CAPÍTULO 33. Acorralado
El silencio que siguió a las palabras de Katerina no duró lo suficiente como para que a Jordan le doliera, pero sí para que su madre estallara.
—¡Jordan, no! —sollozó Jasmine mientras corría hacia él—. ¡Por favor, no puedes hacer esto!
Y por supuesto que Angela también rompió en llanto.
—¡Jordan, por favor! ¡No puedes denunciarnos por esta mujer! ¡No puedes mandarnos a prisión!
Las dos mujeres terminaron frente a él casi al mismo tiempo y Jasmine le sujetó ambas manos.
—¡Jordan, somos tu familia! ¡Soy tu madre, yo te crie, he estado contigo toda tu vida...! ¿Vas a destruirnos por un error?
Y Jordan sentía cada tirón de su familia como si fuera una sentencia.
—Nos equivocamos, sí, ¿pero no te das cuenta de que lo único que quiere esa mujer es arruinarnos? ¡Si realmente te amara no haría este teatro para que te vuelvas contra nosotras! —sollozó su madre llevándose una mano al pecho con desesperación—. ¡Oh Dios…! ¡Me siento mal! —Un segundo después estaba hiperventilando y Angela la sujetaba, chillando frenéticamente.
—¡No puedes elegir a una mujer antes que a tu propia sangre, Jordan! ¿Cómo le haces esto a mamá?
Pero primera vez desde que todo había comenzado, Jordan ni siquiera tenía ganas de reaccionar. Se dio la vuelta despacio, metiendo las manos en los bolsillos mientras una sonrisa triste aparecía poco a poco en su rostro: la sonrisa amarga de quien acababa de comprender una verdad demasiado tarde.
—Eres mucho mejor estratega de lo que jamás imaginé —dijo con una parte de admiración y otra de impotencia—. Antes no elegí como debía. No te elegí a ti. Y ahora tú haces que elegirte sea imposible —dijo apretando los labios con una chispa oscura en la mirada, pero cuando Katerina se levantó frente a él, no había ni rastro de emoción.
—No es que sea buena estratega, es solo que predije lo que harías —respondió levantando la barbilla—. Porque eres extraordinariamente predecible, Jordan.
Aquellas palabras le dolieron más que cualquier insulto, porque eran ciertas, ella había aprendido a conocer sus silencios y todo lo que había tras ellos.
—No vas a proceder penalmente contra tu madre y mucho menos contra tu hermana —dijo completamente convencida y Jordan dio un paso hacia ella.
—Kat...
—No has podido enfrentarlas nunca —lo interrumpió su ex esposa—. Así que no vas a empezar hoy. Y muchísimo menos vas a poner a tu esposa por encima de ellas.
La sala permanecía completamente inmóvil mientras cada palabra caía como un golpe perfectamente calculado.
—Entablar una denuncia penal contra tu propia familia por fraude abriría una brecha de la que se agarrarían todos tus enemigos: “¿Cuánto más ha firmado el CEO Blackwood sin leer?” “¿Cómo pudieron engañar al hombre que dirige una compañía millonaria?” “¿Será Jordan Blackwood la salvación de Blackwood Holding o la hundirá por su flojera para leer contratos?”
Katerina sonrió satisfecha mientras recogía su gabardina.
—Esos serán los titulares, y a esos no te vas a arriesgar —sentenció—. Así que después de todo… parece que tú y yo seguiremos divorciados.
—Aquí está preparada la denuncia contra tu madre —dijo con tono gélido y luego colocó un segundo documento encima—. Y esta es la denuncia contra tu hermana. Así que tienes dos opciones simples: o me dejas en paz, y quedamos tan divorciados como hasta ahora… o firmas estas denuncias, las presentas ante un fiscal y continuamos esta conversación delante de un juez, a ver si te permite seguir casado conmigo.
Jordan la miró a los ojos y no pudo ver ni el más mínimo rastro de la mujer que llenaba sus sábanas de olor a lavanda o que ponía su pijama en el cuarto de baño porque a él siempre se le olvidaba llevarlo. La esposa que había conocido ya no estaba frente a él.
—Solo quiero que quede algo muy claro, si vamos ante un juez, me encargaré de exponer públicamente toda la podredumbre de tu familia.
Su voz permaneció inalterable mientras tomaba su bolso y caminaba hacia la salida sin mirar atrás ni una sola vez. Y Jordan la observó marcharse sabiendo que ella había sabido acorralarlo de tal manera que, fuera cual fuera su decisión, lo destruiría. Elegirla a ella sería poner a su empresa y a su familia en medio de un juicio penal, y elegir a su familia sería perderla a ella.
—Bueno, esta fue una mediación interesante —declaró el licenciado Prowse—. Señor Blackwood, si quiere solicitar otra conciliación, comuníquese con mi asistente; aunque tal como están las cosas, yo le recomendaría quedarse divorciado.
Jordan lo miró con una expresión medio interrogante y medio ofendida, pero aquel hombre estaba acostumbrado a decir las cosas de frente.
—Su ex esposa no tiene cara de ser de las que perdonan, y encima las… “causas indirectas” de su divorcio —sentenció mirando a Jasmine y a Angela—, no parece que vayan a desaparecer de su vida. Si quiere un consejo, mejor deje las cosas como están. No confunda anular un divorcio con recuperar su matrimonio.
Jordan retrocedió como si esa última frase lo hubiera aplastado, porque de alguna forma inmadura, torcida y desesperada, eso era exactamente lo que estaba esperando: que anular ese divorcio borrara mágicamente todo el desastre que lo había llevado a él.
El licenciado Prowse salió con paso elegante, y todos fueron abandonando la sala. Pero Jacob Lieberman se detuvo justo antes de cruzarse con Jordan y este apretó las manos en los bolsillos.
—¿Usted también tiene un concejo irónico para mí, licenciado?

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