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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 37

CAPÍTULO 37. Una nueva voluntad

Jordan despertó con un gruñido. Cada latido de su corazón parecía golpearle directamente detrás de los ojos y la luz que entraba por los enormes ventanales del departamento de Byron resultaba casi insoportable.

—Maldit@ sea... —Intentó incorporarse y un dolor punzante le recorrió el cuello—. ¿Qué demonios...?

Había pasado la noche completamente doblado sobre el sofá; y le dolía desde la espalda hasta el orgullo.

En la cocina Byron estaba preparando café con tranquilidad y Jordan levantó la cabeza con expresión asesina.

—Hay tres camas en este departamento —gruñó mientras intentaba estirar el cuello—. ¿Por qué demonios no me tiraste en una?

Byron dejó la taza sobre la encimera y lo miró con absoluta seriedad.

—Porque la tortícolis forma parte de la experiencia de abandono y desolación.

Jordan le lanzó un cojín, pero su primo lo atrapó sin esfuerzo.

—Eres un imbécil.

—Pero uno muy hospitalario. —Le señaló una taza de café—. Tómate eso antes de que empieces a llorar otra vez.

Jordan tomó la taza sin responder. El café estaba tan fuerte que casi le devolvió el alma al cuerpo.

—Gracias… —murmuró—. Volveré por la otra botella pronto.

—¡Y encima me amenaza! —rio Byron, pero esa era suficiente despedida entre ellos, así que casi una hora después, Jordan abrió la puerta de su propia casa.

El silencio lo golpeó antes incluso de entrar. No había música, no había olor a café recién hecho, no había absolutamente nada que recordara a un hogar.

Caminó despacio hasta la cocina, tomó una taza y comenzó a preparar café, y mientras el líquido oscuro caía lentamente, levantó la vista y durante un segundo… creyó verla.

Katerina sentada sobre la encimera, balanceando distraídamente una pierna mientras sostenía entre las manos aquella ridícula taza amarilla.

Pero lo jodido de los recuerdos era que también podía ver otras cosas. Si miraba a la mesa del comedor, podía ver los papeles del divorcio y la expresión vacía y cansada de su esposa mientras le decía que quería separarse de él.

Si se acercaba al enorme ventanal que daba al jardín, podía ver el lugar exacto en que su madre la había abofeteado mientras le robaban el collar de su abuela.

Jordan cerró los ojos. Aquella casa ya no conservaba solo recuerdos felices. También venía con errores, con arrepentimientos y con culpas, y de esas Jordan ya no quería ni una más.

Sacó lentamente el teléfono del bolsillo, maravillándose de que todavía tuviera algo de batería, y buscó un contacto de esos que respondía al primer tono aunque fuera sábado.

“¿Señor Blackwood? ¿En que puedo ayudarlo, señor?

—Necesito vender una propiedad —dijo sin rodeos y el agente inmobiliario reconoció inmediatamente la dirección cuando Jordan comenzó a dictarla.

Hubo unos segundos de silencio.

“¿Quiere deshacerse de su residencia personal?

—Sí.

“¿Está seguro?”

Jordan recorrió una vez más el salón con la mirada, entendiendo que nunca volvería a ser un hogar.

—Completamente.

“Bien, comenzaré de inmediato a mover a mis clientes para ver si alguno está interesado”

—Rebaje el precio un diez por ciento respecto al valor de mercado —ordenó Jordan—. Y suba su comisión en tres puntos. Pero quiero que esté vendida en una semana.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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