CAPÍTULO 16. Costumbre
Por un segundo la sala se quedó en completo silencio, luego Angela subió las escaleras a su habitación como si le hubieran dicho una ofensa injusta y no la verdad en su cara. Y Jordan… Jordan se tambaleó en medio de la estancia como si de repente llevara en la espalda un peso con el que ya no podía.
—El divorcio salió, pero yo no lo firmé —murmuró como si eso explicara algo—. Yo no quería divorciarme, yo quiero a Kat…
—Tú querías a la mujer tranquila que te puso como centro de su vida, pero nunca la mereciste —replicó su padre—. Y si firmaste o no el divorcio, será mejor que lo averigües… y que averigües qué más firmaste sin revisar.
Jardan retrocedió como si lo hubieran golpeado en el estómago. Porque aquello tenía algo de peligrosamente cierto: necesitaba saber la verdad, toda la verdad, aunque fuera tarde.
Salió de la casa atropelladamente, y se detuvo en medio de su propia cocina, como si pudiera ver el fantasma de Katerina en su silla de siempre.
No lloró, porque Jordan Blackwood jamás había aprendido a llorar, había aprendido a solucionar, aunque no podía negar que las manos le temblaron mientras le marcaba al abogado principal de la empresa.
—Necesito una auditoría externa urgente para Blackwood Holdings —ordenó con voz tensa—. Sí, la empresa completa. Mientras tanto Angela Blackwood queda separada de su cargo, todos sus accesos están revocados, igual que su autorización electrónica y su sello digital. Si pone un pie en las oficinas, quiero que Seguridad la saque.
Del otro lado el abogado hizo algunas preguntas precisas y luego Jordan pasó saliva antes de su siguiente orden.
—Y necesito urgentemente al mejor abogado familiar de Nueva York, y a un perito grafológico. Tengo una sentencia de divorcio que revocar.
Colgó con la sangre latiéndole en los oídos, y una desesperación que ni siquiera sabía cómo explicar. Se arrancó la corbata con violencia y se metió al baño para sacarse el olor a evento fracasado, pero cuando se miró en el espejo del baño, su estómago se hundió.
Sobre la pequeña repisa junto al espejo estaba la alianza de matrimonio de Katerina. Solo un listón pequeño de oro blanco, lo que habían podido conseguir en medio de un país en guerra para una boda apresurada. Él le había prometido un gran diamante cuando llegaran a Estados Unidos… jamás se lo había comprado.
Al principio se había dicho que solo era un matrimonio por contrato para ayudar a alguien… para enfocarse en otra mujer.
Y ahí estaba la verdad y la vergüenza: sí, le había gustado su hermana adoptiva, había tenido un crush feroz con ella cuando Angela había regresado de la universidad, pero su padre lo había obligado a terminarlo.
Luego cuatro años de contención… y luego había llegado Katerina.
Primero había sido una justificación para él:
—Ahora estoy casado —se decía para no pensar en Angela.
Luego se había acostumbrado a tenerla a su alrededor. Se había acostumbrado a ser dulce con ella como no lo era con nadie. Y habría podido decir que era costumbre y cariño toda la vida… de no ser porque su ausencia pesaba como el maldito hueco de una bomba nuclear.
—¡Mierd@, mierd@! —gritó furioso, golpeando el cristal hasta que la sangre salpicó la superficie, y Jordan sacudió sus nudillos cortados.
Se puso la alianza en el dedo meñique y pasó el resto de la noche dando vueltas por la casa, porque no sabía cómo dormir solo en una cama donde ya había dormido con ella.

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