CAPÍTULO 41. Lo que siempre fue tuyo
Katerina observó a Jordan durante varios segundos mientras él permanecía de pie al otro lado de la mesa de juntas. La asistente solo acababa de cerrar la puerta y el silencio ya se sentía como tensión en la enorme sala acristalada. Langley sostenía una carpeta gruesa bajo el brazo, pero ella apenas le prestó atención.
—¿Y bien? —insistió y Jordan, miró alrededor como si estuviera esperando ver entrar a un ejército de hombres trajeados.
—¿No quieres esperar a tus abogado? —preguntó, pero ella negó con calma.
—No hace falta —aseguró cruzando lentamente las piernas—. Todo lo legal ya quedó en su sitio. No veo por qué necesitaría más abogados.
Su tono era completamente profesional. No había rencor en su voz, tampoco ironía. Solo la frialdad de una directora ejecutiva que estaba dispuesta a despachar una reunión más de su agenda.
Jordan tomó asiento frente a ella sin apartar la vista de su rostro; y Langley ocupó la silla situada a su lado, abrió la carpeta y comenzó a sacar varios documentos perfectamente ordenados.
Colocó el primero frente a Katerina y ella frunció el ceño.
—¿Qué es todo esto?
—La auditoría patrimonial completa del señor Jordan Blackwood. —Langley juntó las manos y
Katerina bajó la mirada hacia los documentos.
Había decenas de páginas con inventarios, balances, propiedades, inversiones y estados financieros.
Antes de que pudiera formular otra pregunta, Langley deslizó el segundo expediente hacia ella.
—Y este es el documento de cesión.
Por un segundo los ojos de Katerina se clavaron en Jordan y su expresión perdió aquella serenidad casi imperturbable.
—¿Cesión de qué? ¿De qué demonios están hablando? —preguntó y Jordan respiró profundamente.
—Cuando nos casamos lo hicimos bajo el régimen de bienes comunes —sentenció con el mismo tono oscuro y medido con que podía cerrar un negocio millonario—. El acuerdo postnupcial nunca fue firmado por mi voluntad. Ya sabes cómo ocurrió todo. Así que ese documento jamás debió existir.
Katerina no dijo nada y Jordan señaló la carpeta—. Ahí está la parte de mis bienes que legalmente te corresponde por nuestro divorcio.
Ella abrió lentamente el expediente, y no se sorprendió de que las cifras ocuparan página tras página, se sorprendió de que él no hubiera omitido nada. Edificios, fondos de inversión, empresas, acciones, cuentas, vehículos; todo perfectamente inventariado.
Continuó avanzando hasta detenerse en el apartado correspondiente a Blackwood Corporation y frunció el ceño. Las acciones de la constructora no aparecían.
Y él pareció comprender inmediatamente su mirada.
—Las acciones de la empresa las compensé en dinero —explicó—. Sé que no quieres seguir ligada a mí ni a mi familia. No tiene sentido convertirte en accionista de una empresa de la que quieres alejarte.
Katerina cerró lentamente la carpeta y la empujó hacia el centro de la mesa.
—No quiero nada —respondió y Jordan ni siquiera pestañeó—. ¿Por qué estás haciendo esto?
—Porque es tuyo.
Katerina negó con firmeza.
—No. Es tuyo, no voy a reclamarlo, no lo necesito.
—Disculpen un momento.
Se alejó unos pasos y presionó el botón de responder, pero no alcanzó a decir nada, porque del otro lado solo estallaron gemidos, sollozos y un grito desesperado.
“¡¡Jordan!!”
Él reconoció inmediatamente la voz de Jasmine. Su madre lloraba de forma completamente descontrolada.
“¡Vuelve a casa! ¡Vuelve ahora mismo!” le gritó y Jordan sintió que el cuerpo entero se le helaba.
—Mamá… ¿Qué pasó...? —preguntó pero los sollozos apenas dejaban entender las palabras.
“¡Tu padre...!” La voz volvió a quebrarse. “¡Hijo, tu padre murió!”
Jordan no supo en qué segundo dejó de respirar. El teléfono casi resbaló entre sus dedos y todo comenzó a girar. Dio un paso hacia atrás, después otro, y las piernas dejaron de responderle.
Katerina reaccionó antes que nadie. Llegó hasta él y lo sostuvo contra una de las columnas para evitar que cayera. Después tomó con cuidado el teléfono de su mano, activó el altavoz y lo dejó sobre un mueble cercano.
Del otro lado seguía escuchándose el llanto desgarrador de Jasmine.
“¡La enfermedad lo venció! ¡Jordan, tienes que volver! ¡Por favor!”
Y al fondo también empezaron a escucharse los sollozos de Angela.
“¡Estamos destruidas! ¡Ven a casa, por favor!”

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