visto que alguna de nosotras haga eso? —preguntó arqueando una ceja.
—No hay forma de comprobarlo —contesté encogiéndome de hombros.
—Tampoco de desmentirlo —agregó sonriendo y se acercó a mí después de dejar la muñeca en brazos de la niña—. Alex… pronto será la consagración de las novicias. Ha sido un camino muy largo. ¿Estás segura de que quieres esto? Como monja no podrás salir tan fácil del convento, mucho menos seguir escapándote furtivamente.
»Tu compromiso será mucho mayor. ¿Estás consciente de eso?
Sentí la presión en el pecho. Tuve que desviar la mirada hacia el pequeño en mis brazos que parecía atento, esperando también una respuesta.
—La vida de monja no es lo único que existe en este mundo. También puedes salir allá afuera como una mujer que forme una familia, que tenga hijos, que encuentre el amor y que siga ayudando a los demás, pero de formas diferentes —dijo tomando al bebé de mis brazos, para comenzar a sacarle el aire.
—Lo sé, pero… los hombres del señor Castañeda planean tomar el hospital. Cuando se instalen, nadie podrá salir ni entrar —dijo la enfermera ansiosa—. Al parecer la esposa del señor Santiago está hospitalizada.
Mientras la enfermera pasaba por mi lado, directo al área de pediatría, lo vi entrar. Era Santiago, estaba rodeado con sus hombres. Su andar era seguro, imponente, el abrigo sobre sus hombros ondeaba con su andar y sus cabellos estaban atados en una pequeña cola.
Mi corazón se detuvo. Me quedé sin aliento y me maldije por eso. ¡Era una monja! ¡No tenía que sonrojarme por un hombre!
Y sin darme cuenta mis pasos lo siguieron. Quería escabullirme sin que me viera, y al mismo tiempo quería que lo hiciera, quería que me descubriera y entonces volviera a sentir lo que siempre sentía cuando sus ojos se enganchaban a los míos.
Como una adolescente enamorada avancé hacia él, mientras que todos lo esquivaban como si fuera un ave de mal agüero.
—¡Estoy bien! —gritó alguien saliendo de una de las habitaciones. La reconocí de inmediato, era Julia, su esposa, la mujer que yo pensaba era su tapadera—. ¡No pienso quedarme aquí!
—Pero señora, necesita reposo —dijo uno de los doctores detrás de ella, mientras intentaba que no se arrancara nada más del cuerpo.
Entonces mi estómago se retorció, como si hubiera recibido un golpe certero que me sacó el aire.
Santiago la envolvió en sus brazos de manera protectora y ella correspondió, escondiendo su rostro en el pecho de él.

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