CAPÍTULO 40. Una conversación sin privacidad.
Katerina permaneció inmóvil en mitad de la acera. El teléfono seguía pegado a su oído mientras las palabras de su tío terminaban de asentarse en su cabeza.
—Necesito que me mandes a un equipo. Tienes quince minutos.
Del otro lado de la línea hubo apenas un segundo de silencio.
“¿Vas a meterte en territorio hostil?”
—Voy a casa de mi ex suegra —respondió ella y Kolya soltó un resoplido.
“Entonces te mandaré dos equipos. Y llámame cuando salgas de allí, quiero saber cuántas cabezas tengo que cortar.”
La llamada terminó y Katerina permaneció unos segundos observando la calle antes de regresar al edificio. No tenía ni idea de qué estaba pasando, pero si Emerson había usado el celular que ella le había dejado, entonces algo serio debía estar pasando.
Se cambió de ropa a toda prisa y luego abrió la caja fuerte empotrada en la pared. La puerta metálica hizo con un suave clic, Kat achicó los ojos como si le costara decidir si el Plan B era necesario, pero no quería correr riesgos, así que tomó el pequeño bolso de piel color marfil.
Parecía un accesorio elegante, delicado, inofensivo… solo ella sabía que no lo era.
Media hora más tarde cuatro camionetas la esperaban afuera de su edificio, y poco después descendía del vehículo frente a la residencia Blackwood.
Seis hombres descendieron sin llamar la atención, y otros seis se quedaron esperando en los vehículos mientras Katerina caminaba hasta la puerta principal.
Y ni siquiera tuvo que llegar a ella antes de que Jasmine abriera con un gesto de sorpresa, y su expresión cambió inmediatamente al verla.
—¿Qué demonios haces aquí? —gruñó y Katerina la observó con absoluta tranquilidad.
—No pongas esa cara de susto, querida, no estoy aquí por ti —sentenció sin inmutarse.
—Entonces puedes largarte por donde mismo viniste.
—Y lo haré, en cuanto vea a tu marido.
La mujer soltó una risa llena de desprecio mientras Angela se asomaba por el escándalo que ya estaban haciendo.
—¡No vas a poner un pie en esta casa! —le gritó Jasmine porque dejarla entrar ya era un problema de control, de todo el que se le estaba escapando.
Intentó dar un portazo, pero dos de los hombres de Katerina avanzaron un paso y la puerta dejó de moverse.
—¡Lárgate o voy a llamar a la policía! —vociferó Angela y Kat sacó lentamente el teléfono de su bolso.
—Me parece una excelente idea. Tú llama a la policía… y yo llamo a Jordan.
Angela dejó de sonreír y Katerina le sostuvo la mirada con descaro
—¿Apostamos a quién le va peor?
El silencio fue peor que una bofetada, pero Jasmine sujetó el brazo de su hija antes de que pudiera hacer cualquier cosa, porque lo último que quería era volver a poner a Jordan en la misma habitación que Katerina.
Hizo a Angela a un lado con una expresión cargada de rabia.
—Pero tus hombres se quedan fuera —siseó y Kat asintió sin discutir, volviéndose hacia sus escoltas.
—Jasmine me mataría por esas joyas —rio Katerina—. Le va a dar un infarto.
—A Jasmine le dará un infarto por muchos motivos. No le dejaré absolutamente nada.
El rostro de Jasmine se desencajó mientras dejaba de respirar, y Angela levantó lentamente la cabeza.
—Ella y mi hija solo recibirán una pequeña pensión de viudedad, pero ni siquiera esta casa será para ellas.
Afuera, Jasmine sintió que las piernas comenzaban a temblarle y Angela apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en sus palmas mientras el odio comenzaba a reflejarse claramente en sus rostros.
Nadie se movió durante los siguientes quince minutos, pero Emerson y Katerina solo hablaron de recuerdos, de viajes, de anécdotas, de Jordan cuando era niño. Ninguno mencionó nuevamente el testamento, hasta que por fin la voz de Katerina sonó a despedida.
—Gracias por todo, viejo.
—No... Gracias a ti.
—Espero que cuando llegue el momento tengas una partida digna... y en paz.
Un minuto después ella salió de la habitación; y Jasmine y Angela apenas tuvieron tiempo de apartarse para fingir que no estaban escuchando.
Katerina ni siquiera les dirigió la palabra, solo bajó la escalera y las dos mujeres la siguieron con la mirada cargada de odio.
Pero justo antes de llegar a la reja principal, algo llamó su atención. Se volvió hacia la casa vecina, la que hasta hacía unos días había sido su hogar con Jordan y se quedó paralizada al ver a un hombre con cara sonriente que clavaba un cartel en el jardín con toda la actitud.
“PROPIEDAD VENDIDA”

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