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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 22

CAPÍTULO 22. Todavía me amas...

Y sí, era veneno destilado lo que le salía de la boca, pero Jordan no podía rebatir nada de aquello, porque nada era mentira. Había tantas cosas que quería decir, tantas explicaciones, tantas disculpas, pero ninguna parecía suficiente.

—Nunca quise hacerte daño —murmuró y ella sonrió con una tristeza que le resultó insoportable.

—Ese siempre fue el problema, Jordan —Su voz apenas era un susurro fastidiado—. Nunca quisiste, pero tampoco hiciste nada para impedir que otros lo hicieran.

Las palabras le atravesaron el pecho y Jordan bajó la cabeza unos segundos. Y cuando volvió a levantarla, la desesperación había sustituido al orgullo.

—Todavía podemos arreglar esto —dijo y Katerina negó despacio.

—No hay nada que arreglar. Nos casamos con una mentira, fingimos querernos lo suficiente como para vivir juntos un año… pero la mentira se acabó.

—¿Mentira? —El pecho de Jordan vibró como si lo hubieran golpeado. Tiró de ella hacia el borde de la mesa y sus cuerpos quedaron tan pegados que Katerina podía sentir todo el calor que emanaba de su cuerpo.

Esa misma maldit@ prepotencia que tenía para quienes debían obedecerlo seguía allí, aquella aura de chico malo, magnate despiadado y adolescente lujurioso era una mezcla insoportable que desde hacía un año la hacía cerrar los ojos y olvidarse del mundo cuando lo tenía demasiado cerca.

—¿De verdad crees que todo lo que pasó entre nosotros fue mentira? —susurró él rozándole la mejilla con la nariz.

Su aliento se repartió en un gruñido suave sobre su boca sin llegar a besarla, y los nudillos de Katerina se pusieron blancos tratando de resistirse a aquel latigazo de placer que le castigaba el vientre y le mojaba las bragas solo con tenerlo cerca.

No, confianza ya no había, pero la piel no llevaba un registro de traiciones, el cuerpo quería darse el gusto, aunque el corazón siguiera roto.

—Todavía me amas… —murmuró él, con la absurda esperanza de que aún podía extender una mano y recuperar todo lo que había perdido.

—Todavía me gusta follar contigo, Jordan. No son la misma cosa —sentenció Katerina abriendo las piernas con un gesto deliberado—. Podemos hacerlo aquí mismo si quieres —susurró acariciando la línea de su mandíbula antes de mirarlo a los ojos—. Pero luego saldré por esa puerta y seguiré siendo la misma extraña en la que me convertiste por proteger a la persona equivocada.

Solo eso bastó para que el cuerpo de Jordan se pusiera rígido. Sí, estaba acostumbrado a callarla con sexo, probablemente todavía podía hacerlo… pero ponerla de nuevo en su cama no la pondría de nuevo en su cocina, sentada sobre sus piernas, compartiéndole café en su taza pintada de pollo mientras no lo dejaba leer el periódico.

Y esa revelación fue la que lo hizo retroceder como si lo hubieran abofeteado: se había enamorado de ella de verdad. Podía tener su cuerpo, pero lo que realmente quería era todo lo demás.

—Kat… —su nombre salió como un ruego, pero Katerina apoyó una mano firme sobre su pecho y lo apartó lo suficiente para recuperar espacio entre los dos.

—Lo más increíble de todo... es que todavía tienes los ojos cerrados —suspiró, bajándose de la mesa y recuperando aquella calma que se había vuelto su mayor escudo.

Se acomodó el saco blanco de su traje y tomó nuevamente la carpeta; y Jordan comprendió que estaba a punto de perderla y esta vez para siempre, no como un idiota o como un hombre que la había dado por sentada, sino como el esposo que no había peleado hasta el final, por cualquier medio o con cualquier arma que tuviera a mano.

—Voy a anular ese divorcio —declaró con decisión y ella ni siquiera pestañeó de la sorpresa mientras lo veía caminar hacia la puerta—. Langley —llamó y el abogado abrió inmediatamente.

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