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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 27

CAPÍTULO 27. Entrenada para gobernar

Jordan cerró los ojos durante un instante, encajando el golpe como si fuera una prueba más de que realmente había estado ciego.

—¿Que conoce a Katerina? —preguntó con un siseo bajo.

—Eso salió después de saber del escándalo —le contó Byron—. Resulta que el señor Alexei Orlenko envió a su hija a vivir un año a casa del señor Tanaka, para que aprendiera todo sobre los movimientos del mercado japones.

—Hizo pasantías con él… —reflexionó Jordan.

—La mandó cuando tenía doce años —lo corrigió Byron con una sonrisa de admiración y Jordan levantó al cabeza como si le hubieran echado agua fría—. Al parecer tu esposa no es una cara bonita con aires de heredera —continuó su primo—. Está siendo entrenada desde niña para gobernar el imperio familiar, y es lo que ha estado haciendo.

—Katerina cocinaba en mi casa, Byron… —murmuró Jordan arrugando el ceño—. Y en el último año Orlenko Capital Trading cerró cuatro contratos millonarios.

—Así que ella hizo todo eso desde la cocina de tu casa, demostrando que está más capacitada para manejar vida personal y presión corporativa de lo que tú lo estarás jamás —sentenció su primo con un suspiro.

—Y yo regresaba a casa a las diez de la noche porque trabajaba demasiado —confirmó Jordan frotándose la frente con un gesto de agotamiento.

—¿No se pueden arreglar las cosas con ella? —preguntó Byron de repente y él respiró hondo.

—De momento estoy tratando de salvar mi matrimonio, pero no el proyecto. Después de lo que pasó con el desfalco, no tengo cara para insistir en esa inversión.

—Pero sí tienes cara para insistir en tu matrimonio.

Jordan se quedó paralizado por un segundo, pero no respondió, porque enfurecer no lo haría menos verdad, y Byron tenía una forma extraña de ser cruel mientras era absolutamente justo.

—Eso es otra cosa —murmuró y su primo se levantó, caminando hacia los ventanales mientras se metía las manos en los bolsillos.

—Tienes razón, tus metidas de pata maritales son asunto tuyo, pero la empresa es asunto de todos y la noticia ya circula entre varios fondos internacionales.

Jordan apoyó ambos antebrazos sobre el escritorio, con los puños apretados; y Byron permaneció observándolo unos segundos antes de preguntar:

—¿Entonces es cierto lo de Angela?

Jordan tardó en responder.

—La auditoría aclarará todo, y todo el dinero que se desvió será devuelto.

—Eso no responde mi pregunta.

Jordan exhaló lentamente, pero terminó asintiendo. La había defendido, la había defendido con culpa y con decisión, y ahora tenía que dejarla cargar las consecuencias de la misma forma.

—Todavía no sé hasta dónde llega su responsabilidad… pero quiero saberlo. Así que necesito que supervises personalmente la auditoría; sin interferir, pero reportándome directamente.

—Está bien, me encargaré, pero si lo que encuentre pone a Angela en la guillotina, voy a ser el primero en soltar la cuerda, ¿entendido?

Y Jordan no iba a discutir eso, porque él también se había pasado media vida consolidando una empresa de la que dependían más de dos mil familias, no podía permitir que nadie la llevara a la bancarrota con malos manejos.

—Entiendo. Gracias.

Byron tomó su portafolio con un gesto decidido, pero cuando se giró hacia la pueta se detuvo de repente, como si dudara de si debía decir lo que tenía en la punta de la lengua.

Para cuando llegó al edificio de la audiencia a las diez de la mañana, el lugar estaba inusualmente concurrido.

Jordan llegó acompañado únicamente por su abogado, y cuando faltaban unos pocos minutos para la hora fijada, vio detenerse una elegante camioneta negra frente a la entrada.

Katerina bajó primero, enfundada en un traje azul oscuro elegante, y caminaba con la misma serenidad con que había llegado a la firma días atrás.

A su lado bajó su padre, y detrás de ellos descendieron dos hombres de cabello entrecano, impecablemente vestidos, cargando únicamente unos portafolios de cuero negro.

El abogado de Jordan se quedó completamente inmóvil y Jordan pudo ver la lucha interna por más que tratara de disimularlo.

—Señor Blackwood... ¿Por qué no me dijo contra quiénes íbamos? —masculló entre dientes y Jordan lo miró confundido.

—¿Importa?

El abogado soltó una risa nerviosa.

—¡Muchísimo! Los abogados de su esposa son Jacob Lieberman y Connor Sheffield.

Jordan lo miró como si esperara una explicación razonable.

—OK, son buenos abogados, me imagino —rezongó—. Pero tampoco es como si fueran dioses.

Y ese fue el momento en que hasta Langley lo miró con una mezcla de admiración y lástima.

—No, señor Blackwood, no son dioses. Son los abogados que los dioses contratan cuando tienen ganas de pelear.

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