CAPÍTULO 44. La primera ficha
En la oficina de Alexei Orlenko, dentro de edificio de Orlenko Capital Trading, reinaba un silencio poco habitual.
Connor Sheffield repasaba varios documentos apoyado sobre la mesa de reuniones mientras Jacob Lieberman terminaba un café que ya estaba frío; y Alexei observaba por el enorme ventanal el tráfico de la ciudad. Los tres parecían tranquilos, aunque en realidad llevaban toda la mañana esperando una única llamada.
Entonces el teléfono de Jacob vibró sobre la mesa y todos levantaron la vista al mismo tiempo.
Jake sonrió apenas al ver el nombre de su cuñado en el contacto.
—Ya era hora. —rezongó pulsando el botón del altavoz—. Habla, Kolya.
“Ya fue notificado el arresto” informó este sin rodeos.
Alexei soltó un largo suspiro y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—¡Arrestada! —protestó con evidente cansancio—. De que mi hija estuviera con ese tarado este último años, de lo único que no podía quejarme era de que Katerina había dejado de hacer locuras. ¡y ahora… arrestada otra vez!
Pero Jacob dejó el café sobre la mesa con un gesto condescendiente.
—No te preocupes. Tenemos absolutamente todo preparado para sacarla.
Pero antes de que Alexei pudiera volver a quejarse de la impulsividad de su hija, el teléfono volvió a vibrar y Jake bajó la vista esperando encontrar nuevamente el nombre de Kolya, pero esta vez arqueó una ceja.
—Vaya… es Jordan Blackwood.
Los tres intercambiaron una mirada cargada de curiosidad y Alexei hizo un gesto con la mano para que contestara.
Jacob aceptó la llamada y volvió a activar el altavoz.
—Lieberman.
Al otro lado tardaron un instante en responder. La voz de Jordan sonaba cansada, rota, pero de alguna manera, firme todavía.
“Katerina está en problemas. Necesita su ayuda”.
—¿Mi sobrina? —replicó Jake haciéndose el desentendido para ver hasta dónde llegaba el tarado—. Imposible, ella no me ha llamado.
“Entonces los contrato yo, pero esto es urgente” siseó Jordan. “Mi padre… mi padre murió, y Katerina acaba de confesar el asesinato”
Y aunque era algo demasiado grave, Jordan no escuchó ni el más mínimo revuelo.
—¿Y tú crees que lo hizo? —preguntó Jake con calma y la respuesta llegó sin la menor vacilación.
“No”. Los tres levantaron ligeramente las cejas, pero Jordan continuó. “Estoy completamente seguro de que no lo hizo.”
Connor tomó entonces la palabra.
—Esa es una afirmación bastante contundente para alguien que acaba de escuchar la confesión del asesinato de su padre, señor Blackwood.
“Esa es la respuesta de un hombre que conoce a su mujer. Katerina adoraba a mi padre... y mi padre la adoraba a ella. Habían construido una relación que ninguno de los dos tuvo jamás conmigo. No existe un solo motivo por el que ella quisiera hacerle daño”.
Al otro lado de la línea se escuchó un gruñido bajo, impotente, como si Joradn estuviera peleando por contenerse.
“Mire, no sé por qué hizo esa confesión. No entiendo nada de lo que está pasando. Pero sí sé una cosa: Ella no mató a mi padre. Ahora vayan a hacer su maldito trabajo a la comisaría central, ahí la llevaron”.
Connor observó a Alexei de reojo.
—Muy bien. Iremos —sentenció.
“Los estaré esperando allí”.
La llamada terminó y durante varios segundos ninguno de los tres habló.
—¡No, no lo comprende!
—...Pero existe una confesión formal de homicidio.
Jasmine escupió como si llevara veneno en la boca.
—¡Una confesión absurda!
—Eso deberá determinarlo la investigación. Mientras exista una confesión, la autopsia deja de ser opcional —declaró el paramédico, pero Jasmine negó repetidamente con la cabeza.
—¡No! ¡Soy su esposa! ¡Yo me niego!
—Lamento informarle que, en estas circunstancias, usted ya no puede impedir el procedimiento. —El paramédico habló con absoluta serenidad—. El cuerpo será trasladado inmediatamente.
Jasmine dio un paso atrás como si acabara de recibir una bofetada, y Angela sujetó a su madre antes de que volviera a perder el control.
—Necesito la firma de un familiar directo y…
Pero no tuvo que acabar la frase, porque Jordan le arrebató la tabla y firmó, con la mano temblando, pero firmó.
—Gracias, señor Blackwood —dijo el hombre y menos de dos minutos después la ambulancia se marchaba.
Jordan pasó saliva y corrió al estacionamiento privado por uno de los coches de la casa, que condujo hasta quedar detrás de la patrulla donde llevaban a Katerina.
—¿Señor Blackwood? —Un agente se acercó inmediatamente.
—Voy detrás de ustedes.
El policía asintió, y Jordan miró una última vez hacia el asiento trasero de la patrulla. No alcanzó a distinguir el rostro de Katerina, pero aun así, habló como si ella pudiera escucharlo.
—No sé qué estás haciendo, Kat... pero voy a averiguarlo.

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