CAPÍTULO 15. Feliz divorcio
“SENTENCIA DE DIVORCIO”
Por un segundo el cerebro de Jordan se quedó en blanco, porque no decía “Contrato de Divorcio”, no había una posibilidad de negarse, no había línea en blanco para su firma… porque su firma ya estaba allí.
—¿Qué es esto…?
—Exactamente lo que parece —replicó Katerina mirándolo a los ojos—. Una sentencia de divorcio. Documentada, fechada y valida desde hace cuatro horas. Yo no me llevo nada tuyo, tú no te llevas nada mío. Nos separamos como dos extraños que no tienen razón para volver a encontrarse. Creo que es lo mejor para los dos.
—¡Yo no firmé esto! —espetó Jordan con impotencia, sacudiendo el contrato y ella suspiró, mirando de reojo a Angela, que perdió el aliento en ese segundo.
—Llévalo con un perito —siseó—. Si no fue firmado por ti, entonces puedes reclamar lo que quieras. Pero mientras tanto, este evento acaba de convertirse en una celebración muy diferente, y ustedes no están invitados. Seguridad.
Llamó en voz baja, porque mientras Katerina Oslova tenía que defenderse con uñas y dientes en su propia casa, Katerina Orlenko ni siquiera tenía que subir el tono para ser obedecida. Y ese contraste le provocó una punzada de dolor que se encargó de esconder bien.
Doce guardias rodearon a los Blackwood sin tocarlos y uno de ellos señaló a la salida con educación mientras Katerina les daba la espalda. Jordan quería gritar, reclamar, exigir explicaciones allí mismo, pero hacerlo habría significado demostrar delante de toda aquella gente que había perdido todo el control sobre su empresa y sobre su vida.
Se dio la vuelta y salió sin escuchar las quejas y los reclamos de su madre y de Angela, y no se inmutó cuando seguridad sí las sacó a ellas a empujones. Se detuvo en la puerta como si no pudiera respirar, adentro empezaban los brindis, las risas y las verdaderas negociaciones, porque Orlenko Capital Trading por fin estaba presentando a la negociadora feroz detrás de su éxito.
—¡Jordan! —escuchó la voz de Jasmine y caminó hacia la calle para pedir un taxi, ni siquiera quería subirse con ellas en el mismo auto para volver a la casa.
—Conduzca —siseó en cuanto se subió a uno.
—¿A dónde lo llevo, señor?
—A ningún lado, solo conduzca —respondió y un segundo después el taxi avanzaba a toda velocidad por una de las principales avenidas de Manhattan.
Pero ni una hora ni diez iban a borrarle de la cabeza todo lo que había pasado a esa noche: la verdadera identidad de Katerina, el robo de Angela, el fracaso de la firma… y aun así, nada de eso podía comprarse con lo que estaba a punto de pasar.
Cuarenta minutos después el taxista lo dejaba frente a su casa, y cuando entró, Jordan sintió que el aire se le iba del cuerpo. No era perceptible a simple vista, era la sensación de vacío, de saber que algo cálido debía estar ahí… pero no estaba.
Sobre la mesa de entrada faltaba la vasija de cerámica para poner las llaves que Katerina había hecho una tarde. Su madre siempre la criticaba. Ahora había desaparecido.
Corrió a la cocina y abrió cada alacena con desesperación. La vajilla china estaba ahí, la taza de pollo no. Las lámparas italianas seguían en el techo, la vela de lavanda en una esquina de su escritorio, no. El closet seguía lleno de vestidos, de zapatos, de joyas, de todo lo que él había comprado… pero el pijama de flores diminutas que él le había ofrecido cambiar mil veces por batas de seda, ya no estaba.
Jordan retrocedió como si lo estuvieran golpeando. La casa seguía siendo lujosa, perfecta, de catálogo. Solo había desaparecido ella, cada rastro de ella. Ni siquiera una fotografía…

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