CAPÍTULO 54. Un nuevo comienzo
Los gritos de Jasmine continuaron resonando por todo el despacho incluso después de que el notario cerrara la carpeta con el testamento.
—¡Esto es una injusticia! ¡Una maldit@ injusticia! —vociferó fuera de sí—. ¡Emerson no podía hacerme esto! ¡No después de todo lo que hice por él!
Angela tampoco consiguió contenerse. Se levantó de golpe, empujó la silla hacia atrás y salió del despacho con los ojos llenos de rabia.
—¡Todos están contra mí! —gritó mientras atravesaba la puerta—. ¡Todos! ¡No es posible que me dejen sin nada! ¡Esto no puede quedarse así! ¡He sido parte de esta familia por años!
—Y también la desfalcaste por años —replicó Jordan sin alzar la voz, haciendo que Angela se crispara más todavía.
El portazo hizo vibrar los cristales y durante unos segundos nadie dijo una palabra.
Jasmine respiraba agitadamente. Las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas, pero ya no eran las de la viuda desconsolada que había interpretado durante los últimos días. Eran las de una mujer que acababa de comprender que el plan sobre el que llevaba años construyendo su futuro acababa de derrumbarse.
Volvió lentamente la vista hacia Jordan y vio a su hijo inmóvil. No había satisfacción en su rostro, solo un cansancio inmenso, y Jasmine dio dos pasos vacilantes hacia él porque de ese cansancio sabía aprovecharse muy bien.
—Jordan… No puedes sacarme de mi casa —dijo con la voz quebrada—. He vivido ahí más de la mitad de mi vida. No tengo adónde ir.
Jordan permaneció en silencio y las lágrimas aumentaron.
—Por favor, hijo… No puedes dejarme sin techo.
De repente y para sorpresa de todos los presentes, Jasmine cayó de rodillas frente a él. El notario abrió mucho los ojos; incluso Katerina permaneció inmóvil, pero Jordan reaccionó de inmediato. Se inclinó, la sujetó por ambos brazos y la obligó con suavidad a ponerse de pie.
—No hagas esto.
Jasmine seguía llorando.
—No me eches...
—No voy a sacarte de la casa donde has vivido tantos años —masculló con incomodidad y ella levantó la vista con incredulidad.
—¿En serio?
—Puedes quedarte allí, solo tengo una condición: No hagas más escándalos —dijo con severidad—. Cuando nos calmemos, hablaremos de todo con tranquilidad.
Jasmine permaneció completamente inmóvil, pero Jordan ya no añadió nada más y todos comprendieron que la reunión había terminado.
El licenciado Saldívar recogió cuidadosamente toda la documentación y caminó hasta donde permanecía Katerina. Sacó una pequeña llave metálica de un sobre lacrado y se la ofreció.
—Señora Orlenko. Esta es la llave de una caja de seguridad bancaria donde el señor Emerson Blackwood depositó las joyas familiares. Y aquí tiene toda la documentación de propiedad y las instrucciones necesarias para retirarlas cuando lo considere oportuno.
Katerina tomó los documentos.
—Gracias —murmuró y pocos minutos después, Jordan y Katerina abandonaban juntos el edificio.
El aire fresco de la mañana contrastaba con la tensión que habían dejado atrás, y ella miró los sobres en sus manos.
—No necesito esas joyas para escapar —dijo y Jordan volvió lentamente la vista hacia ella.
—Y tampoco necesitas venderlas —sonrió él con las manos en los bolsillos—. Entonces consérvalas, como un recuerdo hermoso de mi padre.
Katerina sintió un nudo en la garganta; bajó la vista hacia la llave que todavía sostenía entre los dedos y después asintió.
—Lo haré.
Durante unos segundos permanecieron uno frente al otro sin decir absolutamente nada. Jordan había recuperado aquella expresión que lo convertía en el director ejecutivo más temido de Blackwood Holdings. Y el dolor seguía allí, pero había quedado oculto detrás del hombre de negocios, del magnate implacable.
Solo existían ella y aquel automóvil, y la urgencia por evitar que convergieran en el mismo punto.
Jordan llegó hasta Katerina en el último instante, la rodeó por la cintura y la empujó con toda la fuerza de su cuerpo. Los dos salieron despedidos hacia un lado justo cuando el coche pasaba rozándolos, y rodaron violentamente sobre el pavimento.
El golpe les arrancó el aire de los pulmones, y Jordan sintió un fuerte impacto en el hombro antes de quedar tendido sobre el asfalto.
Durante un segundo no escuchó nada, después volvió el ruido, los gritos, las personas corriendo y él se incorporó de inmediato.
—¡Kat!
Se arrastró hasta ella y le quitó el cabello de la cara.
—¿Estás bien?
Katerina respiraba con dificultad, y su rostro estaba completamente pálido.
Jordan tomó su mano.
—¡Respóndeme!
Ella cerró los ojos un instante y cuando volvió a abrirlos, una mueca de dolor deformó su expresión.
—Me duele mucho...
Jordan sintió que el corazón se le detenía mientras Katerina llevaba lentamente una mano hasta su abdomen; y levantó la cabeza desesperado.
—¡Una ambulancia! —Su grito resonó por toda la avenida—. ¡Llamen una ambulancia, ya!

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