CAPÍTULO 24. La mitad de una fortuna
Aquella noche Katerina regresó sola a su departamento. Se quitó los zapatos al entrar, dejó el bolso sobre el sofá, preparó una taza de café cargado y durante más de una hora permaneció sentada junto al ventanal contemplando las luces de la ciudad.
Jordan había cometido un error, uno enorme si pensaba convertir la mediación en una batalla para recuperarla, porque si le daba un micrófono, entonces Katerina iba a cantarle todas las verdades que no sabía, aunque a él le reventara la vena de la frente por escucharla.
Cuando terminó el café, ya sabía exactamente cuál sería su primer movimiento, y era uno que nadie se esperaba. Precisamente por eso a la mañana siguiente, poco después de las ocho la puerta del comedor de Jasmine se abrió de par en par con un chillido teatral, y ella se quedó paralizada con una taza de té en la mano y los ojos muy abiertos de la sorpresa.
—¿Katerina?
Katerina entró con la misma tranquilidad con la que habría entrado en su propia casa. Vestía un conjunto color marfil de líneas elegantes, el cabello perfectamente recogido y una serenidad que resultaba mucho más intimidante que cualquier gesto de rabia.
—¿Tú qué carajo haces aquí? —Angela dejó su taza sobre la mesa con un gesto de desagrado y se levantó con una mueca.
Pero Katerina ni siquiera la miró. Caminó hasta el aparador, tomó una taza de porcelana, sirvió café recién hecho y después ocupó uno de los sillones con absoluta naturalidad. Cruzó una pierna sobre la otra y dio un pequeño sorbo antes de hablar.
—Buenos días a las dos. ¡Qué bueno verlas de tan buen ánimo!
El silencio se volvió todavía más pesado.
—¿Quién te dio permiso para entrar? —escupió Jasmine y Katerina levantó una ceja.
—Durante un año entré por esa puerta todos los días. Conozco mejor esta casa que muchos de sus empleados. ¡Ah, y tampoco han cambiado las claves de las puertas!
Angela golpeó la mesa con la palma.
—¡Lárgate de aquí! —gritó mirando por la ventana hacia la propiedad de al lado porque lo último que quería era que Jordan apareciera y se la encontrara.
—No te preocupes, no tardaré mucho. —Katerina dejó la taza sobre el platillo, sacó una carpeta de cuero y la dejó encima de la mesa—. Vine únicamente a entregarles esto.
Angela abrió la carpeta con brusquedad y apenas leyó la primera página, el color desapareció de su rostro.
—¡¿Qué es esto?! —preguntó levantando los documentos con las manos temblando—. ¿¡Jordan quiere anular el divorcio!?
Su graznido resonó por toda la estancia. Jasmine le arrebató los papeles y comenzó a leerlos rápidamente; y su expresión pasó de la sorpresa al desprecio.
—Así que mi hijo decidió arrepentirse... —Soltó una risa seca.
Katerina simplemente tomó otro sorbo de café.
—Pues según él, nunca quiso divorciarse —sonrió, y vio cómo su ex suegra apretaba los puños.
—Durante un año te hiciste pasar por una pobre desamparada —siseó Jasmine con frialdad—. Viviste del dinero de mi hijo, de su apellido, de su protección y de todo lo que él te compró.
Angela recuperó parte de su seguridad.
—¡Y ahora resulta que eres una Orlenko! ¡Nos engañaste a todos!
—Ustedes no preguntaron, solo asumieron que era pobre y desamparada porque era lo que les convenía —replicó Katerina sin emoción.

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