CAPÍTULO 18. Un hombre sin control
Y ahí había un problema interesante: porque Ángel Rivera era su amigo desde la infancia, su crush adolescente y su sexo casual desde que los dos habían descubierto el Kamasutra en la adusta biblioteca de su abuela.
Pero Katerina no tenía el alma lista ni siquiera para sexo de desquite.
—Ángel... acabo de divorciarme —murmuró y él dejó de sonreír apenas un instante.
—Joder, te enamoraste —dijo arrugando el entrecejo.
—Pues sí. Y hasta que no se me pase, no voy a estar lista para nada más —confesó ella.
Por un momento Ángel suspiró y luego tiró de ella hacia el borde de la encimera, pegándola a la calidez de su abdomen.
—Entonces te diré lo mismo que te he dicho desde que éramos chicos: “No te estoy pidiendo el corazón, corderito…”
—“¡Solo te estoy ofreciendo mi cuerpo en sacrificio!” —exclamaron los dos al unísono y rieron hasta que la risa se convirtió en un jadeo suave, nostálgico.
El nuevo pitido del teléfono los sobresaltó y luego otro y otro y otro, hasta que Ángel lanzó una maldición baja y su mano fue a la nuca de Katerina, tirando de ella hasta que su boca se estampó contra la suya con un beso tórrido y desesperado. Y ella ya conocía esa boca, conocía esa lengua, conocía la intención con que sus labios bajaron por su garganta un segundo después, erizándole la piel, haciéndola estremecerse…
Lo que no conocía era la malicia con que presionó el botón de contestar en el mismo momento en que mordía su cuello.
—¡Ah…! —Aquel gemido de satisfacción salió del fondo de su pecho en el mismo instante en que Angel levantaba el celular contra su boca, y del otro lado solo se escuchó un tono consternado.
“¿¡Kat…!?” balbuceó Jordan antes de que su voz saliera llena de rabia. “¡Katerina! ¿Dónde estás? ¿¡Con quién demonios estás!?...”
Pero antes de que ella lograra articular una palabra, Angel se llevó el teléfono al oído y dio un paso atrás con una sonrisa socarrona.
—Blackwood, tú no tienes derecho a exigirle nada a una mujer que ya no es tu esposa —siseó y luego miró a Katerina a los ojos, sin colgar—. Y tú, ¿te quitas la ropa sola o te la quito con los dientes?
Sus ojos eran un desafío cuando colgó la llamada antes de que Jordan pudiera ponerse a vociferar, y apagó el teléfono directamente antes de lanzarlo sobre la encimera.
—Listo, si escuchas una explosión, fue la cabeza de tu ex estallando.
Los dos rieron con complicidad, y aunque podían imaginarlo, ninguno de los dos sabía realmente lo que aquella llamada le había hecho a Jordan Blackwood.
—¡Kat…! ¡Katerina!... ¡KAT! ¡MALDIT@ SEA, KAT! —rugió con impotencia mientras ninguna de sus llamadas lograba conectarse de nuevo.
Sus dedos temblaban de furia y la desesperación terminó con el teléfono lanzado y hecho pedazos contra la pared más cercana.
—¡Maldición! —gritó mesándose el cabello y caminando por aquella oficina como si acabaran de anunciarle la bancarrota de toda su vida.

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