CAPÍTULO 40. Solo una propiedad
Katerina permaneció completamente inmóvil. Sus ojos seguían fijos en el enorme cartel blanco clavado frente a la casa.
PROPIEDAD VENDIDA.
Durante unos segundos fue incapaz de reaccionar. Era la primera vez en mucho tiempo que Jordan hacía algo que ella no había previsto. No estaba en ninguno de sus cálculos. No formaba parte de ninguna de las posibilidades que había contemplado. Simplemente... no sabía cómo interpretar aquello.
A pocos metros de ella, Jasmine soltó un jadeo ahogado. Después las piernas dejaron de sostenerla y cayó de rodillas sobre el césped.
—No...
Angela giró bruscamente hacia el letrero y su rostro pasó del desconcierto a la incredulidad.
—Ma… mamá… ¡¿Qué significa eso?!
Y aunque nadie respondió, las dos sabían muy bien lo que significaba: que estaban a punto de perder sobre Jordan el control que les daba la cercanía.
En ese momento un vehículo negro dobló lentamente la esquina y avanzó por la calle. Jordan redujo la velocidad mientras buscaba las llaves de la reja, pero al levantar la vista sintió que el corazón le subía a la garganta. ¡Katerina estaba allí! ¡En la casa de su madre! ¡Y eso no podía ser bueno!
Katerina comenzó a caminar hacia una de las camionetas de su equipo y Jordan bajó de su coche despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerla desaparecer.
—Kat… ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí?
Ella se detuvo, porque era la primera vez en mucho tiempo que Jordan preguntaba primero por ella y luego por las circunstancias.
—Tu padre me llamó. Quería verme, así que vine a visitarlo.
Él asintió tratando de mantenerse neutro, pero luego siguió la dirección de su mirada, hacia el cartel que seguían poniendo.
—Vendiste la casa —murmuró como si todavía no pudiera creerlo.
—Tenía que poner algunas cosas en orden —respondió él como si fuera lo más lógico—. No voy a seguir viviendo al lado de mi familia.
Y aquellas palabras provocaron una reacción inmediata, precisamente de las personas que más temían eso.
—¡Por Dios, Jordan! ¡Eso es una locura! —exclamó Jasmine, todavía de rodillas sobre el césped, tratando de incorporarse con dificultad—. ¿Cómo que no vas a vivir al lado de tu familia?
Su hijo la miró apenas un segundo y dejó escapar un suspiro cansado.
—Pues mudándome, como al gente normal —contestó y Jasmine abrió los brazos con desesperación.
—¿Y adónde piensas ir?
—Mi agente inmobiliario ya está buscándome un departamento en Manhattan —respondió él con absoluta serenidad y Angela dio un paso adelante.
—¡Pero esa es tu casa!
—Era una casa —negó Jordan—. Ahora solo es una propiedad.
Jasmine lo miró como si no reconociera al hombre que tenía delante.
—¿Vas a abandonarnos?
—Voy a empezar mi propia vida —sentenció y su hermana soltó una risa llena de incredulidad.
—¿Y vas a vivir en cualquier parte, en un departamento común...?
—Cualquier sitio me da igual, mientras sea un lugar mío.
Las dos mujeres quedaron completamente mudas, y Katerina seguía observándolo.
—Jamás esperé que dejaras esta casa —murmuró y Jordan volvió la vista hacia la vivienda; y cuando sonrió, solo fue una sonrisa cansada.
—Solo son paredes.
“Señor Blackwood.”
Jordan se acercó a la ventana.
—¿Qué pasa?
“Quería informarle que la señora Orlenko aceptó la reunión”. Langley sonaba ligeramente satisfecho.
—¿De verdad?
“Sí, pero cambió el horario. Será mañana a las ocho de la mañana. Dice que después tiene demasiadas reuniones”.
Jordan dejó escapar una respiración lenta, al menos habría una oportunidad más para volver a verla, y eso era todo lo que necesitaba, pequeñas oportunidades.
—¿Cree que sea recomendable que yo vaya?
Y para su alivio, Langley respondió sin dudar.
“Sí. La señora Orlenko será mucho más fácil de convencer si usted continúa disculpándose con sinceridad. El verdadero arrepentimiento es un arma poderosa, aunque sea un poco lenta”.
La llamada terminó pocos segundos después y al día siguiente, a las siete cincuenta y cinco de la mañana de un lunes cualquiera, Jordan atravesó el vestíbulo principal del edificio Orlenko. Langley caminaba a su lado con una carpeta bajo el brazo.
El edificio era mucho más lujoso que el de Blackwood Holdings, pero no era un lujo ostentoso, sino sobrio y eficiente.
Las puertas se abrieron en el último piso y la secretaria que los esperaba junto a la sala de juntas, los guio.
—Caballeros, la señora Orlenko ya los está esperando.
La puerta se abrió, y Jordan vio a Katerina cómodamente sentada en la cabecera, con las piernas cruzadas, y una taza de café humeante a un lado. No se levantó cuando los vio entrar, solo levantó lentamente la vista y preguntó con la misma cortesía profesional con la que habría recibido a cualquier cliente:
—Señores. ¿Cuál es la urgencia de esta reunión?

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