CAPÍTULO 20. Una contra propuesta
Jordan tampoco durmió aquella noche. Se quedó sentado en el borde de la cama durante horas, con el teléfono entre las manos, mirando una pantalla que seguía igual de vacía que desde la tarde anterior. Sin mensajes. Sin llamadas. Sin una sola señal de Katerina.
Había perdido la cuenta de cuántas veces había intentado marcar su número, y siempre obtenía la misma respuesta mecánica.
“El teléfono al que llama se encuentra apagado o fuera del área de cobertura...”
A las dos de la madrugada volvió a intentarlo. A las tres. A las cuatro. Y cuando el amanecer apenas empezaba a teñir de gris los ventanales de la habitación, el móvil vibró.
Su corazón dio un vuelco… pero cuando miró la pantalla, solo era su madre.
—¿Qué pasó? —contestó con voz cansada.
“Ven a desayunar a casa. Tenemos que hablar como familia.” pidió y Jordan cerró los ojos un instante.
—No.
Del otro lado hubo un breve silencio, porque su madre no estaba acostumbrada a esa palabra saliendo de su boca.
“¿Cómo que no? Jordan… Angela está devastada...”
—Y yo no tengo nada de qué hablar con ella ahora mismo. El dinero puede devolverlo a través de abogados.
“¡Jordan…!”
—Mamá, no voy a ir —gruñó y colgó antes de escuchar la respuesta, y como sabía que su madre era capaz de ir a su casa solo a incordiarlo, se alistó temprano y salió hacia la oficina antes de que pudieran detenerlo.
A las siete en punto de la mañana, cruzó las puertas de Blackwood Capital, y ni siquiera se había quitado el abrigo cuando su secretaria se acercó.
—Señor Blackwood, un señor que no quiere dar su nombre lo está esperando.
Jordan sabía quién era, así que caminó directamente hacia la sala de reuniones pequeña, donde el investigador se encontraba de pie junto a la mesa con una carpeta bastante delgada.
—Señor Blackwood, le traigo toda la información que se puede encontrar sobre Katerina Orlenko —dijo y Jordan tomó la carpeta con rapidez.
—Pero… ¡aquí no hay información! —exclamó.
—Exacto. Solo su nombre, lugar de nacimiento, y nombres de sus padres. Ni siquiera aparece su fecha de nacimiento, ni una dirección, ni propiedades, ni sociedades, ni cuentas bancarias. ¡Nada! Su identidad digital es impenetrable, no se puede sacar nada de documentos públicos.
Jordan se dejó caer sobre aquella mesa, porque por primera vez estaba dimensionando realmente el poder de su esposa.
—Es… imposible —murmuró.
—No para personas de ese nivel. Verá, todas las propiedades, inversiones, sociedades y participaciones empresariales aparecen registradas mediante fideicomisos, holdings y entidades interpuestas. Ningún activo figura directamente a su nombre, ni siquiera una dirección, o vehículos, o teléfonos.
El detective juntó las manos delante del cuerpo.
—A la señora Orlenko no se le puede rastrear a menos que sea… físicamente.
—¿Quiere decir “seguirla”?
—¿Tiene algún problema con eso? —lo increpó el abogado.
—¡Claro que no, le estoy pidiendo su dirección para seguirla yo mismo! —espetó Jordan sin darse cuenta de que aquello no se veía precisamente racional.
—Bien, en ese caso… —el detective se puso de pie—, escuché que tiene una reunión aquí a las nueve. Me encargaré de empezar desde ahí.

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